martes, 19 de septiembre de 2017

EN RECUERDO DE ALICIA


Mientras preparo la cena mi hermano Adrián está arriba, como siempre, recluido en la alcoba principal. Acodado a la ventana, abstraído, con la urna cineraria a su lado y la mirada puesta en el paisaje, tal vez rememora -como quien bebe a sorbos un veneno dulce ineludible- el único verano de amor junto a Alicia. Hace calor, un calor exagerado e inusual en estas fechas, y el sol ardiente lo vincula a esa felicidad perdida, lo hace víctima de la melancolía que hoy lo ensombrece y convierte en un ser esquivo y apático, casi en un desconocido. Hago lo posible por rescatarlo de la ciénaga de recuerdos donde se cree a salvo, y le sugiero que salga al jardín o dé un paseo por el sendero de los eucaliptos que rodean la casa, pero se niega. Le hablo de volver a compartir nuestro antiguo dormitorio, mi compañía y mi ternura. Pero no se decide del todo, gruñe, evita mirarme a los ojos y evoca a su mujer; si bien con menor firmeza que en sus primeros días de viudedad, y por momentos su voluntad flaquea ante mi oferta de rescatar el amor fraternal, que tanto nos mantuvo unidos y que, en el fondo de su corazón, anhela y necesita para sobrevivir en un mundo lleno de frialdad e hipocresía.
No puedo poner el extractor por culpa de la maldita electricidad, que en este pueblo siempre se corta, a veces, como hoy, por un día entero. Confío en que el olor penetrante de la carne asándose en la sartén y el aroma dulce de la salsa de níscalos le despeje los sentidos, cambie el rumbo tortuoso de sus pensamientos y lo incite a bajar.

Ayer empecé a poner los muebles en su sitio. Si no advierte el cambio o no le da importancia será un buen síntoma: señal de un paulatino regreso a la realidad, del abandono del fantasma de Alicia a los rincones sombríos de su memoria, y la recuperación de nuestra vida diaria tal y como era antes de que ella llegara.
Este calor exagerado lo pudre todo. Arrecia a medida que transcurre la mañana y me obliga a enjugarme el sudor de la cara con el trapo de cocina que huele a agrio. Lleno una cacerola con agua, enciendo el gas y pongo a cocer guisantes y zanahorias para la guarnición. También coceré, aparte, unas verduras para mí. No sé que haré si la luz no vuelve pronto; me preocupa.
Cuando Adrián, treinta y cinco minutos menor que yo, contrajo matrimonio después del breve y alocado noviazgo -una relación que nuestra madre jamás hubiera comprendido ni aceptado-, naturalmente, no pensé en irme. Un día antes de la boda, mi hermano me dijo con cierto aire de arrogancia no habitual en él:
Es nuestra casa, tan tuya como mía, y Alicia será feliz viviendo con nosotros. Palabras que tendrían que haber salido de mi boca, no de la suya: Encantado de que Alicia viva con nosotros..., debí haberle dicho. Pero él se me anticipó y habló por ella -alguien muy parecido a una intrusa-, quien descaradamente me concedía la gracia de seguir viviendo bajo mi propio techo. Alicia no era mala persona, aunque sí bastante posesiva y algo caprichosa.
A veces pienso que Adrián se casó únicamente para usar la alcoba que fue de nuestros padres y prolongar la costumbre y el rito del amor fecundo, pero en el fondo no existió un verdadero deseo, sino una suerte de irreflexivo instinto animal de procreación.

Y ese mismo instinto lo llevaría a masturbarse en las cenizas. La compasión y el cariño me impiden confesarle la verdad: esas cenizas pardas que tanto veneras no son los restos de Alicia; las recogí de la chimenea del salón, por desidia amontonadas allí desde el invierno. Su semilla, vertida sobre el puñado estéril de restos vegetales calcinados, es infecunda.
La carne va adquiriendo un tono dorado, la sangre escapa de sus fibras, se ennegrece al contacto con el hierro caliente y exhala un perfume denso, embriagador para Adrián, quien no tardará en bajar.
Me pregunto cuánto tiempo le llevará superar la muerte de su mujer, demasiado reciente para hacer conjeturas, y deduzco que no le será fácil. Ni a él olvidarla, ni a mí recuperarlo. Supe cuánto la amaba y la intensidad con la que sigue enamorado, la noche en que lo sorprendí en la penumbra de la alcoba, de pie junto a la ventana abierta. No se avergonzó, ni siquiera intentó cubrir su desnudez, ni detuvo el fragoroso movimiento de su mano, que acabó provocando un chorro abundante que fue a estrellarse en las cenizas, plateadas en ese momento por la luz de la luna. Mientras me miraba con los ojos arrasados en lágrimas, con un murmullo se justificó:
La amo con toda mi alma.
Murió de repente, cuando llevaban apenas dos meses de matrimonio y el amor no se había consumido en su propio frenesí. Adrián despertó una mañana y la descubrió a su lado desnuda como de costumbre, pero rígida, fría y con la piel ligeramente azulada. Me llamó a gritos, desesperado y negándose a aceptar lo ocurrido. Mientras él se compadecía hecho una especie de estropajo ovillado en un rincón en el suelo, tuve mis dificultades en devolverle una postura natural a ese cuerpo que se empeñaba en plegarse sobre sí mismo como un feto. No hubo enfermedad: simplemente el reloj  de su vida fue programado para detenerse antes de tiempo, agotar la cuerda en plena juventud. Adrián se hundió en esta depresión que todavía hoy, a pesar de estar bastante recuperado, le cuesta superar.

Naturalmente, me  ocupé de todo, porque él no tuvo valor suficiente para asistir al velatorio, improvisado por mí en el salón. Desde entonces, él ni ha probado bocado ni salido de la cama hasta hace poco.
Mamá siempre nos dijo que el último de los gemelos en nacer es el más débil porque el primero le arrebata las energías y la sangre de la madre. Siempre me he sentido culpable por esto, nunca he podido superarlo del todo y busco la forma de compensar a mi hermano de mi injusto egoísmo. Por eso me meto en su cama, lo estrecho en mis brazos y tengo la extraña pero agradable sensación de volver a amar al niño indefenso y apocado, cuya felicidad dependía de mis caricias y palabras de consuelo.
Lo oigo arriba dando vueltas en la alcoba, seguramente cavilando, perdido en oscuros pensamientos, absorto ante ese puñado de cenizas e indiferente a mi cariño, desvelo y  sacrificio.
Destapo la sartén y el vaho escapa: un olor penetrante a brandy y cebollas  encubre ese ligero tufo a podrido que despide la carne. No tardará en ascender a las habitaciones superiores y llegar hasta él. ¿Qué estás cocinando?, me preguntará entusiasmado. Y durante la comida su mente dejará de divagar.
No dejo de pensar qué haré con toda esa carne a punto de descomponerse si no vuelve la luz. Fue ayer cuando se cortó. De inmediato dejé lo que estaba haciendo -poner en su sitio el aparador de la cocina que Alicia había cambiado de lugar- y bajé al sótano a comprobar el congelador: la carne todavía estaba intacta; pero hoy, al levantarme y ver que continuábamos a oscuras, descubrí lo que me temía: no había rastros de hielo y la carne reblandecida flotaba en un charco rosado de sangre aguachenta.

Cuando regresaron de la luna de miel ella palpó la atmósfera de la casa con timidez y extrañeza, luego se fue familiarizando con un territorio que le era ajeno y asimiló como propio cada cuarto, cada rincón, mueble y objeto, con una mirada cautivadora o condenatoria. No tardó en introducir cambios innecesarios: se deshizo de algunas cosas que juzgó inútiles y gastó dinero en otras verdaderamente vanas y de mal gusto, cambió de sitio el aparador de la cocina y otros muebles, trasladó el contenido de unos armarios a otros y mandó pintar de colores chillones las paredes del salón y la alcoba principal donde decidieron instalarse. Como es natural, le sugerí, poniendo mucho tacto, que mi habitación era sagrada, indirecta que comprendió al vuelo con una sonrisa maternal y falsa, pero que no respetó cada vez que debí ausentarme.
La noche en que Adrián pretendió fecundar las cenizas de su mujer, desde el vano y con una mano todavía en el picaporte, sin manifestar la más ligera señal de asombro o censura ante su desnudez impúdica, que tan bien conozco, le pregunté: ¿Quieres cenar? Después de enjugarse las lágrimas, limpiarse el miembro decaído y amoratado con un pañuelo y tapar la urna con una ternura conmovedora, me contestó débilmente que sí, que tenía hambre. Fue una buena señal: Adrián y yo siempre fuimos de buen apetito; mamá se ocupó de alimentarnos bien y fuimos la envidia  de las demás madres, aunque a nuestras espaldas nos llamaran “gordinflones”, por no reconocer que sus hijos eran unos enclenques.
Me extraña que no baje. No sé qué estará haciendo, pero temo que vuelva a hacer ese asunto con las cenizas. Y sería regresivo y no un síntoma de recuperación.
Adrián, baja, la comida estará lista.
No me responde.

Él y Alicia siempre tuvieron hambre después de hacer el amor, al acabar esa batalla de jadeos y gritos donde parecía que ambos morirían en el fragor de su propio júbilo. Yo me preguntaba si tanto aspaviento era necesario, cuando el amor es algo íntimo y sencillo, donde sólo el silencio es cómplice de la mirada y la sonrisa a flor de labios. Ella bajaba a la cocina con ese gesto de felicidad característico de un cuerpo satisfecho, envuelta en una negligé blanca, veladas sus carnes abundantes y rosadas, y se ponía encima el delantal a rayas azules, que fue de nuestra pobre madre, para improvisar un tentempié con lo que hallara a mano. Ella también era de buen diente: nada más casarse engordó unos cuantos kilos.
Aquella noche, a la luz de la luna, después de haberse masturbado, Adrián tapó la urna, la besó y la puso encima de la cómoda junto a una foto de mamá. Se metió en el cuarto de baño y abrió la ducha. A través del rumor del agua le oí preguntarme:
¿Y tú, qué vas a comer?
Una ensalada.
Me sentí feliz.
Imaginé su cuerpo, difuminado por el velo de vapor, disfrutando del agua caliente y recordé, con dolorosa ternura, las veces que nos habíamos enjabonado el uno al otro, entre risas y bromas.
Por fin vuelve a ser él, pensé mientras bajaba las escaleras.
Fue entonces cuando corrí al sótano, donde mamá hace muchos años mandó instalar el congelador porque en la cocina no había sitio, y lo abrí: un vapor similar al de la ducha, pero helado, arropaba las piezas de carne amontonadas. Cuando se disipó el vaho, elegí un buen trozo de cadera deshuesado y sin rastros de grasa. Siempre cociné yo, desde que murió mamá y hasta que llegó Alicia y se apropió también de la cocina, donde se erigió en reina coronada de tenedores y cuchillos, y marcó su territorio con productos de limpieza, paños de algodón y manteles de plástico. Tú aquí no pintas nada, me había señalado en tono de broma, convencida de que me hacía un favor, pero no me gustó que me desplazara de mis funciones habituales, aunque preferí no contrariarla, ni hacer comentarios, callar y tragar.

En el mismo momento en que me ocupaba de descongelar la carne en el microondas, Adrián se decidió por fin a bajar. La ducha caliente le había hecho recuperar las energías y el optimismo.
Huele muy bien, dijo, nada más entrar en la cocina.
Bajaba abrazando la urna.
¿Qué haces con eso?
Me hará compañía.
Se sentó a la mesa, dejó la urna a un lado y se puso a observarme cocinar. Sintió particular curiosidad por las especias, y cada vez que yo usaba una quiso saber el nombre.
Cilantro.
¿Y ésa otra?
Estragón.
Confié en que el olor de las especias, de la carne rehogada en mantequilla y los vapores del vino blanco, le abrieran el apetito. Así ocurrió: era lo mejor para hacerle ganar peso y volviera a recuperar su cariño por mí.
Le puse delante el plato con la carne jugosa. A un lado una montaña de puré de patatas blanco como nieve. Se le fueron los ojos, le brillaron como a un niño ante un pastel de manzanas.
¿Podrías quitar las cenizas de la mesa?, le propuse con delicadeza.
¿Quieres un trozo?, me ofreció. Es mucho para mí solo.
Come, le ordené suavemente.
Pero él insistió en que la probara.
Me siento hinchado. Eres tú quien debe recuperarse, comer y descansar bien.
Pareces mamá, murmuró.

Y aunque dejó el plato a medias, me sentí satisfecho porque mi cariño daba sus frutos.
Es verdad, si no fuera por mí, por mis continuos desvelos, se hubiera dejado morir allí arriba, en el tálamo que fue de nuestros bisabuelos, consumido por la melancolía, la falta de alimento, el dolor. Mamá hubiera hecho lo mismo por él, porque también su cariño era puro como el mío...
Nunca le dije a Adrián que Alicia entraba en mi cuarto; no quise abrumarlo ni darle un disgusto. Ella esperaba a que yo dejara la casa para meterse y curiosear en todos lados, y aunque procuraba volver a dejarlo todo tal como lo había encontrado, siempre fallaba en algo. O a lo mejor no, pero yo igual me daba cuenta: un sexto sentido me indicaba que había entrado, que había estado ahí aunque no abriera armarios, ni cajones, ni tocara nada y se limitase a fisgonear a su alrededor con una mirada cargada de codicia.

Si de algo sirvió su muerte -además de para que Adrián la idealizara-, fue para volver a estar unidos más que nunca; no por la pérdida y el dolor, sino por el cariño que siempre nos tuvimos el uno al otro, y que con la llegada de Alicia a su vida aquel verano, se precipitó al pozo de la rutina, la indiferencia y el tedio. Algo similar, pero más profundo e insalvable, le hubiera sucedido con ella, porque, al fin y al cabo, su amor estaba fundamentado en una pasión condenada a extinguirse, a marchitarse hasta convertirse en una flor seca, en la flor agria de la convivencia y la tolerancia. En cambio, nuestro cariño está ligado con lazos más sólidos: una infancia feliz, sin roturas ni ausencias. Nuestra madre siempre se enorgulleció de nuestro cariño diciéndole a sus amistades que no había hermanos que se quisieran tanto como nosotros. Mamá siempre tuvo razón en todo, fue una mujer inteligente que supo inculcarnos lealtad y amor. Una lealtad y un amor que Adrián pareció olvidar cuando conoció a Alicia, cuando cayó en sus redes sutilmente arrojadas al aire, y aquel nuestro viejo cómplice -el silencio donde no existían pactos, ni miradas tácitas, sino sencillamente elocuencia-, se fue desvaneciendo como por encanto.
Ahora oigo sus pasos arriba; va de un lado a otro.
¿Bajas?, le grito.
 Voy.
Por primera vez no trae la urna.
Me pregunta extrañado: ¿Por qué has cambiado de lugar el aparador?
Está donde siempre, le respondo, sin mirarlo, sin dejar de darle vueltas al sofrito de cebolla con níscalos.
Huele bien, murmura a mis espaldas. Se acerca, mete la nariz en la sartén.  Siempre fue un tragón, yo también, pero no tanto como él. Cuando Adrián se casó descubrí que era tan insaciable en el sexo como con la comida.
¿No hay luz?
No.

Abre el cajón de los cubiertos, luego coge las servilletas y los vasos y va poniendo la mesa. Hoy parece tener más iniciativa. No vuelve a mencionar lo del aparador, pero no deja de mirarlo con suspicacia. Uno de estos días le diré que voy a pintar el salón y la alcoba como estaban antes. No creo que se oponga. Adrián no tiene ni mi fuerza de voluntad ni mi carácter: se parece más a nuestro padre: un hombre débil, indeciso, que siempre dependió de mamá. De manera que no lo culpo por haber perdido el norte por Alicia; si hay un culpable, ése soy yo, porque, convencido de que no duraría mucho su fascinación, ni tardaría en volver a su cauce y a los verdaderos afectos, no hice nada por arrancarlo de sus brazos, ni nada por que recuperase el sentido común. Tal vez actué respaldado por el convencimiento de que su miopía sería pasajera, efímera como toda fascinación que, tarde o temprano, acaba dejando en evidencia su verdadera y voluble naturaleza de capricho. Pero ella, muy hábil, supo retenerlo manteniendo encendido el fuego de lo que ambos confundieron con amor y, con estudiada sutileza, fue apartándolo gradualmente de mi lado, elevando muros entre nosotros y arrojando al viento la semilla del desamor y el olvido.
La carne está en su punto: sangrante, como a él le gusta. La salsa de níscalos tiene el tono dorado justo. La guarnición reluce en el naranja de las zanahorias y el verde claro de los guisantes. Es una obra de arte donde Adrián se abisma con sólo olerla. Aspira profundamente, con los ojos cerrados y emite un suspiro de aprobación. Su actitud de glotonería me llena de felicidad, aunque procuro no demostrásela, y lleno mi plato con las verduras que cocí para mí.
 Devora la carne, sólo deja un bocado. Come hasta el último guisante de la guarnición y rebaña del plato.
Únicamente me queda convencerlo de que abandone definitivamente el dormitorio principal y vuelva a compartir el que siempre fue nuestro.
¿Quieres postre?
¿Qué has preparado?
Tarta de fresas, como la que hacía mamá.
Por vez primera levanta la vista del plato, me clava los ojos con evidente recelo y me reprocha: Nunca le enseñaste a Alicia a hacerla.
Nunca tuve ocasión, ella estaba demasiado ocupada con las tareas de la casa. Y estoy a punto de agregar que también estaba demasiado ocupada en otras cosas, pero sé callarme, y miro de soslayo la bandeja con la tarta encima del aparador.

La tarta de fresas es complicada de hacer, Alicia jamás hubiera podido sacarla en su punto, aunque Adrián la habría juzgado la mejor del mundo, porque estaba ciego por ella, y todo le parecía perfecto. Cuando el amor se equivoca convierte al ser querido en un apretado haz de virtudes débilmente sujeto, y basta un detalle fuera de lugar para quebrar el hilo y hacer que cada rama se desperdigue, se pierda y se pudra; pero el tiempo obró a favor de Adrián, mejor dicho, a favor de Alicia, y no dejó que la pátina de la lujuria se desgastase del todo hasta mostrar las fisuras.
Sé del cariño que pones en todo cuanto haces por mí, me dice cuando pongo la tarta en la mesa. Si no fuera por ti estaría muerto. Sería un montón de cenizas en una urna de plata, junto a las de Alicia.
Me conmueve hasta el punto de hacerme reflexionar si lo que estoy haciendo es lo adecuado.
Me armo de valor y le pregunto si ha vuelto a masturbarse en las cenizas.
Por primera vez, baja la cabeza avergonzado y me responde que menos. No percibe mi regocijo.
Poco a poco te sentirás mejor, le digo.
Él me devuelve una sonrisa a flor de labios.
Me apetece sólo un poquito de tarta de fresa, para probarla.
No importa, por hoy es suficiente.
De repente, se enciende la lámpara del techo.
Por fin, murmura.
¿Y tú, solo has comido eso? Señala mi plato con los restos de verdura.
Antes te gustaba la carne, me dice cuando estoy a punto de tirar los restos de su plato a la basura.
Por instinto, aparto los ojos del pedazo de entraña roja, que me parece obscena, como toda carne muerta.

martes, 12 de septiembre de 2017

TAKÙ


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Nunca supe cómo fue que llegó a casa Takú. La impresión que tengo, a través del recuerdo, es como si siempre hubiera estado en ella, formando parte de las paredes, de los muebles y enseres. Como si no hubiera tenido un origen biológico, y fuera un efluvio sutil de los muros cuando todavía estaban frescos y húmedos, convertido en una presencia: un fantasma solícito y querido, que fue uno más en una familia de chacareros de la Pampa.
Hija de indios patagones (acaso sus padres ya habían servido anteriormente en mi familia y ella había nacido en casa), Takú era viejísima, ancestral. Es curioso que ahora, después de tantos años, un libro me revele sus misterios, su inexplicable lengua, su devoción por la lluvia y las estrellas, y su apego desmedido a aquel singular relicario que conservo.
Oscura como la tierra, pequeña y arrugada, Takú hablaba muy poco; lo necesario para no ser descortés, en una jerga colorida y poco comprensible, en la que mezclaba palabras inglesas, una sintaxis que provenía de sus ancestros indios, y un castellano en el que figuraban muchos arcaísmos. Era inútil intentar que mejorara su lenguaje; nunca logramos que en lugar de "milk" dijera leche, ni que dejara de llamarnos "Mrs" o "Mister", y lo hiciera por nuestros nombres de pila.
Su carácter, reservado hasta el misterio, era sólido; sus decisiones, irrevocables hasta la desobediencia; su incomprensión por los blancos y nuestras costumbres, absoluta y abrumadora. También era leal hasta el sacrificio.


Sometida a la vida, mandatos y caprichos de nuestra familia, aceptaba incluso las arbitrariedades y humillaciones de mi tía que la despreciaba -acaso por no asumir su propio mestizaje-, encargándole trabajos vanales o injustos. Quizás habíamos olvidado o desconocíamos supuestas antiguas deudas de vida y honor que obligaban a Takú a cumplir fielmente los encargos, por absurdos que fueran, sin proferir jamás una queja, sin dejar entrever su disgusto o sufrimiento.
Takú no caminaba -como todas las presencias fantasmales- se deslizaba. Aparecía o se esfumaba conforme a las circunstancias, con absoluto sentido de la oportunidad. Su propia vida, la que discurría durante las siestas y las noches de puertas para adentro, en su pieza minúscula y siempre impecable, era un enigma. Como también era un misterio lo que ocurría en su corazón y en su cabeza. La expresión de sus ojos, achinados, pequeños y hundidos de tanto querer escabullirlos, era neutra, e impedía aflorar cualquier emoción.
Los niños sabíamos que no era una mujer fría, como podría parecer a cualquiera que no la conociese a fondo; por lo menos, no lo era con nosotros. A nuestro lado, cuando nos acompañaba y vigilaba nuestros juegos o deberes escolares, cuando nos aseaba y acostaba, cuando nos atendía en las enfermedades, obligándonos a bebernos amargas infusiones  preparadas con hierbas que ella misma recogía del monte, demostraba una paciencia y un cariño inagotables.
Olía a humo de leña, a fuego de rescoldo, a brasas matinales cubiertas con cenizas durante la noche. Usaba el pelo recogido en un enorme rodete, que nosotros observábamos con gran malicia, fantaseando que dentro de él ocultaría algún maleficio o brujería indígena.

Una noche, después de habernos acostado, convencida de que dormíamos, abandonamos nuestro dormitorio, atravesamos el patio de tierra silenciosos, cubiertos con nuestros camisones blancos, bajo la luna redonda y plateada, y nos deslizamos hasta la piecita de Takú, que quedaba en el fondo, independiente de la casa. Tanto en verano como en invierno, dormía con la ventana que daba al Sur abierta de par en par, sin hacer caso del frío o la lluvia. Asomados apenas a la ventana, pudimos espiarla: de pie junto a la cama, envuelta en un enorme camisón blanco con flores minúsculas, desarmaba su misterioso rodete: una cabellera retinta con destellos azules se derramó sobre su espalda llenando el cuarto de reflejos. La recogió con una mano, la apartó dulcemente por sobre los hombros, y se acostó.
Desde aquella noche, a partir de esa visión, algo cambió en nuestro trato con Takú; le tuvimos más respeto y obediencia, más estima; como si la supiéramos conocedora y poseedora de un misterio sagrado, de un poder sobrenatural para convocar la oscuridad de la noche soltando su pelo retinto. Desde entonces, también comenzamos a descubrir instantes de brillo secreto en sus ojos, que antes jamás habíamos percibido, en los que parecían surgir transparencias en las que se reflejaban ignoradas facetas de su alma. No eran exactamente instantes de felicidad, ni de pesadumbre; sino una extraña mezcla de feliz melancolía; como si evocara recuerdos remotos, personas o paisajes que se le hubieran extraviado muy al Sur, más allá del río y de las Pampas.
Contaba mi madre, que Takú había abierto con sus propias manos una ventana más en su pieza, la que miraba al Sur; y que era frecuente, durante las madrugadas de verano, verla inclinada en el antepecho con los ojos clavados en el cielo sin pestañear. Una noche vi su silueta enmarcada en el rectángulo oscuro, muda e inmóvil, contemplando la luna como un animalito deslumbrado por su fulgor, o sumergida en las cuatro estrellas brillantes que dibujan la Cruz del Sur.

Takú presentía los vientos y las tormentas, y los anunciaba. Leía en las nubes, en la lluvia y en el granizo, en el color del cielo durante el ocaso, en el viento Pampero, en el aire del anochecer y en las heladas. Dicen que cuando joven tuvo una vista tan poderosa que le permitía llegar más allá del horizonte y de las sierras que se extienden al Norte. Podía predecir la llegada de un forastero, y vaticinar el sexo de los animales y de los niños en gestación, y -aunque era reacia a hacerlo-, era capaz de entrever la proximidad de la muerte. También poseía una facultad especial que le permitía hallar los objetos extraviados. Cuando perdíamos algo, jamás nos molestábamos en buscarlo, "ya lo encontrará Takú", decíamos. En efecto, al cabo de unas horas aparecía ella con el objeto extraviado. "Dónde lo encontraste, Takú". Y nos contestaba, sin dar importancia a su misterioso don: "por ahí, Mister".
Mi tía, la mestiza, aprovechaba esta facultad para humillarla: escondía algo de valor, anillos o cualquier otra joya, y le pedía que se los buscara. Naturalmente, permanecían ocultos en sus bolsillos, y cuando Takú daba muestras de agotamiento y derrota, la acusaba de haberlos robado. Luego los hacía aparecer alegando que estaban enterrados en el fondo de la casa, envueltos en un trozo de cuero, formando parte de un amuleto diabólico. Takú jamás se defendía: se limitaba a negar las acusaciones con la cabeza, mientras exhibía las palmas de las manos a mi madre en señal de inocencia. Mamá la regañaba, guiñándole un ojo a hurtadillas de mi tía. Entonces ella lo comprendía todo, bajaba la cabeza sumisa y, cómplice de mi madre, se alejaba fingiendo un enorme disgusto. Mi tía quedaba satisfecha, convencida de la eficacia de su maldad.
Mi tía no estaba del todo equivocada; si bien Takú no realizaba maleficios, practicaba en cambio ciertos ritos indios ocultos, cuyas materializaciones descubríamos, tarde o temprano, enterradas en el fondo de la casa. Creo que no quedaba palmo de tierra donde no hubiera ocultado algún amuleto; era como si sembrara talismanes para cosechar no sé qué cosas. Por un acuerdo tácito, fingíamos ignorar esas prácticas; salvo mi tía, que cada vez que esto ocurría, la delataba culpándola de su creciente sordera, de sus dolores de cabeza, y de su mala suerte con los hombres.

Cuando llovía, Takú se inquietaba, se envolvía en un aura de ausencia, desconectaba de las labores cotidianas y de nuestra tutela y realizaba su trabajo llevada por la inercia, como si sus sentidos estuvieran en otra parte. Se inventaba quehaceres como excusa para salir de la casa y mojarse. Tardaba más de lo necesario en recoger las verduras de la quinta, o en acarrear leña, y regresaba empapada y con la mirada reluciente de alegría; como si su espíritu se hubiera unido al primitivo y elemental sentimiento del agua. Tal vez, una de las pocas cosas que ese paisaje la unía a aquel otro suyo, remoto en el tiempo y el espacio, era la lluvia, que en todas partes es la misma. Pero cuando estaba absorta, en pleno disfrute del agua, y de improviso reventaba un trueno en lo alto del cielo, soltaba el montón de leña, o lo que tuviera entre manos, y salía corriendo, disparada, protegiéndose la cabeza con los brazos, se encerraba en su piecita, cubría con un paño el espejo y cerraba las ventanas hasta que escampaba.
           De puertas para adentro (las de su cuarto y las de su alma), todo fueron suposiciones por nuestra parte. No poseía bienes materiales, nunca aceptaba dinero ni regalos de ninguna clase, aunque sus ojos se iluminaran cuando le ofrecíamos alguna baratija brillante; únicamente admitía dulces fuera de las comidas, y la ropa usada que mamá le regalaba por navidades, y que ella siempre guardaba sin llegar a ponérsela. Presentíamos que su habitación debía de estar llena de vestidos de mi madre, porque siempre la veíamos con el mismo batón descolorido y gastado, y un par de zapatillas de fieltro, que renovaba cuando ya se caían a pedazos. También poseía unos zapatos domingueros para ir a misa; unos collares indios, que sólo usaba en determinadas fechas, cargados de un especial significado para ella, y un escapulario de cuero, que llevaba al cuello y del que jamás se desprendió. Cuando le preguntábamos de dónde había sacado esos collares de abalorios de arcilla, dientes de foca y lobo marino, respondía que habían sido de su mummy, y que le traían suerte. Del relicario nos contestaba, echándonos una mirada torva y desconfiada, que en él estaba su padre Jemmy Boutton.
El asunto del relicario jamás pudimos entenderlo, y suponíamos que en su interior habría parte de las cenizas de su padre. "Cenizas, no", nos decía; y lo ocultaba dentro del escote, "es mi father, repetía, sin mirarnos a la cara. Y de inmediato desaparecía para no dar lugar a más preguntas.

Infinidad de veces Insistimos en que nos enseñara el contenido de aquel relicario, pero siempre se negó en rotundo. Un día, mi hermana intentó arrancárselo del cuello de un tirón, y fue entonces cuando vimos el miedo reflejado por primera vez en sus ojos. "Nunca, Mrs, nunca", le dijo, espantada. Y su mirada nos conmovió hasta el límite de aquello tan inusual en nosotros: la obediencia. Desde aquel momento, presentimos que Takú era algo más que un objeto amarrado a nuestro capricho.
Takú iba a misa con toda la familia, caminando como un pato, como un funambulista sobre sus zapatos domingueros, orgullosa de ellos y de su vestido floreado y mal cosido que ella misma había arreglado. En la iglesia desplegaba sus artes de fingir y su obediencia: su auténtico espíritu imitativo, de buena india patagona: rezaba en latín, conocía a la perfección las oraciones y los momentos esenciales de la misa, comportándose como la más devota de las cristianas; mientras, en su corazón, únicamente había aburrimiento, indiferencia, y hasta cierto rencor; como si intuyera su traición a otros espíritus, a los que se debía desde siglos.
Mi madre insistía que Takú habría tenido un nombre cristiano, tal vez de niña. Creía habérselo oído a su madre de pequeña. Takú lo negaba, diciendo que ella era únicamente Takú, hija de Jemmy Boutton. Mi madre argumentaba: )Ves?, si hasta tu padre tuvo un nombre civilizado, aunque fuera inexplicablemente inglés. )Cómo no vas a tenerlo vos también? Estoy segura que te habrán bautizado, pero no te da la gana acordarte. Takú lo negaba todo, y a continuación se esfumaba, como cada vez que pretendíamos averiguar algo de su pasado.
)Cuántos años tenés, Takú? Y contestaba muy a disgusto: No sé, Mister. Papá afirmaba que tendría cerca de cien. A nosotros nos parecía que doscientos o trescientos; se nos hacía una verdadera reliquia; podíamos contar los años en las arrugas de su cara y en el largo de su pelo.

Como todos los indios, Takú se murió cuando le dio la gana. Nunca, que recordemos, estuvo enferma, ni los años debilitaron su incansable energía, o le quitaron lucidez. Al contrario, con la edad parecieron agudizarse sus poderes intuitivos y mágicos, y era imposible que algo se le escapara de cuanto ocurría a su alrededor. Lo único que se le había ido debilitando fueron sus ojos, que ya no pudieron ver más allá del horizonte, pero suplió esta progresiva carencia con su inventiva e imaginación.
Murió cuando ella lo quiso. Obviamente, no nos dijo palabra de su decisión. El día antes se había comportado como de costumbre, pero durante la noche, mientras la espiábamos mirando a las estrellas y la luna, percibimos en su mirada un brillo inusual. Momentos antes, cuando a punto de irnos a dormir, fuimos a darle las buenas noches, ella esquivó mis ojos y me apretó con fuerza contra su pecho. Durante aquel abrazo noté la dureza del relicario en mi frente, ella, al darse cuenta, se separó con rapidez. A la mañana siguiente, se reunía con sus ancestros, allá en el Sur, bajo las estrellas que tanto amaba.
Nos fue difícil acostumbrarnos a su ausencia; ella había representado una parte importante en la historia familiar. Sumida en su habitual silencio, registrándolo todo, debió de constituir una especie de memoria colectiva de todos nosotros, como una especie de archivo viviente, donde se guardaban documentos y retratos de dos o tres generaciones de descendientes de conquistadores españoles.
Se fue llevándose todos sus enigmas, sus afectos, sus rencores, sus pensamientos secretos. Cuando la llevamos al cementerio en un ataúd minúsculo, tuve la impresión de que su cuerpo se había vuelto más pequeño y arrugado, igual que los absurdos talismanes que hacía y enterraba; como un bultito de trapos y pelos negros, tan chiquitita que pudimos haberla puesto dentro de un relicario y llevarla colgada al cuello, como ella lo había hecho con su padre.
En su cuarto hallamos infinidad de objetos, multitud de bolsitas llenas de cabellos, peladuras de frutas, semillas, huesos de animales, muñecos de miga de pan, recortes de uña. Mi tía, durante un descuido nuestro, puso fuego a la pieza de Takú.

No nos quedó ningún recuerdo de ella, salvo este escapulario. Dentro hallé un enorme botón de nácar blanco.
Ese botón y un libro de Darwin, me revelaron el origen y el pasado de Takú.
Leí en él, que el capitán Fitz-Roy, al mando de la nave Beagle, tomó como rehenes a un grupo de aborígenes de la Patagonia, allá por 1830, y que, entre ellos, se encontraba un niño que llevó consigo a Inglaterra para darle educación e inculcarle los principios del protestantismo.
Después de siete años, el capitán lo trajo de vuelta a la Patagonia dejándolo de nuevo con su tribu. El precio que el capitán Fitz-Roy había pagado por aquel niño fue un botón de nácar. En recuerdo de esa transacción, le pusieron de nombre Jemmy Boutton.   

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL NACIMIENTO DE FERNANDO MARÍA

El día treinta de julio, la comadrona, la señora Ro­berta, asistió el parto más inusual en sus cuarenta años de profesión. Este niño viene mal, habla dicho la abuela, mal colocado, pero será un niño excepcional. En efecto, doña Roberta no tuvo más que palpar la enorme barriga de Marina, para asegurar y jurar por todos los santos patronos de las parturientas, que el niño venía de culo. Después de fuertes dolores y grandes esfuerzos, Marina, primeriza en aquella oca­sión, dio a luz un huevo blanco y enorme, al que pu­sieron por nombre Fernando, por parte del abuelo pa­terno, y María en memoria de la bisabuela materna, que había sido muy querida y había dedicado toda su vida a la fabricación de huevos de pascua artesanales.
La abuela fue la primera en observar que el niño, o la niña, era diferente. Y de inmediato halló algún pare­cido con su difunto y adorado esposo, que había sido un hombre de piel muy suave y blanca.
Marina, la madre, lo criaba con el esmero y amor que cualquier hijo merece. El bebé, por su parte, no requería grandes cuidados más que la con­tinua atención para evitar que rodara de la cama y cayera al suelo.
La abuela corrió a revolver en sus cajones atestados de objetos inútiles en busca de ovillos de lana encrespada por los reiterados usos, continuos destejidos y caprichosas y útiles trans­formaciones de una prenda en otra. “Con el rosa le haré una batita”, decía mientras ovillaba: “de aquí saldrán los delanteros, y con el blanco las mangas. Escarpines por el momento no le harán falta”. Y rebuscó entre unos viejos calcetines me­tidos uno dentro de otro hasta dar con un billete arrugado y sucio, para comprar botones rosa y celeste para su nietito.
Marina, la madre, le había dibujado a su retoño una cara de Fernandito, porque ella siempre había desea­do un varón. El padre, por el lado opuesto, pintó con trazo delicado una encantadora cara de ni­ña, con los ojos marrones como los de su abuela, la de los huevos de chocolate. Pero poco conforme con es­to, agregó un primoroso y tenue sexo de mujer, que a Marina no le gustó mucho; entonces él, por el lado opuesto, le pintó uno de varón.
A la criatura la bañaban y cambiaban a diario, y con el agua y el jabón, Fernando María perdía en ca­da baño sus encantadores rostros y sus sexos. Era entonces cuando había que volver a pintarlos, y en cada nuevo ros­tro incorporaban rasgos diferentes, un poco cam­biados, para darle al bebé diferentes estados de ánimo y también para que fuera madurando y desarrollándose. Fue así como le hicieron crecer los primeros rizos rubios y los dientes de leche, o como hacían que llorase cuando tenía hambre, o que se sonriera cuando le hacían carantoñas.
El padre se oponía a que la abuela le pusiera a la criaturita esos vestiditos que le parecían ridículos y fuera de moda; además, él y su mujer ha­bían acordado vestirlo un día cada uno, pero la abuela hacía caso omiso y se empeñaba en tejer horribles trajes llenos de volantes anticuados, y Fernando María era tan redondo, tan perfectamente ovoide, que la ropa se le resbalaba por arriba o por aba­jo, y al hacerlo le borraban el ombligo, las manitas, los sexos y las caras pintadas con tanto empeño. Decidieron obrar con equidad: por la mañana y has­ta el mediodía, la criatura sería Fernandito, vestido de azul cielo con almidonados lazos cerca de la curva de la cara y abotonadura a lo largo del contorno menor; y a partir del mediodía sería María, siempre de pun­ta en blanco con sus caprichosas blondas, bordados, vainicas y puntillas rosas, que le daban aspecto de cremosa confitura.
Todos adoraban a esta criatura simpática y calmosa: pasaba de regazo en regazo, de casa en casa por el vecindario. Marina recomendaba siempre: “Con cuidado, que se os puede resbalar, caer al suelo y partirse”. Y así, Fernando María se malcriaba entre los abundosos pechos de las ma­tronas más cariñosas del barrio.
--Necesito platita para lana --era el estribillo de la abuela. --Lana roja, lana verde, lana azul cielo para mi nieto adorado. Uno del derecho, uno del revés, menguo uno, menguo dos, menguo tres--. A todas horas se oía el soniquete en el patio y los repiqueteos de las agujas de tejer al otro lado de la tapia, desde la calle; y la abuela, rebosante de orgullo y emoción, mostraba a sus amigas la ropa que tejía con sus manos, los puntos de fantasía inventados para su criatura del cielo.
Fernando María se mantuvo rozagante y sano, con las mejillas arreboladas y tersas de polvos perfumados, sus ojos vivaces de acuarela y su boquita de carmín, pero sus padres, a la vista de la pasividad de su hijo, poco a poco, fueron perdiendo el interés y entusiasmo. Quien no los perdía, sino que los redoblaba a diario, era la abuela, que bebía los vientos por la criatura: --Debo apurarme-- suspiraba. --Men­guo uno, menguo dos, menguo tres, lazada y uno a la izquierda--. Este estribillo y en baqueteo de las agujas se habían vuelto familiares para quien bordeara la tapia de esa casa. Marina no comprendía el afán desmedi­do de la abuela por tejer todo el tiempo y llenar cajones de prendas un tanto estrafalarias. --El bebé apenas las gasta, abuela, si las deja nuevitas, ¿para qué tanta ropa?--. --Yo sé lo que hago --respondía ella, sin levantar la mirada del teji­do, --Yo me lo sé muy bien. ¡Y no me interrumpas que me confundo!
Tampoco faltaron, al igual que cariños, malas len­guas entre los veci­nos cuando aseguraban que el niño sería toda su vida un huevo blanco e insulso sin ningún futuro, otros rumoreaban que el día menos pensado encontrarían un enorme pajarraco graznando en la cuna de Fernando María. Los más atrevidos y maliciosos corrieron la voz de que aquello debía tratarse del basilisco, y que lo más sensato habría sido deshacerse de él. Estos rumores, inevita­blemente, llegaron a oídos de los padres, que, naturalmente reaccionaron con indignación. La abuela, en cambio, no les hizo ni caso y continuó opinando que su nieto era el mejor del mundo, un ser excepcional, y que no tardarían en comprobarlo con sus propios ojos y los vecinos reventarían de envidia como sapos.
Es posible que algunos de estos comentarios llegasen a oídos de Fernando Maria, pues comenzó a dar señales de desasosiego a la par que a cambiar ligeramente de color. Era algo casi imperceptible, ni sus padres lo notaron, pero su abuela, cuando fue a desnudarlo para el baño vio diminutas manchas azuladas y verdes, como pequeños lunares agrupados, en toda la superficie de la criatura y se apresuró a decírselo a los padres. El médico diagnosticó sarampión, pero la abuela no lo creyó y esa misma tarde volvió de hacer las compras con un paquete escondido en el bolso. A solas se abocó a la lectura del libro adquirido en secreto y que se llamaba “Mime­tismo, o el arte de pasar inadvertido”. Corroboró entonces sus sospechas: Fernando María, atemorizado por los rumores sobre su condición y futuro, intentaba pasar des­apercibido mimetizándose con el color de las sábanas o el de su propia ropita. La abuela les advirtió a los pa­dres y les aconsejó que evitaran hacer comentarios delante del niño, sobre todo aquello del basilisco, y también para que renunciaran a darle friegas con ungüentos innecesarios que no hacían sino emborronarle las facciones. Pero no le creyeron, su teoría les pareció completamente traída de los pelos. Fue entonces cuando la abuela puso en la cuna sábanas floreadas con intensos colores y al cabo de unas horas llamó a los padres, destapó al bebé y les señaló, con un índice retorcido por el uso constante de las agujas de tejer, a Fernando María, un huevo cubierto de flores de colores idénticas a las de las sábanas.
Desde que dejaron de hacer cometarios fuera de lugar la criatura fue abandonando el camuflaje, pero seguía confiando más en su abuela que en sus propios padres. Y ésta pasaba ho­ras junto a la cuna, tejiendo sin descanso unos vestidos raros, parecidos a túnicas, y cantándole nanas que hablaban de príncipes huevos, de huevos de chocolate y niños de confitura.
Poco a poco, los padres olvidaron a Fernando María, lo relegaron quizás por su carácter aparentemente impasible, estático, y dejaron de pintarle las caras, las manitas y los sexos, dejándolo que volviera a ser un simple huevo blanco, al que ya casi nadie en el barrio prestaba atención... Pero la abuela había percibido tenues movimien­tos, leves balanceos. La abuela dedujo que Fernando Maria ha­bía pasado al estadio del trompo. Fue así como su nieto empezó a desplazarse por la habitación, a esconderse bajo los muebles para gastarle bromas, o simplemente para investigar la aburrida topografía de la casa. A veces, cuando desaparecía, se revolucionaba toda la familia buscándolo: miraban detrás de los armarios y cortinas, entre los arbustos del jardín, salían a la calle y preguntaban a los vecinos si lo habían visto pasar rodando por alguna calle… hasta que aparecía, por fin, debajo de la cama o entre la ropa de plancha con una sonrisa pícara de lápiz.
A partir de esa época, con la excusa de salir de paseo, la abuela se acercaba a casa de su viejo amigo Agapito, que había sido guardagujas y jefe de estación. Cuando Marina se enteró lo primero que pasó por su cabeza fue un romance senil de su suegra, pero pronto lo descartó, el único amor de la abuela, su verdadera chochera era Fernando María.
Los primeros días que el niño comenzó a salir al jardín los vecinos se apostaron en la verja para verlo rodar entre los canteros y las flores, pero se aburrieron pronto y dejaron de hacerle caso, hasta que un día llegó un vecino con Fer­nando María en brazos diciendo que lo había encontrado en su jardín, bajo el jazmín, y lo traía lleno de caracoles pegados. Mantuvieron cerrada la cancela y el niño pudo rodar libremente por el jardín, pero siempre bajo la astuta vigilancia de la abuela, atenta a que los niños no le arrojasen piedras para romperlo.
Pasado un tiempo, la abuela había aprendido de su amigo el ex jefe de estación lo suficiente de Morse como para dia­logar con su nieto dándole golpecitos en el cascarón con una de las agujas de tejer. A veces los diálogos eran largos y a la abuela se la veía ansiosa y muy inquieta, tejía más deprisa que de costumbre y repasaba el vestuario de su nieto contando las prendas una y otra vez.
Una noche, cuando las mujeres se habían quedado solas en la casa porque el marido de Marina había salido a dar una vuelta, ésta sorprendió a su madre en la oscuridad del pasillo, dirigiéndose de puntillas hacia la habitación de Fernando María, llevando un martillo. Creyó que se había vuelto loca; corrió a encerrarse en la habitación con el niño. Al otro lado de la puerta la abuela rogaba a Marina para que la dejase entrar, porque había llegado el momento y su presencia era necesaria. Marina la dejó entrar con la condición de que se deshiciera del martillo y le diera razones de tan alocada conducta. La abuela aceptó el trato, pero se cuidó de conservar el martillo oculto entre sus ropas. Dio una larga explicación a Marina de lo que habría de suceder esa noche, pero no la convenció, ésta pensó que se trataría de una rareza más de la abuela, como la de tejer batitas con agujeros en la espalda, o visitar al viejo guardagujas y aprender Morse.
Cuando regresó su marido, Marina le contó lo ocurrido y éste le aseguró que la abuela quería demasiado a esa criaturita como para hacerle algún daño.
A la mañana siguiente, los padres debieron rendirse a la evidencia cuando vieron cascarones blancos desparramados y un suave aleteo les hizo mirar al techo. Allí, en lo alto, Fernando María, húmedo y tembloroso, protegido con una amorosa túnica de lana, aleteaba torpemente alrededor de la lámpara. Le hicieron señas para que bajara a darle un beso de despedida. Pero Fernando María no los oía, sólo tenía ojos y oídos para su abuela. Ella, sonriendo, le señalaba la ventana abierta.
Por allí se fue Fernando María, ale­teando con mayor firmeza, obedeciendo a un llamado urgente y profundo.

sábado, 19 de agosto de 2017

PAPILIUS DOMÉSTICUS


Vienen a verme dos o tres veces al día. Inútilmente me hablan, porque no les contesto. No se contentan con observarme cada día, vigilando y controlando mi estado, además me tocan: comprueban con sus dedos mi blandura o dureza, hasta hacerme daño. Creen que no los oigo y murmuran delante de mí, piensan que como no puedo hablar tampoco puedo oírlos, pero se cuidan muy bien de hacer comentarios hirientes que puedan asustarme, ignoran que nada me preocupa, que únicamente yo comprendo qué me está pasando, aunque sea el primero de la familia a quien le ocurre esto. No sé si están o no verdaderamente preocupados por mi bienestar o si es mayor su extrañeza y curiosidad por ver cómo acabará todo esto. No saben nada de nada: nunca creyeron cuando les alerté de estos asuntos ni se preocuparon de leer un libro sobre estos temas. 
La mañana que me encontraron cabeza abajo, colgado del árbol, la primera reacción que tuvieron fue la de intentar despegarme de la rama y, acto seguido, mandar a buscar al doctor Aguirre. Todavía me era posible hablar, mis labios no habían desaparecido del todo, y les dije que me dejaran en paz, que esto no era nada que entrañase peligro, que era cuestión de dejar que la naturaleza siguiera su curso, y los conminé a que cerraran la boca y se olvidaran del doctor Aguirre y sus remedios caseros. Ellos, a mis espaldas, hicieron lo que les dio la gana y lo llamaron. El hombre no se inmutó al verme, siempre con su cara de cartón engrudado, la misma que usa para felicitarnos las pascuas o para comunicarnos que una enfermedad nos llevará a la tumba, pareció reflexionar largo rato y concluyó que consultaría a un colega experto en biología, que él no entendía bien de estas cosas, pues era el primer caso que se le presentaba. Al día simiente, aparecieron los dos en el patio, muy puestos ellos, con libros bajo el brazo y con toda mi familia detrás, incluida mi hermanita. Pero fue suficiente una mirada inflexible del doctor Aguirre y dejaron solos a sus eminencias, volvieron a la casa rezongando por lo bajo y se apostaron en las ventanas.
Los oía cuchichear discutiendo seriamente y distinguía sus figuras borrosas consultando los libros que habían traído. Me tocaron varias veces, me palparon aquí y allá, me pellizcaron suavemente, y acercaron sus caras para verme mejor los ojos y la boca, que parecieron llamarles mucho la atención. Quisieron saber si podía hablar o responder de alguna u otra manera a sus preguntas. Naturalmente todavía podía hacerlo, pero no les dije nada y me quedé más quieto que nunca. El que era experto en biología en determinado momento abrió su maletín y sacó un bisturí que vi destellar bajo el sol, pero el doctor Aguirre, medico de la familia desde hace tantos años, lo detuvo con una mano en alto. Temí por mi vida y por la tranquilidad de mi familia; los médicos son capaces de las mayores atrocidades, entre las que estaría la de exhibirme ante sus discípulos o la de meterme en una vitrina y destinarme al museo de la facultad. Afortunadamente pronto parecieron aburrirse, se fueron de allí sin mayores aspavientos y  se limitaron a volver cada dos o tres días y controlar mi evolución. Los lunes me tomaban la temperatura y me auscultaban, consultaban siempre los mismos manuales y contendían un poco, pero por pura inercia profesional.
Tía Laura, que es sordomuda, lloraba a menudo y ocul­taba las lágrimas con un pañuelo. Pero era quien más me sonreía, como Intuyendo, sin comprender, que yo podía verla todo el tiempo a través del tejido de seda; mis párpados se habían hecho tan delgados y transparentes.
Papá y mamá han procurado desde el primer momento que mi hermanita no se me acercara mucho y pretendiera pegarme o arrojarme una piedra. Pero ella es buena, e inocente y acepta esto con la mayor naturalidad. Cuando no la vigilan se escapa y viene a mí y me habla, y acaricia con sus manos pequeñas y cálidas, me cuenta cuentos que ella misma inventa y que por lo general no guardan mucho sentido. Los hace con retazos de otras historias que conoce y les agrega detalles de su propia inventiva; siempre hay pájaros y príncipes encantados, brujas y princesas cautivas.
A cualquier hora del día a menudo venían los vecinos con alguna excusa, una herramienta prestada o una cebolla que me falta para la tortilla, y deslizaban miradas furtivas hacia el patio, hasta que mi madre los invitaba a pasar y que viesen qué le estaba sucediendo a su hijo. Tímidos y temerosos en un primer momento terminaban tocándome por todos lados y hablándome corno si fuera un crío. Me daban ganas de romper la seda y sacar un puñetazo .Con el tiempo se aburrieron de verme inmóvil, siempre con la misma apariencia, quizás desilusionados porque no hacía ni cabriolas ni me retorcía corno un gusano. Querían ser discretos, pero se les escapaban no se qué cosas horribles que me vaticinaban un futuro monstruoso. Todos daban su opinión y consejo: desde cataplasmas hasta las señas de una curandera.
Mamá se ha resignado a verme en el mismo estado cada mañana, papá, en cambio, no sale de su asombro; carece no poder aceptarlo y no deja de murmurar:
-Todavía está aquí colgado de esta forma.
Quisiera decirle que es un estado pasajero, pero mi boca hace días que ha desaparecido completamente y los brazos y las manos ya no me obedecen.
Cada vez que aparecen nubarrones por el sur, tía Laura viene y me cubre con una gabardina vieja que fue de su marido. En cuanto empieza a llover el impermeable, empapado, pesa tanto que cae al suelo. Siento el agua resbalar por todo mi cuerpo refrescándolo y dejándolo limpio. Ellos me miran desde la ventana preocupados, con las narices pegadas a los cristales, elucubrando resfríos, gripes o pulmonías. En cuanto escampa y sale un poco el sol, está aquí tía Laura provista de trapos y bayetas para secarme mientras mi padre llama al doctor Aguirre para que vea si aún sigo bien de salud. Éste me toma la temperatura, me ausculta y ellos por fin se quedan tranquilos y retornan a sus quehaceres cotidianos.
Anoche, algo me sacó del suelo. A la luz e la luna vi a mi hermana pequeña, que cogía una escalera del galponcito, la traía hasta aquí, la apoyaba en el tronco y, cautelosamente, trepaba al árbol. Al pasar a mi lado me dijo:
- Vengo a hacerte compañía.
Y se sentó justo en la rama de la que estoy prendido. Temí que pudiera caerse, pero pronto comprendí que nada podía sucederle, pues con habilidad trepó hacia lo más alto del árbol y, en perfecto equilibrio, con los brazos extendidos en cruz, se aventuró por una rama robusta hasta llegar al extremo donde se sentó, produjo una sustancia pegajosa y comenzó a deslizarse cabeza abajo, procurando que sus pies se mantuvieran fuertemente adheridos, hasta que quedó suspendida en el vacío, a unos dos metros del suelo. Inmóvil como antes nunca la había visto, cruzó los brazos sobre el pecho, me sonrió, cerró los ojos, y su cuerpo comenzó a cubrirse de un tenue sudor blanquecino.
Como cada mañana tía Laura apareció en el patio nada más levantarse. Al vernos se llevó las manos a la boca intentando ahogar un grito. Al pié del árbol, como si hubiera sido clavada en la tierra, nos miraba alternativamente a mi hermana y a mí, dudando de su propia cordura, de la realidad, de los sueños. Advirtió mis tiritonas y vino corriendo. Sentí sus manos cálidas y nerviosas, diestras a pesar de lo inusual del caso, ayudándome a desgarrar el tejido.
Esa fue la última vez que la vi, porque rápidamente abrí a dentelladas un agujero en el tronco y por él me introduje.
© norberto luis romero