jueves, 25 de mayo de 2017

OTRA CASA TOMADA


Aquel viernes, como todos los viernes, el matrimonio Rosales regresó a las doce menos cuarto de la noche de su cena frugal en un restaurante caro, previa a la función de cine. Un taxi los dejó a la puerta. A las doce y media ya estaban en la cama. Antes de dormirse, hicieron un par de comentarios:
-Él está magnífico, como siempre.
-Pero el final es un poco triste- dijo ella.
-Tú siempre lloras.
Se dieron las buenas noches y se durmieron.
Eran las dos en punto de la madrugada, cuando él despertó creyendo haber oído un ruido abajo, en el salón. Se incorporó y agudizó los sentidos. A su lado, ella dormía apaciblemente, como un animalito cansado.
Distinguió con claridad un sonido metálico, leve, corto, y al cabo de unos instantes, murmullos. "Ladrones", pensó, y el corazón se le aceleró con violencia. La primera disyuntiva fue la de despertar o no a su mujer; la segunda, si estarse en silencio o producir algún ruido que advirtiese a los ladrones de su presencia en la casa. Durante los segundos de duda, el tiempo le pareció sin fin. Pensó: "los ladrones han estado vigilándonos, nos han visto salir, pero no regresar, y creyeron que aún estábamos fuera. Decidió despertar a su mujer procurando no alarmarla.
La llamó suavemente. Ésta abrió los ojos como emergiendo de una espesa capa de bruma, velado su cerebro por la confusión.
-¿Qué pasa?
-Abajo hay ladrones, creo- musitó.
Ignoradas razones o profundos temores llevaron a los Rosales a permanecer sentados en la cama a oscuras, en un profundo silencio, alertas, pero sin mover un dedo. Desde allí oyeron voces, risas, sonidos habituales: la televisión, el tintineo de la loza y los vasos, retazos de conversaciones entre varios individuos: hombres y mujeres. Esto duró hasta las cuatro de la mañana. A esa hora oyeron la puerta de calle abrir y cerrarse, y las voces y sonidos se desvanecieron en la oscuridad. Nuevamente volvió a quedar la casa sumida en el silencio habitual.
Después de dejar pasar unos minutos precautorios, decidieron bajar. Sin dar las luces, tímidamente, como ciegos descendiendo por una escalera desconocida donde cada escalón tuviera un tamaño y una altura diferentes, bajaron, atravesaron el distribuidor y entraron en el salón. Allí permanecieron de pie, en el silencio más absoluto, hasta que él decidió encender las lámparas. Había humo en el aire, y un cargado olor a comida y a humanos satisfechos. Sobre la mesa baja hallaron el cenicero repleto de colillas y un libro manoseado, que no reconocieron como suyo, marcado en la página 19 con un billete de metro.
Él lo abrió por la página marcada.
-¿Qué dice?- se interesó ella.
-No lo sé, no llevo las gafas... parecen dibujos- Y volvió a dejarlo como lo encontró.
No advirtieron otra cosa fuera de sitio. Sin hacer más comentarios, se miraron una y otra vez, azorados.

En la cocina había indicios contundentes, que demostraban que se había cocinado: migas de pan en la encimera, aceite aún tibio en la sartén de hierro, un tenedor sucio, varios vasos manchados de carmín, y restos de comida en el cubo de basura. Él se llevó a los labios uno de los vasos:
-Es nuestro vino.
Ella se alzó de hombros.
Volvieron a la cama, aunque no pudieron dormir.
Al día siguiente, investigaron con prolijidad toda la planta baja para comprobar si faltaba algo, y sólo echaron de menos algunos comestibles y bebidas. Se sentaron en el sofá, él se puso las gafas y hojeó el libro hallado:
-No debes mirarlo- dijo a su mujer, volviendo a dejarlo en la mesa.
Ella apenas le hizo caso, miraba con preocupación las migas sobre la alfombra.
No se habían llevado nada, ningún objeto de valor; tampoco nada irrelevante, únicamente habían cenado, mirado televisión y olvidado  ese libro obsceno, que los Rosales no se atrevieron a tirar a la basura por respeto. Decidieron evitar contratiempos, dar vanas explicaciones, y no acudieron a la policía. Tampoco llamaron por teléfono a sus hijos. Lo mantuvieron en secreto, pues les pertenecía. Esa noche hablaron mucho antes de dormirse y, cada tanto, callaban creyendo oír ruidos.
Pero el viernes siguiente, ya en la cama, aunque despiertos sin poder conciliar el sueño, volvió a ocurrir lo mismo a la misma hora. Esta vez el volumen del televisor fue más alto, los ruidos, las voces y las risas más claros, sin recato alguno, abiertamente naturales y espontáneos. Y a las cuatro, volvieron a irse dejando está vez un poco más de revuelo, de desorden, pues ni siquiera tiraron los restos de comida a la basura, sino que dejaron los platos sucios esparcidos. El libro estaba marcado en la página 45, pero en lugar de hallar un billete de metro entre sus páginas, había un mondadientes. De nuevo faltaron víveres, no otra cosa, y nuevamente callaron.
Lo que más contrarió a la señora Rosales fue la falta de cuidado, de higiene, de buenas costumbres.
-Podrían ser un poco más considerados- dijo mientras tomaba con la punta de los dedos un resto de queso y se lo llevaba a la boca.
-Está rancio y reseco...
Durante meses, todos los viernes a las dos en punto, los Rosales recibieron esta visita, a cuyos ruidos se habían ido habituando al extremo de no perder el sueño, y que únicamente cenaba, miraba la televisión y leía ese libro, para marcharse a las cuatro de la madrugada, dejando la nevera y la despensa vacías, todo desordenado y sucio.
El verdadero trastorno para la señora Rosales era tener que pasarse buena parte del sábado limpiando y poniendo orden; mientras su marido acudía al supermercado más próximo para reponer víveres.
Mientras repasaba el polvo, no pudo reprimir la tentación y abrió ligeramente aquel libro por la página marcada. Volvió a cerrarlo de inmediato, sin ruborizarse.


Con el tiempo las visitas fueron extendiendo el espacio de sus veladas hacia el resto de la planta baja, utilizando, además del salón y la cocina, el lavabo, la pequeña sala de estar y el cuarto que había sido de la criada. También fueron prolongando la duración de las visitas y acentuando su descuido y desorden. Se marchaban a las 8 o las 9 de la mañana, pero siempre antes de que los Rosales se levantasen.
Al cabo de casi dos años y medio, una madrugada no se presentaron. La señora Rosales fue la primera en despertarse sobresaltada al no oír nada. De inmediato lo hizo su esposo. El silencio hería sus oídos. Se miraron sin decirse palabra.
Esa noche no pegaron ojo. A la mañana siguiente todo estaba en orden, limpio. Durante horas vagabundearon inútilmente por la plata baja en busca de indicios.
No volvieron a dormir ningún viernes más, pues desde que las visitas dejaron de venir, los Rosales pasan la noche en la planta baja, comiendo y bebiendo, ensuciándolo todo, mirando la televisión a todo volumen, y leyendo ese libro obsceno en el que marcan la lectura con un palillo usado.

Diario La Mirada 93. Sevilla, 1996 . Vinalia Trippers 6. León, 1998 . Letras de Buenos Aires, 35. Bs. As, 1996

miércoles, 17 de mayo de 2017

EL MAR EMPECINADO



Alguien que en alguna ocasión había estado cerca del mar le había traído una caracola.
Había imaginado el mar cientos de veces; muchas tardes de otoño, sentado en la butaca de enea bajo una higuera, en el fondo de la casa. En su mente elaboró las olas, la superficie encrespada de las aguas que se asemejaba al ganchillo tejido por su abuela, les otorgó un cuerpo a los peces ciegos y luminosos que aguardan en el silencio de las profundidades, imaginó las algas arrastradas a la orilla, maltratadas por el reflujo de la marea nocturna. También conjeturaba gaviotas cayendo en picado sobre los peces que circulan junto a la superficie, y los vientos olorosos a salitre y pescado que azotan los puertos.
Una cigarra chasqueó al posarse en una rama de la higuera, sobre su cabeza, se quedó inmóvil y oscura. Enseguida cantó. El hombre regresó al valle, volvió a sentir el aire seco y ardiente de las montañas y a lo lejos cantos de gorriones, a esas horas en que todos dormitaban, en que el pueblo parecía claudicar de cansancio dispuesto a dejarse llevar por una dulce molicie hasta que el calor de la siesta no acabara.
El ruido del mar está en las caracolas -recordó la frase apuntada en algún cuaderno de colegio-,  y el ruido del mar, se dijo,  es lo único que no puedo imaginar. Lo intenté varias veces, pero todo este bullicio de cigarras y pájaros, o el silencio rotundo de la siesta me impiden concentrarme. Mi abuela, que era gallega, me hablaba del mar, de centollos pescados con sólo estirar una mano, de marineros curtidos que no tenían otro amor más que el mar. Pero ella lo llamaba "la mar", así, en femenino, con un deje evasivo, como si hablara de otra mujer.
El hombre estuvo mucho tiempo observando el estuche nacarado, que olía ligeramente a sal y a iodo. Los caracoles que él conocía sobradamente eran pequeños y blancos, aparecían una vez que escampaban las tormentas de verano, y eran tan frágiles que se rompían al tocarlos. Y no olían a nada. Miraba la caracola y metía un dedo dentro del helicoide comprobando hasta dónde le llegaba. La escrutaba a contraluz intentando desentrañar aquella arquitectura donde, más allá de la abertura, las volutas se replegaban una tras otra impidiéndole ver el final del cono.
A lo mejor el bicho, fuera del mar, se mantiene vivo, refugiado en los últimos repliegues, oculto a las miradas y a mi dedo hurgador. Y el temor a que el bicho, como le llamaba, estuviera allí, le impedía decidirse acercarse del todo la caracola al oído.
¿Y si sale y me muerde la oreja?
 Pudo más la curiosidad, cerró los ojos y se cubrió de lleno con la caracola una oreja: Oyó los sonidos habituales, ahora ahogados, los pájaros, los tercos élitros de las cigarras, el silencio del aire cuando reverbera en la siesta caliente. Pero al rato, y al ver que nada le mordía la oreja, comenzó  notar una especie de viento lejano, y enseguida llegó el ruido del mar; las olas avanzando impetuosas y deshaciéndose en la arena de la playa. Abrió los ojos y volvió a mirar detenidamente la embocadura de la caracola, confundido y con una sonrisa socarrona.
Se pasó casi todo el día con la caracola pegada un rato en la oreja derecha y otro en la izquierda, probando con cuál de ella oía mejor en mar. Volvió a estudiar su aspecto externo y por dentro hasta donde llegaban sus ojos, con una expresión parecida a la de un niño cuando planea destripar un juguete.
Al llegar la noche se decidió a dejarla en una mesa de cristal, boca abajo, junto a un libro que hablaba de navíos y borrascas. Esa noche soñó con barcos que surcaban un mar turquesa y vio las aguas con mayor precisión que otras veces en sueños similares.
A la mañana siguiente (aún tenia vivo el recuerdo del sueño), saltó de la cama y desnudo bajó al la salita y lo primero que hizo fue buscar la caracola para comprobar si el sonido del mar se parecía al del sueño. La había acercado al oído cuando lo sorprendió una tenue mancha de vaho en el cristal:
El vaho es la resultante de la condensación de la humedad del aire ante dos temperaturas opuestas, pensó.
Había cierta tibieza dentro de la caracola (¿o a él se lo parecía?). Vapor condensado por el contacto de la superficie fría del cristal. Era una humedad que durante la noche había avanzado lentamente desde el vértice interior de la caracola avanzando por las volutas hasta salir por la embocadura.
El bicho respira porque confunde el cristal de la mesa con el agua, del mismo modo que las moscas confunden el cristal de las ventanas con el aire. Con la punta del dedo dividió el vaho en dos mitades. Se llevó esa humedad a los labios: era salobre como lo había temido: como el agua de mar.
Las caracolas retienen como un recuerdo yodo y sales marinas en su interior, y el bicho se alimenta de ese recuerdo de infancia, se dijo.
Fue perfeccionando su oído, sobre todo el izquierdo, y aprendió a descifrar el ruido de las olas y a diferenciar las mareas; a veces era un rumor apagado proveniente de las corrientes profundas y frías, en otras percibía la fauna silenciosa y voraz que se desplazaba hambrienta a ras del fondo oscuro. Cuando el poder de evocación de la caracola era tan fuerte, el hombre se estremecía; el misterio del mar se le revelaba con un sonido que empezaba a lo lejos e iba acercándose, zigzagueando por la geometría voluptuosa.
Una mañana, por primera vez oyó gaviotas; estaban mar adentro, pero a pesar de la distancia las oyó claramente. Después se alejaron hasta que dejó de oírlas, -las gaviotas son cañoneras aunque parezcan aves inofensivas y tristes; pierden su belleza y dignidad cuando se precipitan hacia un pescado y lo desgarran-, quizás no le gustó lo que vio, porque no volvió a oírlas. En cambio, había días en los que podía oler, si metía la nariz en la boca de la caracola, el ozono de las tormentas y la sal y, a veces este olor era tan intenso que creyó que toda la casa olía a puerto, o bien que el salitre formaba una tenue película blanca en los muebles cercanos a la caracola. -El mar está en las volutas más recónditas; en aquellas más estranguladas, donde se encuentra el corazón palpitante del molusco. Si hiciera un agujerito en la punta podría ver la mar...
Pero no se atrevió. Especular en la mejor forma de horadar la concha le produjo escalofríos, porque sintió que era violar la intimidad del animal y también la soledad del mar -será mejor que espere. Será la mar quien decida.
Y el mar decidió.
Decidió el día en que no fue un borrón de vaho lo que apareció bajo la caracola sino una mancha de agua que se alargaba en un hilo por el cristal de la mesa, llegaba hasta el borde y goteaba en la alfombra.
Es el mar -se dijo-, es "la mar",  que viene a mí encuentro. Y tomó la caracola entre su mano. Un chorrito fino se deslizó por el antebrazo hasta en el codo y cayó al suelo donde dejó un circulito.
Ya no salió más agua de la caracola, quizás porque el mar no deseaba manifestarse ante el hombre, que no comprendía aquella súbita decisión.
Habrá bajado la marea en el momento justo en que la tomé en mi mano. No, no es la hora, por el contrario ahora es cuando la marea está alta- y se observó el antebrazo para verse la huella. Debió de ser el estertor de una última ola al retirarse mar adentro.
Limpió el charquito de agua con un trapo y lo escurrió luego en un frasco, por si acaso el mar no volvía a aparecer y la caracola se secaba definitivamente. Tendría el agua para siempre consigo como testimonio del querido mar.
Antes de dormir, miraba la luna por la ventana; la luna redonda, grande y luminosa; la luna madre del mar, una madre que no abandonaba jamás a su hijo, que lo regía a su antojo gobernando las mareas y el ímpetu de las olas. El mar era sumiso, a veces tembloroso e incapaz de enfrentarse a su caprichosa madre luna. Por eso se refugiaba en los intersticios de la caracola y  esperaba el amanecer y la luz del día para manifestarse a su antojo, libre de la tiranía. Y cada mañana el mar salía al encuentro del hombre y le entregaba una señal de confianza y amistad; le daba un poquito de sí mismo que escogía al azar.
Una mañana hubo un ruido inusual en la sala y el hombre bajó de inmediato. En el suelo había una copa rota: aún basculaba sobre la curvatura el trozo mayor de vidrio. Recogió los añicos y los tiró a la basura. Agachado ante el cubo, oyó un aleteo a su espalda y el ruido ofensivo de otra copa estrellándose en el suelo. La ventana estaba abierta y una gaviota dormitaba en un entrepaño de la vitrina, acurrucada entre la cristalería. Intentó acercarse y el animal echó a volar torpemente, se dio contra las paredes y el techo blancos hasta que por fin atinó con la ventana. El hombre miró entonces la caracola que había dejado sobre la mesa y la vio llena de agua hasta el borde. La superficie del líquido vibraba formando anillos concéntricos, como si a1guien acabara de arrojar algo dentro. En el fondo vio unos granitos de arena.
El mar ha vuelto, pensó.
No volvió a tocar la caracola, decidió únicamente observarla, a ser posible desde una distancia prudencial para no intimidarla. La superficie del agua palpitaba a menudo, y el se estremecía y contenía la respiración.
Pocas veces olvidaba la presencia de la caracola, pero cuando ocurría, ésta lo sorprendía manifestándose con mayor fuerza que la habitual, dándole lo mejor de sí misma, incluso dejándole ver sus secretos y misterios. Una tarde, mientras leía un viejo libro de un marino loco, notó frió en los pies. Era agua. Oscuros regueros se extendían por el suelo de baldosas. Instintivamente levantó los pies y el líquido, con un amago indolente, igual que un beso distraído, quiso retenerlos y se agitó contrariada. En cuclillas sobre la silla y con el libro en sus manos, miró el agua sin comprender nada. Un pececito de no más de un centímetro, se acerco torpemente hasta una pata de la silla y dio una vuelta alrededor.
El mar no tenía miedo, el hombre si. Temía a ese ser que parecía ofrecérsele exclusivamente, en la intimidad de la casa, otorgándose a trozos, con cierta reticencia para encender aún mas el deseo. -Donde hay un pez hay otro y donde hay peces hay algas. En uno de los armarios había, efectivamente, algas ciñendo el tirador de las puertas. También las había amontonadas en los esquinas de la habitación y trepaban las paredes allí donde el agua latía levemente.
No puedo pisar el mar, dijo el hombre. Y se puso de pié en la silla. Abajo se agolpaban otros peces pequeños, algunos coloridos y pacíficos, otros voraces, que perseguían al resto. Algo le rozo un hombro y se asustó; era un albatros que se abalanzaba como una saeta sobre los peces; pero el mar no era aun lo suficientemente profundo y ave se estrelló en las baldosas. Atontado, se incorporó y a saltos fue a subirse a la mesa.
Tengo la mar... La mar de la que me hablaba mi abuela, pensaba mientras saltaba de la silla a la mesa donde estaba atontado el albatros, que a regañadientes y dando tumbos se sentó en el pasamano de la escalera. Desde el rincón formado entre el aparador y un macetero, un pez obeso, plateado, observaba todo con ojos saltones y llenos de indulgencia. En una frutera de porcelana un pájaro blanco de pico amarillo construía su nido con trapos. El hombre saltaba de silla en silla procurando llegar hasta el armario, aún libre, mientras abajo el mar crecía gradualmente.
Por fin llegó a un sillón donde dormitaba una tortuga, que al ver invadido su sitio, se retrajo dentro del caparazón y pareció incompleta como un juguete mutilado. Se sintió bastante cómodo junto a la tortuga, aunque era el animal menos marino de todos, compartía la tierra y el agua, como él. Por fin la tortuga asomó la cabeza, miró hacia todos lados y bostezó profundamente. El mar le resulta aburrido, pensó, y algas y diminutos cangrejos viviendo en el caparazón del quelonio. Un pájaro puso un huevo dentro de un plato de loza, hizo un ruido seco y se partió derramando su contenido amarillo, que de inmediato fue devorado por otros pájaros.
Comenzaba a anochecer. Tenía frío. El agua golpeteaba contra los muebles y movía ligeramente las cortinas empapadas por las que trepaban innumerables moluscos de muchas patas. Tengo que subir a mi dormitorio antes de que suba la marea. Mañana abriré puertas y ventanas para que salga el mar, y de un salto alcanzó la escalera y se agarró al pasamano. Se consideró más seguro; desde allí podía ver casi todo el mar y también la caracola, impávida sobre la mesa, surtiendo agua. Un cangrejo subía con cierta dificultad los peldaños -va al dormitorio- pensó -no me gusta nada que los cangrejos se metan en mi cama - y de un salto cubrió los pocos peldaños que conducían a su habitación. Cerró con llave.
Para el agua no hay cerrojos; lo supo al día siguiente, cuando se encontró en la cama a la deriva. A sus pies anidaba una gaviota que se amedrentó, temerosa de que atacara a sus crías hambrientas. Muy quieto, esperó que la gaviota lo ignorara y decidiera irse en busca de comida para su prole. La brisa marina le daba en el rostro. Al otro lado de la puerta podía sentir las olas y el piar lastimero de más aves. El mar, allí abajo, en la sala, lamía los cuadros y los decoloraba. En un rincón del dormitorio se levantó un tifón minúsculo que avanzó a lo largo de la pared, en el vórtice se debatían diminutos peces y los pétalos de una flor arrebatada a un vaso. Así se le entregaba el mar esa mañana.
Remando con las manos dio unas vueltas con la cama por la habitación, mirándolo todo como por primera vez, las ventanas eran abismos por los cuales se precipitaba el agua; las paredes azules eran cielo; los cuadros rectángulos de costas exóticas. Navegando salió al pasillo y desde allí se dirigió hacia otros cuartos buscando tierra firme, porque el agua no cesaba de subir y ya se daba con el quicio de las puertas. El techo de un voluminoso aparador trinchante que sobresalía unos centímetros del agua donde había un florero con rosas marchitas se le antojó un islote, donde puso sus pies y se mantuvo a salvo, acuclillado, pues apenas disponía de unos setenta centímetros de altura.
Toda la casa está llena de mar. Soy el único elemento ajeno a su naturaleza líquida, dijo el hombre, y terminará ahogándome, convirtiéndome en finísimo plancton,  sitiado como estoy, encaramado a aparador, sin poder alimentarme. Y tuvo hambre y sed por primera vez.
A través del agua encrespada veía allí abajo la sala comedor, la veía aplastada y ondulante como un espejismo surcado por inquietos cardúmenes plateados. En un extremo estaba la puerta de la cocina cerrada y recordó los alimentos, que probablemente habrían sido devorados por los peces. En ese momento se vio de niño chapoteando en el río de su pueblo, el agua cristalina y fresca lamía las ramas tristes de los sauces llorones, los guijarros redondos parecían moverse contra corriente como salmones buscando desovar, otros niños nadaban y se arrojaban de cabeza al agua desde lo alto del puente. Él no. Cuando volvía, hambriento, su madre le preparaba apetitosos sándwiches con abundante mantequilla y le decía: “el agua cansa y da hambre”. Y ahora tenía un hambre igual a la de antaño. Podría rescatar de la cocina latas de comida y bebidas embotelladas, traerlas a su pequeña isla aparador, como un Robinson. Mientras especulaba sobre su futuro inmediato y cómo subsistir, la cama se había alejado por el pasillo y se hundía encallada en un baúl; la almohada sobresalía del agua como una inmensa burbuja blanca. Se quitó el pijama empapado y un alga verde y babosa enredada en los dedos de los pies se contrajo, y su cuerpo, desnudo ahora, se estremeció al contacto con la brisa marina. Metió un pié en el agua y comprobó la temperatura: estaba fría y la piel se le puso de gallina. Se armó de valentía y lentamente fue sumergiéndose, la piel se erizaba centímetro a centímetro con cada ola que lamía su cuerpo. Pronto descubrió que más abajo el agua estaba cálida y esto le animó a sumergirse completamente. Con los ojos a ras del agua columbró el horizonte rectilíneo y cuadrangular que contenía este mar cúbico. Los peces rozaban su cuerpo, algunos se atrevían a morderlo ligeramente como si quisieran robarle trocitos diminutos de piel. Cuando decidió sumergirse completamente, el silencio fue absoluto; el silencio en el fondo del mar era mayor que el silencio del aire en las siestas, sólo los latidos de su corazón se transmitían por el líquido, y pensó que tal vez los peces no tuvieran corazón, pues no los oía latir a pesar de estar rodeados de ellos. Nadó escaleras abajo y atravesó la sala de estar, que vista desde dentro del agua recuperaba la quietud, aunque no su perspectiva. El agua lo distorsionaba todo como una enorme y espesa lupa. No se sorprendió de la agilidad con la que se movía dentro del agua: había recuperado la memoria de su niñez y nadaba como en el río. Dio vueltas por la sala, vio las cortinas granate como dos inmensas algas custodiando el campo y los árboles, al otro lado de los vidrios, como un  inmenso terrario. Entonces se apresuró a cerrar las cortinas para que nadie descubriera el mar que poseía, y al hacerlo, el agua se tiñó de rosa y la fauna marina confundió el color con el ocaso, y los peces se recogieron dispuestos a dormir bajo los muebles y en los cajones. El hombre fue inspeccionando la sala detenidamente: vio un coral enorme y rojo en la repisa de la chimenea, y a su lado una ostra gestaba una perla imperfecta de una miga de pan. Los cuadros, desteñidos y arrugados, se llenaban de lapas; la mesa y las seis sillas de roble se descoyuntaban como animales muertos, hinchados: la vajilla asomaba sus cantos carcomidos, hundidas entre los pliegues de las alfombras persas camufladas como pulpos y rayas. Cientos de libros con las páginas abiertas ondulaban como anémonas ilustradas. Sobre una mesilla que asomaba entre corales, el teléfono era un molusco amenazante. Llegó a la cocina, donde se refugiaban peces como globos que huyeron al instante. Apartando una densa empalizada de algas, se abrió paso hasta el frigorífico y lo abrió. Una inmensa burbuja de aire helado llevando en su interior manzanas y naranjas, subió a la superficie y reventó junto a la lámpara. Recogió unas botellas y las frutas que no habían escapado y nadó hacia la alacena donde sólo encontró intactas las latas de atún y de caballa. El hombre sonrió ante aquellas latas apiladas, que se le antojaron diminutos ataúdes.
Varios días estuvo recorriendo la casa en busca de comida y algo que pudiera serle útil para sobrevivir en ese mar. Pronto se le agotaron las conservas y decidió pescar, pescar peces y mariscos. Bebía agua del grifo que se contaminaba con el agua salada. Extrañado, llevó sus dedos detrás de las orejas y palpó sendos surcos palpitantes, apenas insinuados.
La mar me considera uno de los suyos; nada puedo temer, se dijo.
El mar lo recogía en el regazo de la casa inundada. Sólo una precaución: cuidarse de los peces voraces y sanguinarios que habitaban en el cuarto de baño. Los observaba a través de la puerta de vidrios esmerilados y a pesar de la opacidad los veía abrir la boca y en ella distinguía la doble hilera de afiladísimos dientes.
Aprendió a dormir dentro del agua, recostado sobre una mesa que cada noche despejaba de almejas y aburridos galápagos. Su cuerpo iba adquiriendo una textura lustrosa y una trama minúscula de escamas. Le gustaba estar horas cerca de las ventanas, ahora tintadas del verde de las algas adheridas a los vidrios, y quedarse observando los destellos de su propio cuerpo cuando la escasa luz del sol atravesaba los microscópicos prismas de su piel. Así hubo de acostumbrarse a pasar las siestas; absorto en la contemplación de sus miembros marinos, imaginando nereidas, ondinas, hipogrifos y tritones fabulosos, jugando a malabares con burbujas que salían de su boca.
Pero un día, involuntariamente, evocó las siestas con cigarras y pájaros, con higos madurando cercanos a un cielo y un raro impulso le llevó hacia arriba, a buscar la superficie donde empezaba el aire. Dio con la cabeza en el techo del salón y a punto estuvo de saltarse un ojo con el pulpo de bronce de la lámpara. Supo entonces que el mar había rebasado los límites de las habitaciones, quizás los de la casa, del jardín y del mismísimo pueblo. Imaginó otros hogares donde hombres y mujeres vivirían como él, y aventuró las siestas calurosas inundadas, las cigarras cantando bajo el agua, los árboles frutales disputando el sitio a los corales, imitando torpemente el vaivén de las algas, el aire de la siesta reverberando contra un horizonte líquido. Desde lo alto miró el fondo del mar buscando entre toda la fauna y la flora aquella que había que en su interior le había regalado al mar, pero sus ojos se volvían torpes y se confundían entre cientos de conchas y caracolas.
Se sumergió buscando las ventanas que le permitieran verificar la existencia del mundo del aire y los pájaros: apenas débiles rayos de luz le permitieron entrever el día, y furioso, con sus manos comenzó a arrancar las algas de los cristales. Los peces se espantaron al punto de que los más voraces olvidaron sus presas y huyendo se escondieron detrás de las butacas. Los moluscos se enterraron en las alfombras podridas. Las medusas se cerraron como flores ofendidas, con un golpe de mandíbula las valvas espantaron los cangrejos…

Y el mar fue retirándose lentamente, fiel a su propio ritmo, con la misma pereza con que se disuelven las mareas. El hombre volvió a sacar la cabeza fuera del agua y a sentir nuevamente la vieja sensación del aire respirado. Se palpó en el cuello las agallas que temblaban torpemente y sintió las escamas de su piel erizarse al contacto con el aire. Se miró las manos por última vez: las abrió y cerró varias veces extendiendo los dedos separados por cuyas membranas rosadas la luz se tamizaba. Se vio inmerso en un remolino cuya fuerza lo impulsaba hacia el fondo como si se introdujera en el helicoide de una caracola. Sintió una dentellada certera en su costado, y el agua impulsó hacia el cenit burbujas del color de la sangre.
Antes de hundirse en lo más profundo oyó el fragor de las cigarras en lo alto, aferradas a las ramas de los árboles frutales.

© norberto luis romero, 2017 (Del libro "El hombre en el mirador", ed Progreso, México,  2008

miércoles, 10 de mayo de 2017

EL HUÉSPED

 
La mirada de la Gorgona produce la muerte.

Apenas había abierto la puerta y franqueado la en­trada cuando noté que alguien había estado en casa. No son en vano los años de soledad y silencio en los que uno se habitúa a reconocer de inmediato el orden de los objetos, colocados siempre en el mismo lugar, sitios rigurosamente precisos donde los objetos se afin­can como si hubieran nacido allí, y sólo admiten des­plazamientos provisionales o rutinarios, pero vuelven siempre a su lugar de origen, un lugar casi sagrado.

Son, por lo general, las llaves el único objeto que deambula, se pierde por la casa. Son las llaves lo único que no posee un sitio propio, son el objeto trashumante de este orden riguroso que rige en las habitaciones. Pero fue un cenicero (objeto también sometido a peregrinajes) el indicio de que alguien o algo había entrado en la casa durante mi ausencia. A pesar de estar en su lugar de siempre, se encontraba un poco desplazado, demasiado cercano al borde de la mesa, donde yo nunca lo hubiera dejado por temor a que se cayera. Instintivamente, lo puse en su lugar y comprobé si estaba limpio como lo había dejado la noche anterior, y como estaba esa misma mañana antes de irme a la oficina, como todos los días. Mi pri­mera reacción fue quedarme muy quieto y en silencio, para escuchar algún ruido que delatara la presencia de otra persona. Pero los ruidos eran los de siem­pre (igual que los lugares ocupados por los objetos): las pisadas de los transeúntes de la calle y el leve, monótono, ronroneo de los automóviles. Ya más tran­quilo, fui recorriendo el resto de las habitaciones bus­cando algún síntoma que me permitiera comprobar que no estaba solo, o que alguien había entrado du­rante mi ausencia. No encontré rastro alguno de intrusismo. No obstante, la intranquilidad me do­minó esa noche y me levanté varias veces para com­probar que no faltaba nada de valor, ya había verifica­do con anterioridad que las cerraduras de las puertas y las ventanas no habían sido for­zadas.

Pronto me desentendí del asunto, aunque al llegar a casa cada día, adquirí la costumbre de mirar hacia la mesita donde está el cenicero y comprobar si se hallaba en su sitio. En algunos momentos tuve, quizás, el vago deseo de que se repitiera el peque­ño incidente de cuando lo encontré desplazado.

Al regresar una noche, volví a tener la misma sen­sación de que alguien había entrado. De inmediato comprobé el cenicero, y lo encontré como siempre, limpio donde lo habla dejado la noche anterior. Me tranquili­cé e incluso llegué a sentirme un tanto avergonzado y ridículo. Y esa noche dormí sobresaltado hasta que desperté en medio de una pesadilla: me había enfrentado al espejo, como cada mañana, y descu­bría que me faltaba el rostro, que mi cara era un hue­co, un vacío o una transparencia. Al intentar palparme deseando tocarlo, notaba que mi ros­tro, poco a poco, era el rostro de múltiples hombres que, como yo, se mi­ran al espejo cada día en todas partes del mundo. A la mañana siguiente, tuve dudas antes de enfrentarme a mi rostro reflejado en el espejo empañado, hasta que al hacerlo comprobé que en la pesadilla había un fondo de realidad, pues mi cara no difería apenas a la de otros hombres que, simultáneamente, estarían haciendo 1o mismo que yo en in­numerables puntos de la ciudad y del mundo.

Antes de salir a trabajar tuve que buscar las llaves porque no recordaba dónde las había dejado. Las busqué en la sala, en la bandejita de la mesa de la entrada, luego en el dormitorio, en la mesilla de noche, en los cajones, hasta que por fin las encontré en la biblio­teca, donde había estado leyendo la noche anterior antes de acostarme y soñar la pesadilla. Era raro, por primera vez las había olvidado en un lugar de la casa que frecuento; por otra parte, el único don­de se puede ver cierto desorden provocado, justa­mente, por el uso continuado. Aunque se trata de un desorden aparente, ya que sé de memoria dónde están las cosas y en particular los libros: la biblioteca la manejo con todo conocimiento, y, si se quiere, es mi verdadera intimidad.

La pesadilla volvió al cabo de un tiempo pero con una variante: no era el espejo del cuarto de baño donde al reflejarme veía rostros ajenos, sino uno muy pequeño que tengo en una pared de la biblioteca. De inmediato me levanté y fui hasta allí a mirarme, y no vi otra cosa que mi cara abotargada por el sueño. Estaba a punto de salir de allí cuando tuve la misma sensación que ha­bía tenido cuando encontré el ceni­cero friera de lugar. Una vez más insistía el sobresalto de que había alguien más en la casa, volví a intuir con mayor fuerza otra presen­cia. Un ligero vistazo a la biblioteca me lo confir­mó: un libro fuera de su estante. Y había sido yo quien lo había retirado, llevaba años sin consultarlo.

En la oficina estuve intranquilo durante todo el día, me costaba concentrarme y a menudo me encontraba aislado de mi quehacer y sumido en pensamientos que se me imponían. No só­lo se trataba del cenicero y el libro fuera de sus sitios, se sumaba la pesadilla del espejo y la casi total segu­ridad de que no eran imaginaciones mías, sino que había una presen­cia real ocupando mi casa en mi ausencia. Y esa tarde, al llegar, fui directamente a la biblioteca con la absoluta certeza de que volvería a encontrarme con el mismo libro fuera de su estante, donde yo había vuelto a colocarlo de inmediato. En la mesa auxiliar que hay junto al sillón de lectura, el libro parecía haber sido abierto por las primeras páginas, como si acabaran de leerlo. Volví las hojas una a una buscando huellas de su lectura, pero no hallé más que mis propias notas, mi escritura minúscula y desarrapada en los márgenes. Hice un recuento minucioso de mis amistades y ninguna de ellas tenía copia de las llaves, con lo que descartaba la posibilidad de que alguien me gastase una broma. Motivos como el robo los había excluido hacía tiempo, pues no faltaba nada ni las cerraduras tenían seña­les de haber sido forzadas. No era otra cosa que este li­bro que tendía a abrirse levemente en la página seten­ta y seis. Ya no me sorprendí, al día siguiente, cuando descubrí que se desplegaba ligeramente una docena de páginas más adelante. Además, me sentí íntima­mente halagado conociendo que él compartía mis gustos literarios. Pronto no me fue necesario encontrar libros en des­orden para saber que él había estado en casa. Y a este libro le siguieron otros que también coincidían con mis gustos, lo que despertó aún más mi curiosidad por el huésped furtivo y todo temor o inquietud hacia él desaparecieron. Quería saber quién era, quién se apropiaba de mis libros y de mi casa durante mis ausencias, y busqué la forma de comunicarme con él. En un trozo de papel escribí: "me gustaría conocerle personalmente". Y lo metí entre las páginas del libro que el huésped estaba leyendo. Y esa tarde misma tarde creo recordar que me escapé unos minutos antes de la oficina para llegar a casa lo antes posible, ir corriendo a la biblioteca y abrir el libro, con la esperanza de hallar respuesta. Mi decepción fue enorme cuando no encontré nada entre sus páginas. Desesperé pensando que él podía ha­berme abandonado, intimidado por mi aventurada ac­titud, acaso sintiéndose descubierto y considerando su presencia en mi casa como un delito de allanamiento de morada. Y esa noche, una vez más, la pe­sadilla acudió a mi sueño, y él dejó de venir. Me arrepentí entonces de mi temeridad, porque creí haberlo perdido para siempre y revolví de arriba a abajo las habitaciones y en especial la biblioteca buscando algo que me hiciera creer que seguía viniendo pero se cuidaba muy bien de dejar huellas de su presencia. Las pequeñas sorpresas cotidianas cesaron, ya no volví a encontrar ni libros fuera de los anaqueles, ni páginas que se abrieran por el uso. También dejó de asaltarme la pesadilla del espejo y los rostros furtivos que reemplazaban al mío. Digamos que todo volvió a la normalidad, al orden, a la desencantada rutina.

Había vuelto a acostumbrarme -y no sin dificultad- a la soledad y sosiego habituales de mi casa, hasta una tarde en que no recuerdo por qué razón, volví antes de mi hora. Fue abrir la puerta, poner un pie dentro, y darme cuenta de que él había vuelto. Lo primero que hice fue mirar la mesa donde está el cenicero, esperando encontrarlo fuera de sitio, pero allí seguía el cenicero, donde yo lo había deja­do. Dudé antes de entrar en la biblioteca, pues tuve la corazonada de que lo encontraría allí, leyendo no sé qué libros, interrumpida su lectura por mi inesperada llegada, quizás tanto o más sobresaltado y ansioso que yo. Creí oír una respiración que no era la mía propia, y sin pensarlo más volví sobre mis pasos, abrí la puerta de calle con inesperada firmeza y salí. Temí haber­lo asustado violando su intimidad tanto como él había violado la mía propia, tanto como yo me había asustado de él los primeros días, y deduje que ambos experimentábamos en aquellos momentos vivencias paralelas. Finalmente y luego de haber dado unas vueltas a la manzana, decidí volver a mi casa. El corazón me latía con inusual violencia cuando introduje la llave en la cerradura, y al abrir la puerta, carraspee antes de entrar, como anunciándome y dándole tiempo a que se marchara o, al menos, para que no lo sorprendiera mi regreso, pero supe enseguida que él ya no estaba en la casa, que durante mi breve ausencia se habría marchado

A partir de entonces no dejó ni de venir ni de leer mis libros (que ya no eran tan míos). Yo nunca regresaba antes de lo habitual para no romper esa espe­cie de acuerdo tácito que nos unía y a la vez nos impedía coincidir, en­contrarnos y vernos las caras. Fueron unos cuantos los libros en uso. Al aparente des­orden habitual en aquel cuarto amplio, se agregaba uno más, apenas apreciable: a veces era una acotación al margen de una página, o una página plegada en una esquina como un punto de lectura. Y estas señales, ajenas a mí, a menudo se confundían con las que yo dejaba, y no fal­tó ocasión en la que se mezclaron nuestras lecturas y cada uno de nosotros continuó leyendo lo que el otro había empezado. Al poco tiempo comencé a ausentarme también los sá­bados y domingos, con la expectativa de que él acudiera a casa como lo hacía el los días de diario. Me iba a dar un paseo, a caminar sin rumbo por las calles, me metía en un cine y veía una película a la que no atendía, me sentaba en el banco de un parque y observaba las palomas. No tardé en descubrir que él había comprendido mis intenciones y aceptaba el juego. Pronto nos acostumbramos a esta nueva modali­dad y me llenaba de gratitud y alegría llegar a casa y encontrarme con un nuevo indicio de su presencia.

Un incidente ajeno como la lluvia nos unió para siempre. Como un domingo más, yo había ido a dar un paseo a la hora convenida, cuando me vi forzado (quizás lo deseaba) a regresar ante la ausencia de una marquesina o un paraguas que me cobijara. Y entré con tal precipitación, que no le di tiempo a irse.

Él estaba allí, en alguna de las habitaciones, la más probable era la bi­blioteca, según la costumbre. De inmediato lo supe re­fugiado en el dormitorio, podía percibir su respi­ración contenida y los latidos de su corazón tan sacudido como el mío. No tuve el coraje de entrar, tampoco él de salir a mi encuentro. Mi primer impulso fue coger un paraguas del paragüero, intentando con esto justificar mi presencia, y volver a salir de inmediato a la calle.

Habla de­jado de llover y el cielo estaba ahora despejado y de un azul intenso y luminoso.

Confieso que cuando regresé temía no volver a sen­tirlo cerca de mí jamás. Al día siguiente estaba aturdi­do, quería quedarme a esperarlo para pedirle perdón por haber roto nuestro pacto. Pero pudo más mi cobardía y no me atreví más que a dejar una nota entre las páginas del libro que él estaba leyendo en la que, con palabras llenas de torpeza, me disculpaba. Enseguida me pareció una estupidez y la rompí, y acto seguido redacté otra que también destruí de inmedia­to.

Creo recordar que hubo unos días en que no vino, y si lo hizo, tuvo especial cuidado y no dejó rastros de haber estado. Fueron días sombríos, en los que me vi al borde de la desesperanza, en los que la soledad volvió a rodearme con su muro insalvable, y los sueños (aquellos del espejo) volvieron a asaltarme.

Me vi obligado a tomar una decisión, y entre la añoranza o asumir la nueva soledad, opté por volver a mi vida habitual, a la soledad, al silencio y quietud que antes tanto había estimado. Retomé mis costum­bres y dejé de ausentarme sábados y domingos, volvía a encontrar consuelo en la lectura, como siempre había sido. Y fue entonces, no sé de que manera y por qué razones, que él volvió. Comprendí por fin que él no quería nada concreto ni especial de mí, únicamente pretendía que yo no cambiaria mi vida por la suya, puesto que él tam­poco cambiaría la suya por la mía.



Con el tiempo fuimos habituándonos a los cambios, pro­gresivamente nos amoldamos el uno al otro y las pequeñas cosas fuera de lugar dejaron de ser consideradas como imprevistos o anomalías para convertirse en una rutina más. Ahora no es necesario que me vaya de casa para que él venga a leer como siempre lo hizo, es más todavía, está siempre en casa. No obstante, ambos respetamos en parte aquel antiguo pacto. Si uno de nosotros se halla en determinada habitación, el otro no entra a ella. Nuestros espacios se hallan perfecta­mente delimitados -igual que el espacio que ocupan los objetos- nues­tros recorridos nunca son los mismos ni coinciden jamás. Pe­ro a veces 1o presiento a mi espalda, muy cerca de mí, casi podría decirse que percibo su respiración y la temperatura de su cuerpo. En esos momentos, el deseo de volverme y mirarlo, de verla la cara, de decirle algo, es casi irresistible; pero me con­tengo, me contengo pensando que si viera sus ojos tantas veces imaginados, él podría abandonarme para siempre. 

De "Transgresiones", ediciones Noega, Asturias, 1983 y Alción Editora, Argentina, 1987. Ilustración Norberto Luis Romero para la edición Italiana "Un re capriccioso e indolente",  (eBook) edición y traducción de Marta Graciani, Silvia Pellacani y Valentina Volpi. Dragomanni, Italia, 2014

miércoles, 3 de mayo de 2017

Simetrías (cuento)

Pobres. Tantos años sin traspasar las puertas de es­ta casa; sin ver a nadie más que a mí. Sin conocer ni percibir la existencia de otra vida exterior, del otro lado de los cristales de las ventanas, del extenso jar­dín, de los árboles y la verja de hierro. Cerca de cua­renta años ignorándolo todo; viviendo de esta forma ficticia en esta casa, que es como un mundo de menti­ra, como una casa de juguetes, de muñecas.
No habíamos creído que vivirían mucho tiempo. Incluso los doctores y especialistas que las atendie­ron apenas nacidas, y la propia partera que sabía mu­cho de esas cosas, no les daban más que unos meses de vida. Nos equivocamos todos. Y hasta hubo un tiempo en que creí que serían eternas, me sobrevivirían y me enterra­rían.
Su padre era el único que tenía fe; al fin y al cabo eran sus hijas y las quería con verdadero amor. Qui­zás ese profundo y doloroso amor, tal vez sus ruegos y su llanto, las salvaron de la muerte cuando eran pequeñas y débiles; más indefensas que cualquier otra criatura en el mundo. Hubo momentos en los que me sorprendí pensando si no hubiera sido mejor que Dios se las llevara al nacer, como hizo con la madre, que no tuvo que sufrir la compasión de na­die, que murió inocente, durante el parto y sin ente­rarse de nada. No llegó ni siquiera a verlas y no tuvo que padecer lo que su padre y yo sufrimos.
Y ahora me parece mentira que no estén aquí. No puedo creer que ya no volveré a verlas sentadas en la silla sin respaldo, bordando todo el tiempo y riñendo entre ellas: que si me has deshecho esta guirnalda, que si tu tienes la culpa de que me haya equivocado en los azules, que si me has roto la aguja...
Pero en el fondo se querían y no podrían haber vi­vido separadas. Se necesitaban tanto como me necesi­taron a mí; ¿Quién, sino su tía, las quiso tanto y las cuidó procurando que no les faltase de nada a la muerte de su padre?
Ellas casi no se acordaban de él: apenas tenían tres años cuando lo perdimos. Pobre, fue el corazón. Siempre había estado delicado y desde que ellas na­cieron trabajó demasiado. Qué paciencia tuvo. No se podría pagar ni con todo el oro del mundo lo que luchó por ellas para hacerles la vida más fácil, menos dura. Las horas que pasó en su laboratorio haciendo trucos para el álbum de fotos de familia, para que las pobrecitas no se dieran cuenta de nada. Siempre previendo que algún día que­rrían mirarlo como hacen todos los niños y también los mayores. Pasaba muchísimas horas, durante días, encerrado en la oscuridad, metido entre esos negativos, oliendo y respirando líquidos apestosos, invirtiendo fotos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, revelando y copiando. Cuando bajaba para comer le costaba adaptarse a la luz y andaba un rato tropezán­dose con los muebles.
Siempre me mostraba los trabajos cuando los daba por terminados; ya hechos los retoques en los menores detalles. Yo hubiera preferido no verlas nunca... pero era tan bueno ¿cómo iba a decirle que no me gustaban, que me parecían monstruosas, que no se podían hacer esas cosas con las fotos de los parientes y menos aún con las de su mujer, aunque todo su sacrificio fue­se por el bien de las niñas? Pero lo cierto es que me daba una inmensa tristeza mirarlas, y muchas veces me quedaba como un vacío en el estómago; como una an­gustia.
Cuando terminó de hacer el álbum no volvió a pisar el laboratorio y lo clausuró. No he vuelto a subir allí desde que murió. Y ahí estarán todos aquellos líqui­dos, aparatos y también los negativos. Si no los que­mó; por si acaso.
Hubo ocasiones en que hubiera querido decirle que no me parecía bien lo que hacíamos por las niñas, no sólo por lo del álbum; no se las podía tener enga­ñadas toda la vida. Creo que nunca se lo dije por dos razones: primero, porque no me resignaba a creer que pudieran vivir mucho tiempo -a pesar de que las veía crecer día a día fuertes y saludables-; me aferraba a lo que los médicos habían dicho. Y segundo, porque me apenaba destruirle la ilusión y el cariño con que hacía todo eso.
Me dolió desprenderme de los libros (como cuan­do lo de los espejos), porque eran herencia del abuelo que había si­do naturalista, y sólo quedaron unos pocos. Ni sé la de veces que los revisó hoja por hoja, para que no se nos pasara por alto ningún detalle. Arrancaba, con cuidado para que no se advirtiera, las láminas que no le parecían convenientes para las niñas; y al final sólo quedaron intactos los atlas y los tratados de botánica y entomología. Los libros de his­toria fueron los más mutilados, casi reducidos a la mi­tad de su tamaño; otros, como los de anatomía, los quemó íntegros.
También en un principio fue duro vivir sin espejos. Luego me fui habituando; pero no pude resignarme del todo a no verme de cuerpo entero. Si ya ni recuerdo cómo soy. Siempre mirándome en el peque­ñito, en el de mano que tengo escondido en un cajón de mi cómoda. Pero estoy cansada de verme a trozos, co­mo si yo fuera un rompecabezas. Lo primero que haré cuando se las lleven será comprar espejos, los más grandes que encuentre, y también sembraré flores en el jardín y llenaré con ellas los floreros de toda la casa.
Si hasta me parece estar viéndolas bordar y oyéndolas discutir con sus voces agudas. Quietecitas, sentadas cerca de las ventanas que dan al jardín posterior, con sus canastillos sobre el regazo, repletos de bobinas y carretes de hilos de todos los colores.
Cuando ya no estén tendré que ventilar toda la casa para que se vaya este olor a cera que llena las habita­ciones, sube las escaleras y se esparce por los cuartos clausurados y el laboratorio. Ellas jamás se movieron de la par­te baja de la casa; no sentían apenas curiosidad por nada, y les hubiera resultado dificultoso subir las esca­leras sin ayuda.
Dios -o quien quiera que sea- nos arrebata a los que amamos sin pedirnos opinión ni advertirnos previamente. Ellas se olvidaron, o no quisieron avisar­me que se les estaban acabando los hilos de bordar, y yo tampoco me di cuenta. Ayer estaban tan tranquilas, casi no discutieron en todo el día, y parecían más entusiasmadas que nunca con sus labores, dale que te pego a las agujas todo el día, déjame el hilo rosa, dame las tijeras pe­queñas, las de punta, este color no termina de conven­cerme... Quizás lo hicieron a propósito, cansadas de bordar durante años, desde que fueron pequeñas, cuando me pedían trapitos y hurtaban hilos de mi costure­ro. Cada dos por tres tenía que comprarles hilos, porque me volvían loca, hasta que decidí traerles piezas completas de tela de lino y varias cajas de hilos de todos los colores, para que les dura­ran toda la vida.
¿Y ahora qué voy a hacer con todos esos ajuares? Si está la casa llena de fundas, sábanas, manteles, servilletas, cubrecamas, pañuelos... amores y espe­ranzas.
Nunca querían mostrarme lo que estaban haciendo hasta que no lo consideraban terminado. Entonces pretendían sorprenderme.
-¿Qué estás haciendo, Clara?
-Nada -y lo ocultaba en el regazo-. Estoy ha­ciendo un Amor. Siempre decía los mismo: -Cuando esté terminado te lo enseñaré.
-Yo estoy haciendo una Esperanza -me decía Ro­sa, mientras ocultaba el pa­ño, inclinaba su enorme cabeza y me miraba por en­cima de las gafas minúsculas. Vete -agregaba-, vete que hasta que no hayamos ter­minado y unido las dos mitades no te lo mostraremos.
Siempre los mismos Amores y las mismas Esperan­zas, siempre los mismos bordados simétricos, que realizaban una mitad cada una y luego unían: Queru­bines opuestos, rollizos y sonrosados, con las mejillas hinchadas de soplar. Grecas y guirnaldas donde entre­lazaban tallos, hojas y raíces. Carabelas y galeones. In­sectos de todas clases... Todo lo copiaban de los libros y lo interpretaban a su manera. Niños regordetes con cuerpo de escarabajos y caritas redondas asomadas entre nubes,  soplando vientecillos a las carabelas. Esas plan­tas exóticas de tallos imbricados entre hojas y pám­panos, las cabecitas de los querubines que reventaban co­mo capullos de rosa en los extremos de las enredade­ras. Rostros bordeados o coronados de insectos oscu­ros y plantas que se enredaban en las carabelas haciéndolas encallar en riscos de helechos o arrecifes de grillos y cucarachas. Los hemistiquios florecidos eran bulbos envueltos en corolas carnosas, los galeones parecían construidos con madera verde y se hu­bieran llenado de brotes al botarlos. Cangrejos encarnados apresaban continentes entre sus patas y mira­ban al mundo con ojos de querubines inocentes. Plan­tas carnívoras con las fauces repletas de cabecitas ange­licales que soplaban incesantemente sobre las velas de diminutas ca­rabelas.
Y esa manía de no bordar flores porque les temían. Cada vez que asomaba una al otro lados de una ven­tana soltaban un grito, como quien ve una araña, convencidas de que eran bichos. Y tenía que ir yo inmediatamente a cortar­la, porque armaban un escándalo. Luego, a escondidas, la subía a mi habitación y la ponía en un vaso con  agua.
A partir de ahora adornaré la casa con flores. Ya no se asusta­rán cuando asomen las rosas detrás de los cris­tales... Pobrecitas. Tendré que tirar los bordados, o quemarlos, porque nadie va a querer los, ni de regalo. También podré destruir los álbumes de fotos. Es como si estuviera viéndolas: pasaban las ho­ras mirándolos en los días de lluvia, y se reían de sí mismas, de cuando eran pequeñas. Y no paraban de hacerme preguntas incómodas:
-¿Quiénes son éstos?
-Estos son los abuelos.
-¿Por qué murió mamá?
-Dios se la llevó.
-Porqué papá se casó con una doble, y no con una simple, como tú?
-Sí. Eso es. Si él era simple podría haberse casado contigo y nosotras seriamos simples.
Y reían. Para ellas la gente se dividía en simples y dobles y aventuraban, como una broma, la posibilidad de triples.
-¡Sería un engendro de la naturaleza! -apuntaba Rosa.
-¡Un Monstruo! -apostillaba Clara-, ¿verdad?
Y me miraba interrogante, con los ojos muy abier­tos, por encima de las gafas pequeñitas, que se le in­crustaban en las sienes; con la aguja detenida un ins­tante en el aire.
Por alguna extraña razón, por algún mecanismo oculto en sus cabezas, intuían la existencia de fenómenos en la naturaleza. Me pregunto si eran de verdad inocentes, o si se prestaron al juego durante todos estos años para no destruirnos el mundo que les había­mos creado, o por compasión de sí mismas. Cuando hablaban de estas cosas, procuraba cambiar la conversación, o me acercaba y les pedía que me mos­traran los bordados, para distraerías. Otras veces las dejaba divagar en su juego monstruoso y me iba a mi cuarto, donde me encerraba a llorar.
Pobres sobrinas mías. Entre estos cirios amarillen­tos que arrojan sombra de muerte sobre sus cabezas. Y ni una flor. Si se parecen al Céfiro y al Bóreas de los libros de geografía, o a los vientos cálidos que se asoman­ entre puntillas, como nubes de algodón. Tan creídas estaban de que eran una sola cosa, y tan conven­cidas de que sus rostros debían ser iguales a los de los querubines de los mapas. En su desorden eran tan inocentes, que me atrevería a decir que incluso fueron felices.
Ahora que ya no estarán en casa pondré espejos pa­ra verme de cuerpo entero, como cuando era joven, y osaré ponerme una flor en el pelo.

© norberto luis romero. Del libro "Transgresiones, Noega, 1983 y Alción, 1987.

jueves, 27 de abril de 2017

Club social de velocipedistas (cuento)



Desde su casa al flamante “Club Social de Velocipedistas” no había más de cuatrocientos metros por la calle principal, y el señor García los recorrió con la cabeza bien alta, mirando al frente, llevando a su lado el flamante velocípedo sujeto por el manillar impecable y lustroso, como quien se dirige a misa con el orgullo de llevar de la mano una prole de querubines limpios y trajeados. Pero García era solterón por inercia y en sus planes inmediatos, que lo tenían totalmente absorbido, no figuraban los de matrimonio sino otros más atrevidos y novedosos. Según iba andando, era consciente que detrás de los visillos de cada cocina, una señora seguiría su trayectoria hasta que desapareciera del campo de visión; por el rabillo del ojo notaba los mal disimulados movimientos en los pliegues de las cortinas e incluso alguna que otra cara incrédula velada de repente por blondas, encajes e hiladillos. Sabía que el motivo de tanta curiosidad no era su persona, a pesar de llevar el ajustado y vistoso traje de velocipedista color naranja, de por sí un prodigio de atrevimiento, sino el sorprendente objeto de su devoción, el verdadero protagonista en esa mañana apacible y gris: el velocípedo, casi de su altura, con la rueda delantera de un metro veinte de diámetro, a través de cuyos rayos el paisaje, las casas y las pocas personas que a esa hora se encaminaban a la tahona en busca de la hogaza caliente, se veían como síncopas de un kinetoscopio. También esa mañana estaba el cielo encapotado como en días anteriores, pero ocurría con frecuencia sin que las amenazantes nubes concluyeran en las esperadas lluvias. Había largas temporadas en las que no caía una gota del cielo, razón por la cual no había cubierto con el mantel de hule a cuadros el velocípedo, mientras lo llevaba de una mano hacia el club, convencido que no llovería. Además, no se trataba de sustraerlo a las miradas cubriéndolo con el hule, sino de exhibirlo con orgullo provocando la curiosidad y despertando el interés.

El velocípedo había llegado un par de semanas atrás, concienzudamente embalado en una caja de madera con contrafuertes metálicos, en el tren de mercancías desde la ciudad, donde lo había adquirido por catálogo a la importante y recientemente instalada firma Michaux, que un año antes acababa de presentar su invento en la Exposición Internacional de Paris; y como vivía de rentas, no tenía ni obligaciones familiares ni las cargas económicas que éstas conllevan, dedicaba su mucho tiempo libre a ilustrarse de avances científicos y técnicos mediante suscripciones a revistas y folletos provenientes de Europa y los Estados Unidos. No había costado una minucia, ni mucho menos, pero para un hombre cono él, de por sí austero y sin vicios, no hubo de sacrificar su renta ni verse endeudado, sólo emplear la suma que había destinado para tal fin, cifra que no tardaría en recuperar si se cumplían sus planes tanto comerciales cono altruistas. Completó el dispendio adquiriendo un viejo y amplio granero situado en el extremo del pueblo, que una vez limpio, acondicionado y provisto de los enseres básicos, colgó en la fachada, encima del portalón de roble, el cartel “Club Social de Velocipedistas”, del cual él era su presidente y socio número uno, y así lo acreditaba el carnet que él mismo se había expedido la noche anterior, en un íntimo y sencillo acto no exento de solemnidad, ante el espejo del armario de su casa. En cuanto a la inauguración oficial, sería una vez que hubiera aprendiera a conducir el velocípedo y tras una sencilla pero convincente exhibición.

No había otro en leguas a la redonda, pero confiaba que en breve, cuando la gente se percatara de las ventajas y el encanto del revolucionario medio de locomoción, no vacilaría en adquirir no uno, sino dos o más, según fuera el número de miembros adultos de las familias. Contaba, por ejemplo, que su vecino el señor Bustos no dudaría en comprar por lo menos cuatro, pues además de tener una esposa muy andariega, espigada y joven, había criado dos hijos ya mayorcitos tan espabilados y briosos como sus progenitores. Su propio hermano, sin ir más lejos, en todo momento había sido un hombre inclinado a informarse y admirar todo tipo de avance científico y técnico, al punto de haber sometido a sus dos hijas a sendas aplicaciones de electricidad para erradicarles ciertas controvertidas dolencias, si bien, imprevistamente, los resultados fueron adversos y hubo que internarlas en un hospital mental del que hasta la fecha no han salido. Pero con el velocípedo no existían riesgos más allá de un que otro porrazo sin mayores consecuencias.

Y su sueño, al que todo hombre tiene derecho, era llevar adelante esta asociación  o club hasta convertirlo en el atractivo más importante de la región, para lo cual, en principio, fijaría una cuota mensual discreta, que según fuera incrementándose el número de afiliados, recaudaría discretos ingresos, ingresos revertirían en la asociación para ampliar instalaciones y servicios a los socios y sus respectivas familias. Estaba convencido el señor García que su generosa idea atraería el turismo al pueblo y en consecuencia un inminente progreso, y tal vez otros pueblos seguirían su ejemplo. No dudaba, asimismo, que la historia se encargaría de colocar en merecido lugar su talento creativo, su brillantez y encono y, casi con toda probabilidad las autoridades propondrían en un futuro no muy lejano una plaza con su nombre o incluso una avenida, porque si bien no la había en el pueblo, estaba seguro de que habrían de construirla a consecuencia de la inminente proliferación de velocípedos, en cuanto abriera las puertas del club y pronunciara ante el vecindario el discurso inaugural que llevaba semanas preparando y ensayando concienzudamente, ante el mismo espejo de armario que le vio convertirse en presidente. Pero en lo más recóndito de su corazón anidaba un deseo que lo hacía ruborizarse: verse plasmado en bronce, en lo alto del velocípedo, como están representados los héroes a caballo.

No había contado el señor García con el detalle de que jamás había conducido, ni siquiera intentado montar un velocípedo, pero estaba convencido que siguiendo las instrucciones del catálogo al pie de la letra, en un par de días se convertiría en un depurado velocipedista. Para iniciar sus prácticas tenía escogido un espacio amplio y llano del valle, un campo desarbolado y extenso, con un único inconveniente que, tampoco le pareció demasiado importante: sólo tendría que evitar acercarse al despeñadero que llamaban “Barranca de las ánimas”, cuyo luctuoso nombre provenía de la leyenda que hablaba de espectros que habitaban el pequeño pero oscuro lago de la sima, tan oscuro y denso que era más una ciénaga -a la que por misericordia llamaban lago-, víctimas, decían, todos ellos de accidentes fortuitos, bien de caza, bien de paseantes o enamorados distraídos que se arriesgaban en sus orillas, o muy antiguos muertos en dudosas guerras olvidadas, decían que paseaban por la orilla sus esqueletos amarillos y agitaban sus largas cabelleras. Lo único que tendría que hacer sería mantenerse alejado del barranco durante su aprendizaje y prácticas. Tampoco había contado, a pesar de ser hombre meticuloso, ordenado y previsor, con su propio cuerpo: el señor García era obeso, muy obeso. Y el velocípedo, según lo explicaba el manual, requería destreza en la consecución del equilibrio, fundamental para mantener la verticalidad y entonces, y sólo entonces, desplazarse sobre sus disímiles ruedas. No dudaba que la sensación sería la de volar, que andar en velocípedo produciría idéntico estremecimiento al del vuelo de una gaviota, aunque él jamás había visto una, pero así lo sugería el catálogo.

Una vez llegado al cobertizo, dejó el velocípedo amorosamente apoyado en la fachada, a modo de reclamo, abrió de par en par las puertas, sacó una de las sillas a la espaciosa acera y se sentó a esperar la llegada de los primeros interesados por el medio de locomoción que a partir de ese momento él en exclusiva representaba en toda  la comarca. El público, deslumbrado por la novedad y convencido de las ventajas de los velocípedos no dudarían en adquirirlos y consecuentemente en asociarse al Club. Su rostro, enrojecido por la caminata y el fragor de sus planes, se veía fresco como una manzana, y bajo su bigote rubio arqueado hacia el cielo, se dibujaba una amplia sonrisa de satisfacción. Cada tanto echaba una mirada a su velocípedo, una mirada celosa y embobada, comprobando que seguía allí, esplendoroso como una joya, ansiando emprender una veloz carrera.

El señor García consideró que era el día más feliz de su vida, convencido del éxito de su empresa, y de haber comenzado su definitiva realización como hombre. Suspiró pensando que estaba sentado ante su “Club”, cuyo nombre, con sólo evocarlo, lo llenaba de satisfacción. ¡Ah, si mi padre me viera en este momento –pensaba- se sentiría el hombre más feliz de la tierra! Diría: éste es mi hijo, sí señores, el orgullo de la familia, un hombre que supo ver el futuro.

Entró en al cobertizo y escribió con grandes letras en la pizarra el día señalado para la inauguración –se había concedido una semana para aprender a conducir- , sacó la pizarra a la calle y la puso de pie junto al velocípedo.

Al cabo de las horas nadie se había acercado por allí y sus pensamientos comenzaron a ensombrecerse. ¿Y si a nadie le interesaran los velocípedos? ¿Y si ni siquiera supieran de su existencia? No había reparado en este aspecto, no lo había incluido en sus planes, no había contado con la estrategia de la propaganda, tan eficaz y necesaria para llevar a buen término todo negocio. Salvo el puñado de vecinas que lo habían visto pasar desde sus ventanas, nadie conocía la existencia ni del velocípedo ni del Club Social que acababa de fundar. Y a decir verdad, tampoco había tenido en cuenta que en el pueblo existía un Casino desde antaño y en el que seguramente a esas horas estarían los vecinos reunidos en la kermese, pues era la época y la gente asistía por costumbre a estos insulsos entretenimientos en lugar de aventurarse con las novedosas invenciones… allá ellos.

Imprevistamente, el cielo encapotado, habitualmente inofensivo, comenzó a deshacerse en una fina llovizna. Se agradecía, pero allí estaba su velocípedo, recostado en la fachada y el alero del cobertizo era escaso. Rápidamente dejo la silla y se apresuró en salvaguardarlo de la llovizna, que empezaba a arreciar volviéndose intensa lluvia. Lo puso bajo techo justo a tiempo, pues al fragor de un trueno se desencadenó un aguacero como hacía años no se veía. Ahora estaba seguro de que nadie acudiría a su flamante club, por lo menos hasta que no amainara la tormenta, y reflexionó que no andaba desencaminado si atribuía a su falta de perspicacia la ausencia de curiosos o interesados: ellos sí habían percibido en el aire de la mañana el aguacero, mientras que él, con el entusiasmo, no lo había hecho. Tardó en escampar y se hizo noche. El señor García encendió las lámparas de queroseno que tenía compradas, pues hasta el Club no llegaba la luz eléctrica, y se sentó nuevamente a admirar su velocípedo, que a los destellos de las lámparas duplicaba su belleza y se volvía un exotismo. La contemplación de este milagro despejó las dudas, le devolvió el optimismo y le despertó el apetito, cuando se percató de que no había probado bocado en todo el día. Dejó el velocípedo en el cobertizo, cuya puerta tuvo especial cuidado en cerrar bajo llave y regresó a su casa.

A la mañana siguiente, no quedaba apena rastro de la tormenta salvo charcos que se esparcían aquí y allá a lo largo del camino y de los cuales emanaba un sopor casi agradable por efecto de los cálidos rayos de sol. Como era domingo no abriría las puertas del club más que para recoger el velocípedo y el manual de uso. Aprovecharía el día festivo para comenzar su entrenamiento. Llevando el velocípedo bien sujeto a su lado y esquivando los charcos cada vez más ralos, se dirigió a la planicie escogida para las prácticas. Dejó el velocípedo recostado en el tronco del único árbol que por allí se alzaba e hizo una decena de ejercicios de estiramientos de piernas y flexiones de cintura, siempre siguiendo las recomendaciones del manual. Una vez concluidos, ligeramente agitado y sudoroso, mantuvo firmemente el velocípedo sujeto por el manillar, apoyó un pié en el pedal e impulsó la pierna opuesta y el cuerpo por encima de la maquinaria. Pero no llegó siquiera la altura del sillín de cuero, perdió el equilibrio y cayó rotundamente al suelo arrastrando el invento. El señor García no era hombre de dejarse amilanar: a pesar de hallarse manchado de barro, volvió a intentarlo, una, dos, tres, muchas, muchísimas veces. En silencio, sudoroso y embarrado como un marrano, dejó el velocípedo nuevamente apoyado en el árbol y resopló varias veces antes de sumirse en la meditación que lo llevaría a descubrir las razones de su impedimento.

Estoy demasiado gordo, se dijo, y sobre este asunto no habla nada el manual de uso, ni siquiera lo alerta la publicidad en las revistas, ni en los folletos. Dos lágrimas de impotencia o de rabia se descolgaron de sus ojos, mientras sentía similar desamparo al de un chiquillo perdido entre la muchedumbre de una feria de atracciones.  Buscó en rededor con la mirada hasta hallar una piedra roma en la que se sentó para recuperar las fuerzas y el humor perdidos. Volvió a consultar el manual siguiendo paso a paso las instrucciones como en un via crucis y preguntándose en qué se había equivocado. ¿Cómo iba a convencer a los posibles clientes de las excelencias del velocípedo si él no podía conducirlo? ¿Cómo reuniría socios para el club si no les ofrecía una exhibición de muestra? Afortunadamente, solo en aquel páramo, no había testigos de su fracaso. No tenía otro camino que volver a intentarlo, perseverar día tras día hasta lograr dominar el velocípedo.

Cada mañana, cuando el sol aparecía prometiendo mayores calores a medida que entraba el verano, el señor García llegaba a la pradera con su velocípedo virgen, llevaba a cabo el elaborado ritual de estiramiento y calentamiento musculares, dejaba el manual abierto sobre la piedra en la que descansaba, consultaba meticulosamente sus páginas y se entregaba a la dura tarea, cuidando en todo momento mantener una distancia prudencial con la “Barranca de las ánimas”. Era tal su concentración, su empeño, que no se percató el día que un grupo de niños se apostó en la colina vecina desde donde seguía muy interesado sus ejercicios y prácticas, hasta que el interés se convirtió en diversión y de ésta los niños pasaron abiertamente a la burla cada vez que su obesa anatomía acababa en el suelo junto al velocípedo o encima de éste. Su reacción fue obviarlos, hacer como que no existían, pero cuando a los niños se sumaron un par de adultos, y cuando al día siguiente, estaba allí en lo alto de la colina medio pueblo matándose a carcajadas y dándole aliento medio en serio medio en burla, se sintió harto herido en su amor propio y tan humillado, que a punto estuvo de romper a llorar. Pero lejos de perder fuerza y entusiasmo, acaso para demostrarles su endereza aunque en ello se le fuera la vida, siguió intentándolo un día y otro, cayendo, volviéndose a embarrar, magullado, dolorido, reprimiendo lágrimas de furia. Por fin, una tarde, cuando ya los vecinos hartos de verlo fracasar, aburridos del repetido espectáculo prefirieron quedarse en casa, ocurrió el milagro: se sintió elevado por los cielos cuando pasó una pierna por encima del cuadrante de hierro y su enorme trasero cayó blandamente en el sillín de cuero haciendo vibrar el velocípedo, que titubeó un momento a punto de perder una vez más el equilibrio, la ansiada verticalidad, y sus rechonchos pies se afirmaron en los pedales del eje de la gran rueda delantera. El mundo parecía estremecerse a su alrededor, pero allí estaba él, sí, montado en el velocípedo, que era como cabalgar una nube en el cielo. Sin pensarlo, puso en marcha el paso siguiente, que tal como indicaba el dibujo número 4, consistía en presionar los pedales suave y rítmicamente, y mantener con firmeza el manillar. Sí, dios había obrado el milagro y rodaba, un poco en zigzag, como un niño titubeante, pero avanzaba sin perder el equilibrio. Así anduvo varios metros, con la confianza y fe recuperadas, cualquier temor a un nuevo fracaso se disipó y el entusiasmo dio paso a la fe ciega, soltó un grito de alegría, cerró los ojos y arreció el impulso a los pedales ganando firmeza y afianzando la estabilidad según conquistaba mayor velocidad. Ahora sí experimentaba exactamente qué sentía una gaviota al sobrevolar la superficie del mar: el aire en la cara, la conmovedora sensación de flotar a un metro de la dura tierra. Profirió otro grito de júbilo y abrió los ojos para mirar al suelo y verlo desaparecer detrás de sí doblegado, y a continuación, en un acto de arrojo, volvió la cabeza esperando encontrar sobre la colina a su espalda a los maliciosos vecinos y poder reírse de ellos. Pero descubrió la colina vacía y al volver a mirar al frente se encontró de sopetón con la “Barranca de las ánimas”. Cuando intentó frenar, como indicaba el paso número 7 del manual de instrucciones, era tal la velocidad que llevaba que se precipitó sin tiempo a emitir una queja, rodó en el fango unos metros y se quedó clavado al fondo. Al cabo de unos segundos que se le hicieron eternos, García sintió cómo el velocípedo, que sin perder el equilibrio, se hundía hasta dejarlo sepultado hasta la mitad del pecho. Desconcertado, su mente sólo pudo reaccionar repitiendo como si fuese un bálsamo el discurso inaugural memorizado:

“Damas y caballeros, admiradores y amantes del velocípedo…”.

A duras penas pudo bajar del sillín, dejar la ciénaga cuyo fondo era una ventosa empeñada en retenerlo en sus entrañas, impulsarse hasta la orilla y, arañando la roca, trepar la pendiente y ponerse a salvo. Pero el velocípedo quedó engullido, agarrado al fondo de la ciénaga, medio metro por debajo de la superficie espesa y hedionda, que satisfecha del festín, eructaba burbujas. Una vez fuera, andando como un autómata a medida que el fango iba endureciéndose y forjándole una coraza, llegó a su casa con la buena fortuna de no haberse cruzado con nadie en el camino, porque se había hecho la hora de la cena.

García se dejó ver poco y guardó silencio sobre lo acontecido, tampoco nadie le preguntó los motivos de su melancolía, ni por las numerosas magulladuras que todavía adornaban su frente y sus mejillas, ni por el destino del velocípedo, ni por el del club, al que rara vez habían asomado la cabeza para curiosear con gesto entre incrédulo y conmiserativo. Y se volvió un hombre triste y apocado al que era habitual verlo merodeando por el cobertizo donde al cabo de unos meses un vecino puso un criadero de puercos, si bien mantuvo el cartel en el que aún se leía: “Club Social de Velocipedistas”, pues el dueño de los cerdos ni siquiera se molestó en quitarlo cuando adquirió el cobertizo de manos del señor García por precio de ganga, en el que se incluían doce sillas de tijera, dos mesas, un armario para libros y carpetas, una caja con varias docenas de carnets en blanco, y una hermosa pizarra en las que quedaban escritos vestigios del fracaso.

Al cabo de los años, cuando pocos recordaban aquel velocípedo, el verano se declaró especialmente seco y con el calor excesivo la ciénaga de la “Barranca de las ánimas” fue mermando sus aguas grabando testimonio de su encogimiento en círculos concéntricos de barro, hasta que el fondo se convirtió en un viejo y gran plato de porcelana cuarteada. Los vecinos, poco a poco, fueron acercándose a la ciénaga e internándose sobre la superficie quebradiza para observar de cerca, entre curiosos y compasivos, una osamenta oxidada con una cabellera de líquenes marchitos. Fue como acreditar un espectro de los que hablaba la leyenda, y sólo una persona no acudió a verlo.
Ilustración: OHNE TITEL,Gustav Sievers, 1941, Sammlung Prinzhorn Heidelberg