domingo, 18 de junio de 2017

UN EXTRAÑO EN EL GARAGE



Eran las seis y veinte. Fui a abrir el garaje y me encontré que lo había dejado sin llave la noche anterior, cuando de regreso del centro, me apresuré en cerrarlo para escabullirme de la lluvia intensa y el frío, y en dos zancadas crucé el jardín enfangado y me metí en la casa.
Miré a mi alrededor. La luz del alba tenía un tono rosado especial de sosiego y ensueño, matiz que apenas dura unos minutos y deja paso al endiablado día; el verdor del jardín humedecido relumbraba y vi pisadas impresas en el barro, junto al sendero de lajas, todavía encharcado por varios sitios. No eran las que yo había dejado por la noche, éstas eran de pies desnudos, tan nítidas que podía contar uno por uno los dedos. En las calles del barrio se prolongaba el silencio matinal con una quietud casi alarmante, sin vecinos madrugadores, a excepción del hombre calvo que todas las mañanas, indefectiblemente, hace footing en mi acera aunque haga frío o el sol raje la tierra, seguido siempre fielmente por su perro lanudo.
Por prudencia o miedo abrí despacio, sin llegar a levantar del todo el portón metálico cuyos goznes llevan años chirriando por falta de aceite lubricante y mi desidia. Tuve que agacharme para entrar. Algo del incipiente sol se deslizó a ras del suelo e iluminó el interior del garaje, dejando zonas en sobrada penumbra. Enseguida supe que algo estaba fuera de lugar, a pesar del orden habitual, siempre escaso, que aparentemente no había sido alterado. Había trazas de barro en el suelo y en el capot del coche, y en una de las paredes, claramente marcada, la huella de una mano. Alguien había entrado durante la noche; en una esquina, varias macetas vacías desparramadas y rotas lo confirmaban. Aunque era absurdo, miré dentro del coche por si hubiera una persona escondida o durmiendo una incontrolada borrachera. Un ladrón había estado en mi garaje aprovechando mi descuido, pero al ver que no se comunica con la vivienda y no encontrar nada de valor en él ni dentro del coche, se había ido; observé de cerca la huella de su mano en la pared, era una mano ancha, con dedos tal vez un tanto cortos, me pareció la rúbrica grotesca de un cavernícola defraudado por no haber encontrado nada interesante que llevarse. Salí fuera porque desde dentro el portón se abre con dificultad, y lo elevé del todo en el momento en que el atenuado sol volvía rápidamente a cubrirse con nubarrones oscuros, prometedores de tormenta.
Desde mi trabajo, daría cuenta a la policía aunque no faltara nada, porque si volvía a entrar en casa para llamar me retrasaría. La penumbra se convirtió en oscuridad, pues ni siquiera había dado la luz. Me disponía a meterme en el coche cuando, en efecto, se largó a llover intensamente, pero atravesar la ciudad un viernes, cuando el tráfico se hace imposible en cuanto asoma una nube y cae una gota, significaría una odisea. Cavilé en el perseverante y disciplinado hombre calvo y en su perro lanudo, que estarían empapándose bajo los plátanos de la avenida por donde corrían habitualmente en dirección a la circunvalación. Fue cuando me pareció oír un roce muy débil y me sobrecogí. Pensé en un animal, un gato que se hubiera colado dentro obedeciendo a su innata y temeraria curiosidad pero la marca de la mano de barro todavía húmeda en la pared era demasiado humana y me sentí turbado imaginando extremos, como si una desafortunada madre hubiera elegido mi garaje para abandonar a su recién nacido. Miré hacia afuera: por la calle desierta pasaron corriendo bajo la lluvia pero en dirección contraria, el hombre y el perro lanudo, ambos chorreando pero sin haber perdido el buen humor, porque el hombre parecía divertirse con el agua. Fue verlos y sentirme arropado: ya no estaba sólo, sólo con aquel niño, o gato, o lo que fuera; pero la sensación de placidez fue tan fugaz que, angustiado, me volví rápidamente buscando el rincón del que provino el rumor.
Me costó distinguirlo, pero estaba allí, en el suelo, arrinconado entre la pared  y la voluminosa caldera eléctrica que distribuye el calor por toda la casa. Era un bulto desfallecido, envuelto sobre sí mismo, que se abrazaba las piernas para reducir su volumen y retener el calor. Iba desnudo, como el cavernícola que había imaginado, y según mis ojos fueron acostumbrándose a la penumbra descubrí que estaba sucio de barro, magullado, y cubierto de arañazos, probablemente producidos por las ramas y espinos de los descuidados parques colindantes.
Tuve miedo y retrocedí unos pasos. Habría sentido el mismo miedo o quizás más si hubiera sido la criatura abandonada. Tanto o más inerte que él, con un hilo de voz, porque de golpe se me había resecado la boca, le pregunté quién era y qué pretendía.
No me respondió. No se movió un milímetro ni alteró en un ápice su postura fetal, aparentemente indefensa. Volví a hacerle las mismas preguntas, ahora incluso más sobrecogido, pues al recelo originario a una posible ofensiva se perfilaba la descabellada aprensión a que estuviera muerto, a que por inexpugnables razones hubiera llegado herido buscando ayuda y hubiera muerto allí, acurrucado en el rincón, o a que alguien, un asesino, se hubiera deshecho de su cadáver escondiéndolo en mi garaje, aprovechando mi imperdonable descuido.
Silencio una vez más, ni el más leve temblor en un músculo que reflejara vida. Estaba muerto. Seguro. El escalofrío me bloqueó unos minutos, hasta que venciendo el pavor me arriesgué a tocarlo breve y suavemente con un pie, apenas le rocé una pantorrilla con la punta del zapato. Esta vez reaccionó y se contrajo con brusquedad, como si hubiera recibido una descarga. Me sentí  aliviado porque su reacción me dejó entrever que no me haría daño, que su miedo era superior al mío, aflojé los hombros agarrotados y respiré profundamente; también fui recuperando la humedad de la boca. Lo observé con mirada insegura sin acabar de completar su perfil de hombre herido, indefenso. Me apresuré a decirle que no temiera nada, porque para entonces se había apoderado de mí un extraño sentimiento de conmiseración, pero le rogué que me explicara quién era. Tenía derecho a saberlo. Y extraña e injustamente envalentonado al ver que no hacía intención de atacarme, perdiendo por un momento la repentina compasión agregué:
¿Y qué diablos hace aquí, en mi garaje?
No me contestó. Su silencio volvió a dejarlo indefenso y recuperé los modos:
Lo siento, murmuré avergonzado. No quería…
En ese momento él comenzó a moverse, lentamente fue poniéndose de pie, con una actitud que me pareció obedecer más a la vergüenza que a la suspicacia o temor. A la par que se ponía de pie, siempre arrinconado entre la pared y la caldera, alzó bruscamente las manos y ocultó su rostro.
No tema, insistí, no voy a denunciarlo.
Él se pegó aún más a la pared del fondo. Del pecho hacia arriba estaba sumido en una penumbra espesa que no me permitía verlo. Me llamó la atención que en lugar de cubrirse el sexo desnudo con las manos, como instintivamente cualquiera habría hecho, se empeñara en ocultarme la cara, y pensé que podría tenerla gravemente herida, mutilada.
No tenga miedo, volví a decirle. No voy a denunciarlo. No sé por qué motivos está aquí, pero sólo pretendo que se vaya de mi garaje…
No pude exponerle mis argumentos porque me quedé sin habla cuando él, con evidente pudor, fue bajando los brazos para cubrirse el sexo. Me costó convencerme de la realidad que se revelaba ante mis ojos, de este hombre desnudo y machacado que se avergonzaba de su condición, de su extraordinaria condición. La claridad de la luz del sol que cuajaba en el aire en ese momento, me dejó ver su pecho amplio, velludo, sus hombros rectos… pero aunque me costó creerlo, no había nada más, allí se acababa el hombre. Una línea continua unía uno y otro hombro, una única y extensa escápula lo recorría de extremo a extremo.
Creo que mi respiración se detuvo y todo mi cuerpo se paralizó, sólo el corazón me latía con ímpetu neumático, me arrasaba las sienes con un calor intenso similar al deseo. Tampoco él se movió, porque a esas alturas de los acontecimientos yo me había dado cuenta que el hombre únicamente notaba mi cercanía por mi temperatura corporal, no así por mis palabras. Así nos mantuvimos largo tiempo, un lapso infinito para mí; paralizados uno frente a otro, un tiempo donde ambos, suspensos entre el sueño y la vigilia, reconocíamos nuestra humanidad mediante el calor irradiado por la sangre circulando a velocidad pasmosa. Sí, él era tan humano como yo, y ambos desvalidos el uno frente al otro, ambos percibiéndonos como sendos mutilados.
 De improviso regresó a mi conciencia la realidad circundante y recordé que estaba en el garaje, que mi intensión inicial había sido subir al coche y dirigirme a la oficina, que había llovido intensamente, que el calvo y su perro se habían empapado y que yo me encontraba indefenso ante esta presencia extraña, más solo que nunca y percibiendo el mundo como un lugar injusto y hostil. Me pregunté de improviso: ¿Qué me impide morir en este instante? En ese momento él tomó la iniciativa y extendió las manos palpando en el vacío hasta dar con las mías, que llevó hacia su pecho, donde las colocó para hacerme apreciar la violencia de los latidos de su corazón, para probarme que a pesar de su circunstancia y apariencia tenía vida, estaba vivo y sentía. Su piel estaba fría, no había logrado calentarse el cuerpo a pesar de haber estado pegado a la caldera, pero desde su interior, emanaba una calidez enternecedora que yo podía notar.
Me di cuenta que sería inútil preguntar, insistir en un diálogo convencional de palabras o miradas, porque nuestra comunicación sólo tendría un vehículo posible, el tacto. Así que tomé sus manos con fuerza entre las mías, me las llevé al pecho y le hice percibir mi propio corazón acelerado. Él se serenó en el acto, distendió todo su cuerpo y apretaba a su vez mis manos transmitiéndome su agradecimiento.
A esas alturas, y a pesar de mi desconcierto, ya tenía claro que no iría al trabajo: había surgido lo que no me atrevía a calificar como contratiempo o fatalidad, sino como un imponderable de alta necesidad, al que debía entregarme resignado. Lo llevaría a mi casa, pero para hacerlo tendría que encontrar la fórmula para cruzar el jardín sin ser vistos, y a esas horas podría haber alguien en la calle, o en los jardines anexos, o incluso podría pasar corriendo el hombre con su perro, ahora que había cesado la lluvia. Me puse a su espalda y lo aferré por los brazos. Levemente le sugerí mi intención de que caminara delante de mí, despacio, no fuéramos a tropezar. Yo todavía le hablaba, me era imposible mantenerme callado.
Cuidado con el bordillo, con ese charco, le advertía inútilmente. A la derecha, ahora un poco a la izquierda. Y a la vez que daba estas indicaciones inservibles, observaba la calle buscando posibles madrugadores que pudieran descubrirnos. Tuvimos suerte, pues no vi a nadie merodeando, aunque sí me pareció advertir un levísimo movimiento en la cortina de la ventana de la cocina de mis vecinos, pero no me preocupó, son dos ancianos de aspecto bondadoso que en invierno sólo se dejan ver a partir del mediodía, y sólo cuando está soleado y cálido. Aceleré la marcha, casi lo empujé y lo hice entrar en la casa. Cerré la puerta y suspiré aliviado: había pasado el peligro, había sorteado lo peor. Lo conduje a la planta superior y le hice sentarse en mi cama.
No se mueva, vuelvo enseguida. Y pronto reaccioné: no puede oírme; e intenté decirle lo mismo sin palabras, con apretones de mano y golpecitos sobre su corazón. Me comprendió y se quedó allí sentado, obediente como un niño, muy quieto y con las manos descansando sobre las rodillas, levemente inclinado hacia adelante, porque no podía decir que cabizbajo. Bajé y desde el salón llamé a mi oficina y hable de imponderables para excusar mi inasistencia, y volví al dormitorio, donde él no se había movido un ápice. Temblaba de frío y era normal, no sólo porque estaba desnudo, también porque quito la calefacción antes de ausentarme. Volví a conectarla y lo arropé con una manta. Fui al cuarto de baño y llené la bañera con agua bien caliente, donde le hice meterse. Por primera vez vi cómo su cuerpo perdía toda la tensión acumulada, se relajaban visiblemente sus músculos contraídos por el frío y el miedo. Se dejó resbalar a lo largo de la bañera hasta quedar completamente sumergido, como un anfibio bajo una capa abundante de espuma. Así estuvo unas horas y deduje que dormía por fin, posiblemente después de muchas horas de azarosa y atribulada vigilia. A su lado permanecí sentado sin quitar los ojos de la superficie blanca, que se fue diluyendo poco a poco hasta dejarme ver al intruso reposando en el fondo, como un fantástico pez mutilado, se incorporó, sacó los brazos del agua y manoteó el aire hasta dar conmigo. Me agarró de un brazo y se puso de pie. Yo lo envolví con una toalla espesa y, suavemente para no irritar sus magulladuras, lo fui secando, y a continuación le apliqué un desinfectante en arañazos y cortes. Después no hizo falta que lo ayudara a vestirse, él mismo lo hizo con la ropa que le facilité: un pantalón de franela y una camisa azul a cuadros y igual hizo con las zapatillas abrigadas, aunque en un primer momento confundió la derecha con la izquierda. Lo conduje a la sala y le sugerí el sofá. Yo me senté a su lado, dispuesto a obtener toda la información posible de mi extraño huésped. No tardamos en comunicarnos aunque con dificultad y muy rudimentariamente, poseía un amplio espectro de gestos sutilmente elocuentes, capaces de transmitir cuanto deseaba, y enseguida ante las dificultades o ambigüedad de los gestos, me hizo saber que también escribía, aunque con desarrapados caracteres de gran tamaño, trazados únicamente con su intuición, percibiendo el roce del lápiz sobre el papel, palpando los bordes para no superarlos. También desentrañaba las letras trazadas con un dedo. Pero la labor ímproba nos llevaba demasiado tiempo y había muchos errores en la interpretación por ambas partes. Pero leía y escribía, alguien le había enseñado, y por lo que me dio a entender, supe que había estado en otras casas, donde, tal vez un sordomudo, le enseñara estas habilidades. También me informó que esas personas habían sido excepcionales, pues normalmente lo rechazaban o agredían, y no faltaban quienes lo perseguían dispuestos a acabar con él. Le expliqué que yo tenía mis obligaciones, sólo podría permanecer con él sábado y domingo, pero el lunes, indefectiblemente, tendría que acudir al trabajo, no podría volver a excusarme y se quedaría solo en casa, donde tendría todo a su alcance si practicaba un poco en localizar los muebles y objetos, reconocer el espacio y aprender a sortear obstáculos, pero me dio a entender que no necesitaba nada, únicamente sentir las vibraciones del mundo exterior en su piel, en sus órganos internos. Esas sensaciones le bastaban para sobrevivir. Pero a pesar de todo me pareció inquieto, como si el miedo volviera a invadirlo.
Estaré de vuelta a mediodía, le dije para tranquilizarlo. Tengo dos horas para comer y vendré aquí. Durante mi ausencia no se acerque a las ventanas. Asintió apretándome la mano que, durante gran parte del diálogo, había mantenido aferrada entre las suyas, porque únicamente el tacto nos hermanaba. Luego volvió a agradecerme llevando mis manos a su corazón. Su cuerpo ya no estaba frío, había recuperado por fin la tibieza humana. Antes de salir, fui guiándolo por toda la casa para que se familiarizara con ella.
A mi regreso del trabajo, le propuse alojarse en el dormitorio pequeño junto al mío, que siempre está desocupado pero tiene una cama dispuesta. Le hice palpar especialmente el interruptor de la luz para que tuviera cuidado de no encenderlo accidentalmente, porque se haría visible en la ventana.
No podía dormir, me era imposible desprenderme de su figura truncada, de su presencia en mi casa, de saberlo al otro lado del delgado muro, tratando de imaginar qué estaría haciendo, porque podría jurar que tampoco tenía necesidad de dormir, aunque sí de dejar inactivo su cuerpo. Llevaba un par de horas mirando el techo, pergeñando un extraño futuro inesperado, el mañana, sólo el día siguiente con sus sobresaltos, cuando oí ruidos fuera, las sirenas de un coche de policía acercándose casi hasta meterse en mi jardín. Y acto seguido fueron unos agresivos golpes en la puerta. Salté de la cama, apresuradamente me vestí con lo primero que hallé a mano y bajé. Allí estaban dos hombres de uniforme, procurando ser cordiales aunque sus ojos los traicionaban.
Recibimos un aviso… Al parecer han visto un extraño merodeando por su jardín.
En ese momento volví la cabeza hacia la ventana de mis viejos vecinos y las cortinas se cerraron bruscamente.
¿Fueron ellos, verdad?, les pregunté.
¿Usted notó algo extraño, fuera de lo normal u oyó ruidos? ¿Está usted bien?, volvió a preguntarme uno de ellos, mientras me apuntaba con una linterna a la cara.
No, no vi ni oí nada extraño… y estoy perfectamente si no fuera por su linterna. Le replique molesto, mientras interponía mi brazo al chorro de luz.
¿Está seguro de que se encuentra bien?
Seguro.
En ese momento oí el ruido de la puerta trasera de la casa, un ruido apenas perceptible, pero que conozco perfectamente.
Es mi gato, murmuré.
Se fueron, desconfiando amablemente, pero se fueron. Subí rápidamente no sin antes deslizar una mirada de odio hacia la ventana de los encantadores vecinos. Entré en la habitación. Había una silla caída, ropa por el suelo, y las zapatillas. Lo busqué en las demás habitaciones, en el sótano, en el garaje y la buhardilla, deseando que su huida no hubiese ido más allá de un conato, de una reacción pasajera y que, arrepentido, hubiera reflexionado y vuelto a casa buscando seguridad. Había huido alertado desde lejos por la sirena, cuyas vibraciones seguramente reconocería en su cuerpo como si fuesen agujas. Permanecí toda la noche velando su posible regreso, atento a cada sonido.
A primera hora, salí con el coche a recorrer el barrio en su busca, era indiscutible que en su condición no podía ir muy lejos. Di vueltas la manzana varias veces, anduve unas cuantas calles adyacentes a la mía, luego la extensa avenida donde se hallan las principales tiendas todavía cerradas a esas horas. Apenas había gente en la calle: hacía frío y persistía el nublado. Pero fue a lo largo de la calle principal donde fui descubriendo indicios de su paso, leves anomalías lo delataban: un par de cubos de basura por el suelo, el escaparate de una vieja tienda con la luna destrozada, ropa desparramada en la acera, y un maniquí sin cabeza tirado en la cuneta. No dudé ni un segundo de que había pasado por allí, pero al final de la calle principal las pistas se esfumaban. Aun así, venciendo el desaliento continué buscándolo, dando vueltas con el coche hasta alejarme del barrio. Tales fueron mi inquietud y preocupación, que a punto estuve de cometer la torpeza de preguntar al primero que se cruzó en mi camino si lo había visto. Al cabo de unas horas lo di por perdido y volví a casa.
Dos días después, mientras me dirigía con el coche al centro comercial ubicado en las afueras lo vi. Al principio sólo me pareció un hombre cualquiera que corría desesperadamente por el descampado a grandes zancadas, tropezando en el accidentado terreno, pero enseguida lo reconocí; llevaba puesta únicamente la camisa a cuadros que le había dado, ahora desgarrada, sucia de barro; iba desnudo de cintura abajo. Y lo más extraño de su aspecto: acaso convencido que no llamaría la atención y pasaría desapercibido, o bien para no sentirse mutilado, llevaba la cabeza de un maniquí sujeta con ambas manos sobre los hombros, como quien transporta un cántaro. Era un ser grotesco, que huía de la intemperie adversa ciego, sordo y mudo, tropezándose con todo, guiándose únicamente por el contacto de la tierra baldía, buscando no sé qué intangible que lo protegiera de otros hombres, o tal vez la absoluta pero innegable soledad.
Detuve el coche, bajé el cristal de la ventanilla, saqué la cabeza y lo llamé. Él siguió corriendo pero a los pocos pasos aminoró su marcha y se detuvo en lo alto de un montículo. Su figura grotesca, como un muñeco de feria obsceno, destacaba junto a una valla publicitaria de un conjunto residencial. La cabeza de cartón piedra se balanceó un instante en lo alto de sus hombros, lentamente se volvió hacia mí y sentí una mirada que me dejó helado: dos círculos sin vida, pintados de negro, me suplicaban. Me fue imposible reaccionar y vi que el hombre reemprendía la huída y se esfumaba por detrás de los tinglados ruinosos del viejo matadero. Contuve la respiración deseando verlo aparecer por el lado opuesto, esperando una última oportunidad de recuperarlo. Algo en mi interior me señalaba una dolorosa brecha que se abría y me quedé con las manos agarrotadas, sujetas al volante como si de éste dependiera mi salvación o mi condena.
"Un extraño en el garaje", ilustraciones de Santiago Lara, DelCentro editores, Madrid, 2012

lunes, 5 de junio de 2017

TELECITA (Italiano)



Si sentiva solo il rumore dell'acqua che scorreva fra le pietre del fiume e il mormorio del vento acquattato tra le fronde degli alberi a spiare le donne imprudenti. II resto era silenzio, quiete e un implacabile ricordo trascinato per anni, avvolto nel risentimento.Il maltempo era una protezione per la Telecita, abituata a vivere senza un tetto, a dormire per strada o sotto un ponte, e a tirare avanti un po' con i suoi racconti, un po' con la paura che infondono le sue maledizioni di pazza, i suoi sogni visionari e i suoi scapolari multicolori messi uno sopra l'altro, tessuti con lana di capra. Ti sei perso nell'acqua, se lo è trascinato sul fondo il vórtice della pura cupidigia, sanguisuga, maledice guardando la casa grande e brandendo uno scapolare unto e minaccioso.

A pochi metri, in cima alia collina, nella casa grande c'è l'inferno senza diavoli e senza fuoco. Un inferno di dolore quotidiano, autentico, segno che la signora Aurora è ancora viva e si contor­ce nel letto tentando di sciogliere le corde che da mesi la tengono attaccata al dolore e alle febbri. Il cuore, dicono. Il chagas,* mormorano, le farà scoppiare il cuore. Negli eccessi della febbre farfuglia e domanda in continuazione della lettera, se è arrivata, cosa dice...

La Telecita fa fumare i rospi. Quando saltano in aria a pezzi lei scoppia a ridere. Poi raduna i suoi fili sparpagliati sul fondo di una cassa di legno che tiene nascosta nel tronco vuoto di un albero: questa notte la luna si tingerà di fuoco, mormora. Diventerà colorata come questi fili. Seduta a terra, protetta da un carrubo, raccoglie gusci di lumaca, e con l'unghia lunga del mignolo scandaglia l'interno dell'elicoidale rinsecchito in cui si nascondono piccoli insetti: forbicine, centopiedi, un necroforo iridescente verde e oro, qualche vinchuca nera striata di rosso.

La vinchuca ormai ti ha punto, e cacò nella puntura, tu hai grattato ed ecco qui: il veleno ti è entrato nel sangue ed è arrivato dritto al tuo cuore nero come il carbone...

Quando il vento soffia da nord e arriva al fiume dopo aver attraversato la casa, dopo aver fatto irruzione nelle stanze come un intruso, trasporta rumori inquietanti e sussurri di morte. Dai cassetti odorosi di lavanda estrae i ricordi più occulti e li sparge ovunque, li getta senza imbarazzo alla foga della rosa dei venti, come se fossero pezzi esplosi dal cuore delle persone dimenticate da tutti.

L'intimità è squarciata dal vento. La tranquillitá della casa si sfilaccia fra lamenti e mormorii pronunciati di sottecchi negli angoli, con la bocca rimpicciolita dalla paura. Le caviglie delle domestiche sonó avviluppate dalle imbastiture dei pettegolezzi affaticati che si lasciano cadere nella pesantezza della siesta. Di notte, prima di andarsene a dormire nei loro ricoveri, le domestiche liberano le caviglie dai bisbigli e ne fanno matasse, poi li ripongono nei bauli profumati: ricameranno scialli neri per le veglie funebri, carichi di fiori scuri, pesanti, corporei come pietre. Quando il vento arriva dal nord, dopo aver attraversato in silenzio la galleria e aver disperso l'odore dei gerani rossi e viola, si raggruma nella chioma degli alberi e lì, ammassato, parla con parole che addormentano o uccidono; trama anche con le nuvole più alte, le più scure che incoronano la sierra, per spingerle a precipitare durante la notte e satu­rare le acque del fiume obbligandolo a straripare giù a valle.

Aurora de Fresneda è molto buona, dicono. Raccoglie bambini orfani, mette insieme i bastardi, i figli del vento del nord profanatore, li culla in brande di pagliericcio e dà loro biberon di sciroppo di chañar, appiccicoso e dolce, e baccelli di carruba da mordera, per ingannare la fame, anche se a loro non manca nulla, perché Aurorita è ricca e generosa, e ha un cuore grande così.

Generosa sì, con un cuore enorme, ride come una pazza la Telecita; però sei una ladra di figli degli altri.

Aurora de Fresneda impasta pani rotondi come seni, con capezzoli di fragole e il sapore di arance amare, li divide in fette e li distribuisce fra i poveri e le vedove. Nei vassoi riposa la pasta e lievita fino al bordo, fino a raddoppiare, triplicare ed espandersi e ammassarsi ai lati del vassoio.

Le domestiche vegliano il fuoco del forno, controllano la tempe­ratura per tutta la notte e gettano dentro rami di rosmarino e mirto per profumare il pane. E quando una di loro si addormenta o la testa le ciondola, con gli occhi chiusi per il torpore, e smania con i rumori sordi delle vecchie senza sogni né speranze, le altre la scuotono con un cucchiaio e le urlano di svegliarsi.

Dicono che la Telecita, quando faceva la domestica, aveva i capelli divisi da una riga, si bruciò tutti i capelli durante una di queste veglie, mentre controllava il forno di Aurora de Fresneda in cui cuocevano i pani dei poveri, delle vedove e dei bastardi. Dicono che mentre apriva lo sportello per guardare dentro, uscì una scintilla scriteriata che disegnando una spirale le si conficcò nelle trecce nere, spesse come caramelle di zucchero. E dicono anche che Aurorita le tolse il figlio con l'inganno, la abbindolò per tenersi Juan Dominguito, il bimbo adorato, concepito quando il vento del nord le entrò nel corpo improvvisamente, mentre pisciava accucciata fra le erbacce.

E alla Telecita non ricrebbero più i capelli, da quel momento fu calva come un uovo. E ora porta sempre un fazzoletto nero arrotolato sulla testa, come una meringa al cioccolato, come una confettura di lutto, marmellata di mora nera. E ha lo sguardo torvo del risentimento, perché è rimasta zitella a causa di quella scintilla dall' andamento ambiguo e sfuggente che le si impigliò fra le trecce. E ora trascorre i giorni e le notti sulle rive del riume, frugando con un bastone nell'acqua e chiamando il figlioletto che non vuole uscire dal vortice. Non mi vuoi più bene perché sono calva, cattivo bambino? Ti vergogni perché tua madre ha la testa come un uovo sodo? Ti dovresti vergognare di più di quest' altra, questa rossa di merda che mi ti si è rubato, per poi lasciarti giocare così vicino alla riva, a ciucciare carrube, mentre lei scriveva lettere per la Spagna. Non vide che dal nord arrivava la piena? Non sentì quel rumore di locomotiva che si porta via tutto?

E sostengono che la Telecita odia a morte Aurora de Fresneda, che la incolpa della sua calvizie di uovo sodo. Aurora de Fresneda, i capelli rossi come il rame e il miele di rosmarino, con una lunga capigliatura di fuoco che al sole è una vera fiamma, era una meraviglia, bellissima, e faceva impazzire gli uomini; ma non dava confidenza a nessuno, neppure li guardava, e meno che mai concesse ad alcuno un sorriso gentile. Tranne che al genérale. E dicono che la Telecita porta sempre fiammiferi in una tasca per daré fuoco ai capelli di Aurora se la dovesse incrociare sul suo cammino nel giorno dei morti, quando porta al cimitero ginestre e gladioli per il figlio morto durante la piena del '54. Ma la Telecita ha un passatempo: fa fumare i rospi, li gonfia con il fumo finché non scoppiano; per questo porta sempre i fiammiferi.

Per colpa tua, disgraziata. E pure del generale.

La Telecita guarda con disprezzo e diffidenza la casa grande, che non profuma più di lievito e di pane caldo, ma ha l'odore denso e sciroppato della prossimità del trapasso.

Le malelingue dicono che Aurora gli si avvicinò, con i capelli sciolti che brillavano come rame e gli disse: Mio generale, Aurora de Fresneda, per servirla. E che il Generale, con il cuore ancora trafitto per la perdita della sua bella moglie, e forse per mitigare il fuoco di questa ferita, impazzi per lei, e per vederla di nascosto tornò a Cosquín con ogni scusa possibile. E raccontano che per lei perse il sonno, e trascurò il governo, e per colpa sua quel gorilla di Rojas si ribellò e lo rovesciò, per quanto era smarrito fra quei capel­li rossi, tanto che trascurò il governo della Nazione e dimenticò di mantenere le sue promesse. Girò anche la voce che il generale, anni dopo, ormai in Spagna, la fece chiamare con una lettera, che lei dice di tenere al sicuro e non fa vedere a nessuno; giusto la busta, e di corsa la nasconde di nuovo nella borsetta, fa solo vedere una vecchia intestazione della Casa del Governo, così, in un batter d'occhio, mentre con l'unghia scarlatta e il dito appuntito indica il mittente e il francobollo con l'effigie di un altro generale, addirittura un generalissimo. E se un tempo fu bella e dalla pelle scura, Aurora de Fresneda (Aurorita, come la chiama chi le vuole bene), già da tempo ha perduto la lucentezza dei capelli, la scintilla negli occhi e il vellutato candore che erèdito dalla nonna Rosalia; e anco­ra di più le speranze di recuperare il Genérale, e di chiudere la bocca dei maldicenti che ogni tanto alzano polveroni di chiacchiere, più per noia che per invidia del suo cognome antico e del suo denaro.

Quella notte, forse per via dei capricci del vento - annunciato già dal giorno prima dalla luna diventata rossa come una palla di fuoco e dalla Telecita che vagava di casa in casa fino all'altra riva del fiume annunciando disgrazie e bambini morti - le domestiche si addormentarono mentre cullavano il pane nelle madie, e svegliandosi scoprirono con orrore che non aveva lievitato, che i panetti di pasta assomigliavano ai loro seni appassiti e schiacciati. Uscirono per strada ululando, corsero spaventate per il paese, avvolte negli scialli sudici di oscurità, asciugandosi il muco e gemendo per l'avversa fortuna.

Come cenere corse la cattiva notizia che il pane non era lievitato, e arrivò fino alle orecchie della Telecita che come al solito filava scapolari con peli di capra sulla riva del fiume, alla luce della luna piena, mentre malediceva a bassa voce la Fresneda augurandole ogni disgrazia, a lei e di rimando al suo Generale che se l'era dimenticata dall'altra parte dell'oceano. Le malelingue dicevano che era lui, che era il Generale a non potere; però Aurora si incolpo sempre di essere lei quella sterile, e che per la debolezza del suo sangue non era rimasta incinta né quella prima notte in cui il Generale la fece sua, né nelle altre notti: e ce ne furono molte, nel tempo, in cui lei calmò il dolore di quel cuore trafitto fino a dargli sollievo. Per questo passa tutto il tempo a raccogliere o ad appropriarsi di orfani e bastardi, allevando i senzatetto come se fossero suoi e portandoli a battesimo metiendo a tutti il nome del suo ingrato amante.

Non ti ha mai amato, puttana. Non sei mai stata altro che un capriccio del Genérale, quel maledetto... come mi sarebbe piaciuto regalargli uno scapolare come il tuo, quello che ti ho regálate venti anni fa, tutto colorato...

Se l'impasto non lie vita e non raddoppia il suo volume durante la notte porta male... dicono le vecchie. E per il vento, che soffia tra i rami degli alberi e mentre accarezza le foglie parla, lancia maledizioni e fa inacidire il lievito.

La Telecita mette da parte i suoi fili colorati e sbircia dall'altra parte del fiume: guarda con occhi logori la casa grande; un quadrato di luce macilenta è delineato da una delle finestre superiori, dove Aurora de Fresneda agonizza dietro i vetri impeccabili. Con le dita appuntite tasta in un borsellino i fiammiferi e i suoi occhi rinsecchiti si inumidiscono. Si accarezza la calvizie e abbozza un sorriso. Canticchiando, la Telecita attraversa il ponte diretta alla casa grande, in cima alla collina; avanza fra le piantagioni di banane lungo la strada, calpestando ciuffi di lanugine, disfacendoli sotto i suoi sandali di stoffa nera.

Aurorita, Aurorita, canta piano piano, mentre la sua mano stringe fiammiferi nel fondo della tasca. Aurorita, Aurorita, i pani usciranno dal forno schiacciati e scuri come sterco di vacca, e Juan Dominguito tornerà fra le mie braccia, che è dove deve stare, e non a casa tua. E poi, non si chiama Juan Domingo, questo nome gliel'hai dato tu, un vero capriccio, un certificato di proprietà; per­ché si chiama Vento, come suo padre.

Quanti anni sonó passati, si chiede la Telecita, mentre sale sulla collina al buio. Nel giardino appassito, fra il profumo rancido delle gardenie, rimane quasi senza chiudere le palpebre, con gli occhi fissi sulla finestra ifluminata dietro la quale si dibatte tra la vita e la morte la Fresneda. Tira fuori dalla tasca un rospo raccolto nel fiume, gli mette una sigaretta in bocca e la accende. Per quanti anni ho aspettato questo momento? Venti, venticinque? Da quando ti ho dato lo scapolare, disgraziata. Si, il veleno della vinchuca è lento ma ti si è conficcato nel cuore facendolo lievitare piano piano, come il pane; ti si è gonfiato poco a poco, fino a che è diventato più grande del petto, e questa notte, te lo giuro sul vento del nord e su mio figlio morto, tu scoppierai come questo rospo.

 

* Malattia di origine parassitaria che, dopo una fase latente che puó durare anni, provoca danni al cuore e agli organi interni spesso causando la morte (N.d.T.)

Traduzione dallo spagnolo di Laura Petruccioli

 

© norberto luis romero 2017

jueves, 25 de mayo de 2017

OTRA CASA TOMADA


Aquel viernes, como todos los viernes, el matrimonio Rosales regresó a las doce menos cuarto de la noche de su cena frugal en un restaurante caro, previa a la función de cine. Un taxi los dejó a la puerta. A las doce y media ya estaban en la cama. Antes de dormirse, hicieron un par de comentarios:
-Él está magnífico, como siempre.
-Pero el final es un poco triste- dijo ella.
-Tú siempre lloras.
Se dieron las buenas noches y se durmieron.
Eran las dos en punto de la madrugada, cuando él despertó creyendo haber oído un ruido abajo, en el salón. Se incorporó y agudizó los sentidos. A su lado, ella dormía apaciblemente, como un animalito cansado.
Distinguió con claridad un sonido metálico, leve, corto, y al cabo de unos instantes, murmullos. "Ladrones", pensó, y el corazón se le aceleró con violencia. La primera disyuntiva fue la de despertar o no a su mujer; la segunda, si estarse en silencio o producir algún ruido que advirtiese a los ladrones de su presencia en la casa. Durante los segundos de duda, el tiempo le pareció sin fin. Pensó: "los ladrones han estado vigilándonos, nos han visto salir, pero no regresar, y creyeron que aún estábamos fuera. Decidió despertar a su mujer procurando no alarmarla.
La llamó suavemente. Ésta abrió los ojos como emergiendo de una espesa capa de bruma, velado su cerebro por la confusión.
-¿Qué pasa?
-Abajo hay ladrones, creo- musitó.
Ignoradas razones o profundos temores llevaron a los Rosales a permanecer sentados en la cama a oscuras, en un profundo silencio, alertas, pero sin mover un dedo. Desde allí oyeron voces, risas, sonidos habituales: la televisión, el tintineo de la loza y los vasos, retazos de conversaciones entre varios individuos: hombres y mujeres. Esto duró hasta las cuatro de la mañana. A esa hora oyeron la puerta de calle abrir y cerrarse, y las voces y sonidos se desvanecieron en la oscuridad. Nuevamente volvió a quedar la casa sumida en el silencio habitual.
Después de dejar pasar unos minutos precautorios, decidieron bajar. Sin dar las luces, tímidamente, como ciegos descendiendo por una escalera desconocida donde cada escalón tuviera un tamaño y una altura diferentes, bajaron, atravesaron el distribuidor y entraron en el salón. Allí permanecieron de pie, en el silencio más absoluto, hasta que él decidió encender las lámparas. Había humo en el aire, y un cargado olor a comida y a humanos satisfechos. Sobre la mesa baja hallaron el cenicero repleto de colillas y un libro manoseado, que no reconocieron como suyo, marcado en la página 19 con un billete de metro.
Él lo abrió por la página marcada.
-¿Qué dice?- se interesó ella.
-No lo sé, no llevo las gafas... parecen dibujos- Y volvió a dejarlo como lo encontró.
No advirtieron otra cosa fuera de sitio. Sin hacer más comentarios, se miraron una y otra vez, azorados.

En la cocina había indicios contundentes, que demostraban que se había cocinado: migas de pan en la encimera, aceite aún tibio en la sartén de hierro, un tenedor sucio, varios vasos manchados de carmín, y restos de comida en el cubo de basura. Él se llevó a los labios uno de los vasos:
-Es nuestro vino.
Ella se alzó de hombros.
Volvieron a la cama, aunque no pudieron dormir.
Al día siguiente, investigaron con prolijidad toda la planta baja para comprobar si faltaba algo, y sólo echaron de menos algunos comestibles y bebidas. Se sentaron en el sofá, él se puso las gafas y hojeó el libro hallado:
-No debes mirarlo- dijo a su mujer, volviendo a dejarlo en la mesa.
Ella apenas le hizo caso, miraba con preocupación las migas sobre la alfombra.
No se habían llevado nada, ningún objeto de valor; tampoco nada irrelevante, únicamente habían cenado, mirado televisión y olvidado  ese libro obsceno, que los Rosales no se atrevieron a tirar a la basura por respeto. Decidieron evitar contratiempos, dar vanas explicaciones, y no acudieron a la policía. Tampoco llamaron por teléfono a sus hijos. Lo mantuvieron en secreto, pues les pertenecía. Esa noche hablaron mucho antes de dormirse y, cada tanto, callaban creyendo oír ruidos.
Pero el viernes siguiente, ya en la cama, aunque despiertos sin poder conciliar el sueño, volvió a ocurrir lo mismo a la misma hora. Esta vez el volumen del televisor fue más alto, los ruidos, las voces y las risas más claros, sin recato alguno, abiertamente naturales y espontáneos. Y a las cuatro, volvieron a irse dejando está vez un poco más de revuelo, de desorden, pues ni siquiera tiraron los restos de comida a la basura, sino que dejaron los platos sucios esparcidos. El libro estaba marcado en la página 45, pero en lugar de hallar un billete de metro entre sus páginas, había un mondadientes. De nuevo faltaron víveres, no otra cosa, y nuevamente callaron.
Lo que más contrarió a la señora Rosales fue la falta de cuidado, de higiene, de buenas costumbres.
-Podrían ser un poco más considerados- dijo mientras tomaba con la punta de los dedos un resto de queso y se lo llevaba a la boca.
-Está rancio y reseco...
Durante meses, todos los viernes a las dos en punto, los Rosales recibieron esta visita, a cuyos ruidos se habían ido habituando al extremo de no perder el sueño, y que únicamente cenaba, miraba la televisión y leía ese libro, para marcharse a las cuatro de la madrugada, dejando la nevera y la despensa vacías, todo desordenado y sucio.
El verdadero trastorno para la señora Rosales era tener que pasarse buena parte del sábado limpiando y poniendo orden; mientras su marido acudía al supermercado más próximo para reponer víveres.
Mientras repasaba el polvo, no pudo reprimir la tentación y abrió ligeramente aquel libro por la página marcada. Volvió a cerrarlo de inmediato, sin ruborizarse.


Con el tiempo las visitas fueron extendiendo el espacio de sus veladas hacia el resto de la planta baja, utilizando, además del salón y la cocina, el lavabo, la pequeña sala de estar y el cuarto que había sido de la criada. También fueron prolongando la duración de las visitas y acentuando su descuido y desorden. Se marchaban a las 8 o las 9 de la mañana, pero siempre antes de que los Rosales se levantasen.
Al cabo de casi dos años y medio, una madrugada no se presentaron. La señora Rosales fue la primera en despertarse sobresaltada al no oír nada. De inmediato lo hizo su esposo. El silencio hería sus oídos. Se miraron sin decirse palabra.
Esa noche no pegaron ojo. A la mañana siguiente todo estaba en orden, limpio. Durante horas vagabundearon inútilmente por la plata baja en busca de indicios.
No volvieron a dormir ningún viernes más, pues desde que las visitas dejaron de venir, los Rosales pasan la noche en la planta baja, comiendo y bebiendo, ensuciándolo todo, mirando la televisión a todo volumen, y leyendo ese libro obsceno en el que marcan la lectura con un palillo usado.

Diario La Mirada 93. Sevilla, 1996 . Vinalia Trippers 6. León, 1998 . Letras de Buenos Aires, 35. Bs. As, 1996

miércoles, 17 de mayo de 2017

EL MAR EMPECINADO



Alguien que en alguna ocasión había estado cerca del mar le había traído una caracola.
Había imaginado el mar cientos de veces; muchas tardes de otoño, sentado en la butaca de enea bajo una higuera, en el fondo de la casa. En su mente elaboró las olas, la superficie encrespada de las aguas que se asemejaba al ganchillo tejido por su abuela, les otorgó un cuerpo a los peces ciegos y luminosos que aguardan en el silencio de las profundidades, imaginó las algas arrastradas a la orilla, maltratadas por el reflujo de la marea nocturna. También conjeturaba gaviotas cayendo en picado sobre los peces que circulan junto a la superficie, y los vientos olorosos a salitre y pescado que azotan los puertos.
Una cigarra chasqueó al posarse en una rama de la higuera, sobre su cabeza, se quedó inmóvil y oscura. Enseguida cantó. El hombre regresó al valle, volvió a sentir el aire seco y ardiente de las montañas y a lo lejos cantos de gorriones, a esas horas en que todos dormitaban, en que el pueblo parecía claudicar de cansancio dispuesto a dejarse llevar por una dulce molicie hasta que el calor de la siesta no acabara.
El ruido del mar está en las caracolas -recordó la frase apuntada en algún cuaderno de colegio-,  y el ruido del mar, se dijo,  es lo único que no puedo imaginar. Lo intenté varias veces, pero todo este bullicio de cigarras y pájaros, o el silencio rotundo de la siesta me impiden concentrarme. Mi abuela, que era gallega, me hablaba del mar, de centollos pescados con sólo estirar una mano, de marineros curtidos que no tenían otro amor más que el mar. Pero ella lo llamaba "la mar", así, en femenino, con un deje evasivo, como si hablara de otra mujer.
El hombre estuvo mucho tiempo observando el estuche nacarado, que olía ligeramente a sal y a iodo. Los caracoles que él conocía sobradamente eran pequeños y blancos, aparecían una vez que escampaban las tormentas de verano, y eran tan frágiles que se rompían al tocarlos. Y no olían a nada. Miraba la caracola y metía un dedo dentro del helicoide comprobando hasta dónde le llegaba. La escrutaba a contraluz intentando desentrañar aquella arquitectura donde, más allá de la abertura, las volutas se replegaban una tras otra impidiéndole ver el final del cono.
A lo mejor el bicho, fuera del mar, se mantiene vivo, refugiado en los últimos repliegues, oculto a las miradas y a mi dedo hurgador. Y el temor a que el bicho, como le llamaba, estuviera allí, le impedía decidirse acercarse del todo la caracola al oído.
¿Y si sale y me muerde la oreja?
 Pudo más la curiosidad, cerró los ojos y se cubrió de lleno con la caracola una oreja: Oyó los sonidos habituales, ahora ahogados, los pájaros, los tercos élitros de las cigarras, el silencio del aire cuando reverbera en la siesta caliente. Pero al rato, y al ver que nada le mordía la oreja, comenzó  notar una especie de viento lejano, y enseguida llegó el ruido del mar; las olas avanzando impetuosas y deshaciéndose en la arena de la playa. Abrió los ojos y volvió a mirar detenidamente la embocadura de la caracola, confundido y con una sonrisa socarrona.
Se pasó casi todo el día con la caracola pegada un rato en la oreja derecha y otro en la izquierda, probando con cuál de ella oía mejor en mar. Volvió a estudiar su aspecto externo y por dentro hasta donde llegaban sus ojos, con una expresión parecida a la de un niño cuando planea destripar un juguete.
Al llegar la noche se decidió a dejarla en una mesa de cristal, boca abajo, junto a un libro que hablaba de navíos y borrascas. Esa noche soñó con barcos que surcaban un mar turquesa y vio las aguas con mayor precisión que otras veces en sueños similares.
A la mañana siguiente (aún tenia vivo el recuerdo del sueño), saltó de la cama y desnudo bajó al la salita y lo primero que hizo fue buscar la caracola para comprobar si el sonido del mar se parecía al del sueño. La había acercado al oído cuando lo sorprendió una tenue mancha de vaho en el cristal:
El vaho es la resultante de la condensación de la humedad del aire ante dos temperaturas opuestas, pensó.
Había cierta tibieza dentro de la caracola (¿o a él se lo parecía?). Vapor condensado por el contacto de la superficie fría del cristal. Era una humedad que durante la noche había avanzado lentamente desde el vértice interior de la caracola avanzando por las volutas hasta salir por la embocadura.
El bicho respira porque confunde el cristal de la mesa con el agua, del mismo modo que las moscas confunden el cristal de las ventanas con el aire. Con la punta del dedo dividió el vaho en dos mitades. Se llevó esa humedad a los labios: era salobre como lo había temido: como el agua de mar.
Las caracolas retienen como un recuerdo yodo y sales marinas en su interior, y el bicho se alimenta de ese recuerdo de infancia, se dijo.
Fue perfeccionando su oído, sobre todo el izquierdo, y aprendió a descifrar el ruido de las olas y a diferenciar las mareas; a veces era un rumor apagado proveniente de las corrientes profundas y frías, en otras percibía la fauna silenciosa y voraz que se desplazaba hambrienta a ras del fondo oscuro. Cuando el poder de evocación de la caracola era tan fuerte, el hombre se estremecía; el misterio del mar se le revelaba con un sonido que empezaba a lo lejos e iba acercándose, zigzagueando por la geometría voluptuosa.
Una mañana, por primera vez oyó gaviotas; estaban mar adentro, pero a pesar de la distancia las oyó claramente. Después se alejaron hasta que dejó de oírlas, -las gaviotas son cañoneras aunque parezcan aves inofensivas y tristes; pierden su belleza y dignidad cuando se precipitan hacia un pescado y lo desgarran-, quizás no le gustó lo que vio, porque no volvió a oírlas. En cambio, había días en los que podía oler, si metía la nariz en la boca de la caracola, el ozono de las tormentas y la sal y, a veces este olor era tan intenso que creyó que toda la casa olía a puerto, o bien que el salitre formaba una tenue película blanca en los muebles cercanos a la caracola. -El mar está en las volutas más recónditas; en aquellas más estranguladas, donde se encuentra el corazón palpitante del molusco. Si hiciera un agujerito en la punta podría ver la mar...
Pero no se atrevió. Especular en la mejor forma de horadar la concha le produjo escalofríos, porque sintió que era violar la intimidad del animal y también la soledad del mar -será mejor que espere. Será la mar quien decida.
Y el mar decidió.
Decidió el día en que no fue un borrón de vaho lo que apareció bajo la caracola sino una mancha de agua que se alargaba en un hilo por el cristal de la mesa, llegaba hasta el borde y goteaba en la alfombra.
Es el mar -se dijo-, es "la mar",  que viene a mí encuentro. Y tomó la caracola entre su mano. Un chorrito fino se deslizó por el antebrazo hasta en el codo y cayó al suelo donde dejó un circulito.
Ya no salió más agua de la caracola, quizás porque el mar no deseaba manifestarse ante el hombre, que no comprendía aquella súbita decisión.
Habrá bajado la marea en el momento justo en que la tomé en mi mano. No, no es la hora, por el contrario ahora es cuando la marea está alta- y se observó el antebrazo para verse la huella. Debió de ser el estertor de una última ola al retirarse mar adentro.
Limpió el charquito de agua con un trapo y lo escurrió luego en un frasco, por si acaso el mar no volvía a aparecer y la caracola se secaba definitivamente. Tendría el agua para siempre consigo como testimonio del querido mar.
Antes de dormir, miraba la luna por la ventana; la luna redonda, grande y luminosa; la luna madre del mar, una madre que no abandonaba jamás a su hijo, que lo regía a su antojo gobernando las mareas y el ímpetu de las olas. El mar era sumiso, a veces tembloroso e incapaz de enfrentarse a su caprichosa madre luna. Por eso se refugiaba en los intersticios de la caracola y  esperaba el amanecer y la luz del día para manifestarse a su antojo, libre de la tiranía. Y cada mañana el mar salía al encuentro del hombre y le entregaba una señal de confianza y amistad; le daba un poquito de sí mismo que escogía al azar.
Una mañana hubo un ruido inusual en la sala y el hombre bajó de inmediato. En el suelo había una copa rota: aún basculaba sobre la curvatura el trozo mayor de vidrio. Recogió los añicos y los tiró a la basura. Agachado ante el cubo, oyó un aleteo a su espalda y el ruido ofensivo de otra copa estrellándose en el suelo. La ventana estaba abierta y una gaviota dormitaba en un entrepaño de la vitrina, acurrucada entre la cristalería. Intentó acercarse y el animal echó a volar torpemente, se dio contra las paredes y el techo blancos hasta que por fin atinó con la ventana. El hombre miró entonces la caracola que había dejado sobre la mesa y la vio llena de agua hasta el borde. La superficie del líquido vibraba formando anillos concéntricos, como si a1guien acabara de arrojar algo dentro. En el fondo vio unos granitos de arena.
El mar ha vuelto, pensó.
No volvió a tocar la caracola, decidió únicamente observarla, a ser posible desde una distancia prudencial para no intimidarla. La superficie del agua palpitaba a menudo, y el se estremecía y contenía la respiración.
Pocas veces olvidaba la presencia de la caracola, pero cuando ocurría, ésta lo sorprendía manifestándose con mayor fuerza que la habitual, dándole lo mejor de sí misma, incluso dejándole ver sus secretos y misterios. Una tarde, mientras leía un viejo libro de un marino loco, notó frió en los pies. Era agua. Oscuros regueros se extendían por el suelo de baldosas. Instintivamente levantó los pies y el líquido, con un amago indolente, igual que un beso distraído, quiso retenerlos y se agitó contrariada. En cuclillas sobre la silla y con el libro en sus manos, miró el agua sin comprender nada. Un pececito de no más de un centímetro, se acerco torpemente hasta una pata de la silla y dio una vuelta alrededor.
El mar no tenía miedo, el hombre si. Temía a ese ser que parecía ofrecérsele exclusivamente, en la intimidad de la casa, otorgándose a trozos, con cierta reticencia para encender aún mas el deseo. -Donde hay un pez hay otro y donde hay peces hay algas. En uno de los armarios había, efectivamente, algas ciñendo el tirador de las puertas. También las había amontonadas en los esquinas de la habitación y trepaban las paredes allí donde el agua latía levemente.
No puedo pisar el mar, dijo el hombre. Y se puso de pié en la silla. Abajo se agolpaban otros peces pequeños, algunos coloridos y pacíficos, otros voraces, que perseguían al resto. Algo le rozo un hombro y se asustó; era un albatros que se abalanzaba como una saeta sobre los peces; pero el mar no era aun lo suficientemente profundo y ave se estrelló en las baldosas. Atontado, se incorporó y a saltos fue a subirse a la mesa.
Tengo la mar... La mar de la que me hablaba mi abuela, pensaba mientras saltaba de la silla a la mesa donde estaba atontado el albatros, que a regañadientes y dando tumbos se sentó en el pasamano de la escalera. Desde el rincón formado entre el aparador y un macetero, un pez obeso, plateado, observaba todo con ojos saltones y llenos de indulgencia. En una frutera de porcelana un pájaro blanco de pico amarillo construía su nido con trapos. El hombre saltaba de silla en silla procurando llegar hasta el armario, aún libre, mientras abajo el mar crecía gradualmente.
Por fin llegó a un sillón donde dormitaba una tortuga, que al ver invadido su sitio, se retrajo dentro del caparazón y pareció incompleta como un juguete mutilado. Se sintió bastante cómodo junto a la tortuga, aunque era el animal menos marino de todos, compartía la tierra y el agua, como él. Por fin la tortuga asomó la cabeza, miró hacia todos lados y bostezó profundamente. El mar le resulta aburrido, pensó, y algas y diminutos cangrejos viviendo en el caparazón del quelonio. Un pájaro puso un huevo dentro de un plato de loza, hizo un ruido seco y se partió derramando su contenido amarillo, que de inmediato fue devorado por otros pájaros.
Comenzaba a anochecer. Tenía frío. El agua golpeteaba contra los muebles y movía ligeramente las cortinas empapadas por las que trepaban innumerables moluscos de muchas patas. Tengo que subir a mi dormitorio antes de que suba la marea. Mañana abriré puertas y ventanas para que salga el mar, y de un salto alcanzó la escalera y se agarró al pasamano. Se consideró más seguro; desde allí podía ver casi todo el mar y también la caracola, impávida sobre la mesa, surtiendo agua. Un cangrejo subía con cierta dificultad los peldaños -va al dormitorio- pensó -no me gusta nada que los cangrejos se metan en mi cama - y de un salto cubrió los pocos peldaños que conducían a su habitación. Cerró con llave.
Para el agua no hay cerrojos; lo supo al día siguiente, cuando se encontró en la cama a la deriva. A sus pies anidaba una gaviota que se amedrentó, temerosa de que atacara a sus crías hambrientas. Muy quieto, esperó que la gaviota lo ignorara y decidiera irse en busca de comida para su prole. La brisa marina le daba en el rostro. Al otro lado de la puerta podía sentir las olas y el piar lastimero de más aves. El mar, allí abajo, en la sala, lamía los cuadros y los decoloraba. En un rincón del dormitorio se levantó un tifón minúsculo que avanzó a lo largo de la pared, en el vórtice se debatían diminutos peces y los pétalos de una flor arrebatada a un vaso. Así se le entregaba el mar esa mañana.
Remando con las manos dio unas vueltas con la cama por la habitación, mirándolo todo como por primera vez, las ventanas eran abismos por los cuales se precipitaba el agua; las paredes azules eran cielo; los cuadros rectángulos de costas exóticas. Navegando salió al pasillo y desde allí se dirigió hacia otros cuartos buscando tierra firme, porque el agua no cesaba de subir y ya se daba con el quicio de las puertas. El techo de un voluminoso aparador trinchante que sobresalía unos centímetros del agua donde había un florero con rosas marchitas se le antojó un islote, donde puso sus pies y se mantuvo a salvo, acuclillado, pues apenas disponía de unos setenta centímetros de altura.
Toda la casa está llena de mar. Soy el único elemento ajeno a su naturaleza líquida, dijo el hombre, y terminará ahogándome, convirtiéndome en finísimo plancton,  sitiado como estoy, encaramado a aparador, sin poder alimentarme. Y tuvo hambre y sed por primera vez.
A través del agua encrespada veía allí abajo la sala comedor, la veía aplastada y ondulante como un espejismo surcado por inquietos cardúmenes plateados. En un extremo estaba la puerta de la cocina cerrada y recordó los alimentos, que probablemente habrían sido devorados por los peces. En ese momento se vio de niño chapoteando en el río de su pueblo, el agua cristalina y fresca lamía las ramas tristes de los sauces llorones, los guijarros redondos parecían moverse contra corriente como salmones buscando desovar, otros niños nadaban y se arrojaban de cabeza al agua desde lo alto del puente. Él no. Cuando volvía, hambriento, su madre le preparaba apetitosos sándwiches con abundante mantequilla y le decía: “el agua cansa y da hambre”. Y ahora tenía un hambre igual a la de antaño. Podría rescatar de la cocina latas de comida y bebidas embotelladas, traerlas a su pequeña isla aparador, como un Robinson. Mientras especulaba sobre su futuro inmediato y cómo subsistir, la cama se había alejado por el pasillo y se hundía encallada en un baúl; la almohada sobresalía del agua como una inmensa burbuja blanca. Se quitó el pijama empapado y un alga verde y babosa enredada en los dedos de los pies se contrajo, y su cuerpo, desnudo ahora, se estremeció al contacto con la brisa marina. Metió un pié en el agua y comprobó la temperatura: estaba fría y la piel se le puso de gallina. Se armó de valentía y lentamente fue sumergiéndose, la piel se erizaba centímetro a centímetro con cada ola que lamía su cuerpo. Pronto descubrió que más abajo el agua estaba cálida y esto le animó a sumergirse completamente. Con los ojos a ras del agua columbró el horizonte rectilíneo y cuadrangular que contenía este mar cúbico. Los peces rozaban su cuerpo, algunos se atrevían a morderlo ligeramente como si quisieran robarle trocitos diminutos de piel. Cuando decidió sumergirse completamente, el silencio fue absoluto; el silencio en el fondo del mar era mayor que el silencio del aire en las siestas, sólo los latidos de su corazón se transmitían por el líquido, y pensó que tal vez los peces no tuvieran corazón, pues no los oía latir a pesar de estar rodeados de ellos. Nadó escaleras abajo y atravesó la sala de estar, que vista desde dentro del agua recuperaba la quietud, aunque no su perspectiva. El agua lo distorsionaba todo como una enorme y espesa lupa. No se sorprendió de la agilidad con la que se movía dentro del agua: había recuperado la memoria de su niñez y nadaba como en el río. Dio vueltas por la sala, vio las cortinas granate como dos inmensas algas custodiando el campo y los árboles, al otro lado de los vidrios, como un  inmenso terrario. Entonces se apresuró a cerrar las cortinas para que nadie descubriera el mar que poseía, y al hacerlo, el agua se tiñó de rosa y la fauna marina confundió el color con el ocaso, y los peces se recogieron dispuestos a dormir bajo los muebles y en los cajones. El hombre fue inspeccionando la sala detenidamente: vio un coral enorme y rojo en la repisa de la chimenea, y a su lado una ostra gestaba una perla imperfecta de una miga de pan. Los cuadros, desteñidos y arrugados, se llenaban de lapas; la mesa y las seis sillas de roble se descoyuntaban como animales muertos, hinchados: la vajilla asomaba sus cantos carcomidos, hundidas entre los pliegues de las alfombras persas camufladas como pulpos y rayas. Cientos de libros con las páginas abiertas ondulaban como anémonas ilustradas. Sobre una mesilla que asomaba entre corales, el teléfono era un molusco amenazante. Llegó a la cocina, donde se refugiaban peces como globos que huyeron al instante. Apartando una densa empalizada de algas, se abrió paso hasta el frigorífico y lo abrió. Una inmensa burbuja de aire helado llevando en su interior manzanas y naranjas, subió a la superficie y reventó junto a la lámpara. Recogió unas botellas y las frutas que no habían escapado y nadó hacia la alacena donde sólo encontró intactas las latas de atún y de caballa. El hombre sonrió ante aquellas latas apiladas, que se le antojaron diminutos ataúdes.
Varios días estuvo recorriendo la casa en busca de comida y algo que pudiera serle útil para sobrevivir en ese mar. Pronto se le agotaron las conservas y decidió pescar, pescar peces y mariscos. Bebía agua del grifo que se contaminaba con el agua salada. Extrañado, llevó sus dedos detrás de las orejas y palpó sendos surcos palpitantes, apenas insinuados.
La mar me considera uno de los suyos; nada puedo temer, se dijo.
El mar lo recogía en el regazo de la casa inundada. Sólo una precaución: cuidarse de los peces voraces y sanguinarios que habitaban en el cuarto de baño. Los observaba a través de la puerta de vidrios esmerilados y a pesar de la opacidad los veía abrir la boca y en ella distinguía la doble hilera de afiladísimos dientes.
Aprendió a dormir dentro del agua, recostado sobre una mesa que cada noche despejaba de almejas y aburridos galápagos. Su cuerpo iba adquiriendo una textura lustrosa y una trama minúscula de escamas. Le gustaba estar horas cerca de las ventanas, ahora tintadas del verde de las algas adheridas a los vidrios, y quedarse observando los destellos de su propio cuerpo cuando la escasa luz del sol atravesaba los microscópicos prismas de su piel. Así hubo de acostumbrarse a pasar las siestas; absorto en la contemplación de sus miembros marinos, imaginando nereidas, ondinas, hipogrifos y tritones fabulosos, jugando a malabares con burbujas que salían de su boca.
Pero un día, involuntariamente, evocó las siestas con cigarras y pájaros, con higos madurando cercanos a un cielo y un raro impulso le llevó hacia arriba, a buscar la superficie donde empezaba el aire. Dio con la cabeza en el techo del salón y a punto estuvo de saltarse un ojo con el pulpo de bronce de la lámpara. Supo entonces que el mar había rebasado los límites de las habitaciones, quizás los de la casa, del jardín y del mismísimo pueblo. Imaginó otros hogares donde hombres y mujeres vivirían como él, y aventuró las siestas calurosas inundadas, las cigarras cantando bajo el agua, los árboles frutales disputando el sitio a los corales, imitando torpemente el vaivén de las algas, el aire de la siesta reverberando contra un horizonte líquido. Desde lo alto miró el fondo del mar buscando entre toda la fauna y la flora aquella que había que en su interior le había regalado al mar, pero sus ojos se volvían torpes y se confundían entre cientos de conchas y caracolas.
Se sumergió buscando las ventanas que le permitieran verificar la existencia del mundo del aire y los pájaros: apenas débiles rayos de luz le permitieron entrever el día, y furioso, con sus manos comenzó a arrancar las algas de los cristales. Los peces se espantaron al punto de que los más voraces olvidaron sus presas y huyendo se escondieron detrás de las butacas. Los moluscos se enterraron en las alfombras podridas. Las medusas se cerraron como flores ofendidas, con un golpe de mandíbula las valvas espantaron los cangrejos…

Y el mar fue retirándose lentamente, fiel a su propio ritmo, con la misma pereza con que se disuelven las mareas. El hombre volvió a sacar la cabeza fuera del agua y a sentir nuevamente la vieja sensación del aire respirado. Se palpó en el cuello las agallas que temblaban torpemente y sintió las escamas de su piel erizarse al contacto con el aire. Se miró las manos por última vez: las abrió y cerró varias veces extendiendo los dedos separados por cuyas membranas rosadas la luz se tamizaba. Se vio inmerso en un remolino cuya fuerza lo impulsaba hacia el fondo como si se introdujera en el helicoide de una caracola. Sintió una dentellada certera en su costado, y el agua impulsó hacia el cenit burbujas del color de la sangre.
Antes de hundirse en lo más profundo oyó el fragor de las cigarras en lo alto, aferradas a las ramas de los árboles frutales.

© norberto luis romero, 2017 (Del libro "El hombre en el mirador", ed Progreso, México,  2008