sábado, 19 de agosto de 2017

PAPIPIUS DOMÉSTICUS


 
Vienen a verme dos o tres veces al día. Inútilmente me hablan, porque no les contesto. No se contentan con observarme cada día, vigilando y controlando mi estado, además me tocan: comprueban con sus dedos mi blandura o dureza, hasta hacerme daño. Creen que no los oigo y murmuran delante de mí, piensan que como no puedo hablar tampoco puedo oírlos, pero se cuidan muy bien de hacer comentarios hirientes que puedan asustarme, ignoran que nada me preocupa, que únicamente yo comprendo qué me está pasando, aunque sea el primero de la familia a quien le ocurre esto. No sé si están o no verdaderamente preocupados por mi bienestar o si es mayor su extrañeza y curiosidad por ver cómo acabará todo esto. No saben nada de nada: nunca creyeron cuando les alerté de estos asuntos ni se preocuparon de leer un libro sobre estos temas. 
La mañana que me encontraron cabeza abajo, colgado del árbol, la primera reacción que tuvieron fue la de intentar despegarme de la rama y, acto seguido, mandar a buscar al doctor Aguirre. Todavía me era posible hablar, mis labios no habían desaparecido del todo, y les dije que me dejaran en paz, que esto no era nada que entrañase peligro, que era cuestión de dejar que la naturaleza siguiera su curso, y los conminé a que cerraran la boca y se olvidaran del doctor Aguirre y sus remedios caseros. Ellos, a mis espaldas, hicieron lo que les dio la gana y lo llamaron. El hombre no se inmutó al verme, siempre con su cara de cartón engrudado, la misma que usa para felicitarnos las pascuas o para comunicarnos que una enfermedad nos llevará a la tumba, pareció reflexionar largo rato y concluyó que consultaría a un colega experto en biología, que él no entendía bien de estas cosas, pues era el primer caso que se le presentaba. Al día simiente, aparecieron los dos en el patio, muy puestos ellos, con libros bajo el brazo y con toda mi familia detrás, incluida mi hermanita. Pero fue suficiente una mirada inflexible del doctor Aguirre y dejaron solos a sus eminencias, volvieron a la casa rezongando por lo bajo y se apostaron en las ventanas.
Los oía cuchichear discutiendo seriamente y distinguía sus figuras borrosas consultando los libros que habían traído. Me tocaron varias veces, me palparon aquí y allá, me pellizcaron suavemente, y acercaron sus caras para verme mejor los ojos y la boca, que parecieron llamarles mucho la atención. Quisieron saber si podía hablar o responder de alguna u otra manera a sus preguntas. Naturalmente todavía podía hacerlo, pero no les dije nada y me quedé más quieto que nunca. El que era experto en biología en determinado momento abrió su maletín y sacó un bisturí que vi destellar bajo el sol, pero el doctor Aguirre, medico de la familia desde hace tantos años, lo detuvo con una mano en alto. Temí por mi vida y por la tranquilidad de mi familia; los médicos son capaces de las mayores atrocidades, entre las que estaría la de exhibirme ante sus discípulos o la de meterme en una vitrina y destinarme al museo de la facultad. Afortunadamente pronto parecieron aburrirse, se fueron de allí sin mayores aspavientos y  se limitaron a volver cada dos o tres días y controlar mi evolución. Los lunes me tomaban la temperatura y me auscultaban, consultaban siempre los mismos manuales y contendían un poco, pero por pura inercia profesional.
Tía Laura, que es sordomuda, lloraba a menudo y ocul­taba las lágrimas con un pañuelo. Pero era quien más me sonreía, como Intuyendo, sin comprender, que yo podía verla todo el tiempo a través del tejido de seda; mis párpados se habían hecho tan delgados y transparentes.
Papá y mamá han procurado desde el primer momento que mi hermanita no se me acercara mucho y pretendiera pegarme o arrojarme una piedra. Pero ella es buena, e inocente y acepta esto con la mayor naturalidad. Cuando no la vigilan se escapa y viene a mí y me habla, y acaricia con sus manos pequeñas y cálidas, me cuenta cuentos que ella misma inventa y que por lo general no guardan mucho sentido. Los hace con retazos de otras historias que conoce y les agrega detalles de su propia inventiva; siempre hay pájaros y príncipes encantados, brujas y princesas cautivas.
A cualquier hora del día a menudo venían los vecinos con alguna excusa, una herramienta prestada o una cebolla que me falta para la tortilla, y deslizaban miradas furtivas hacia el patio, hasta que mi madre los invitaba a pasar y que viesen qué le estaba sucediendo a su hijo. Tímidos y temerosos en un primer momento terminaban tocándome por todos lados y hablándome corno si fuera un crío. Me daban ganas de romper la seda y sacar un puñetazo .Con el tiempo se aburrieron de verme inmóvil, siempre con la misma apariencia, quizás desilusionados porque no hacía ni cabriolas ni me retorcía corno un gusano. Querían ser discretos, pero se les escapaban no se qué cosas horribles que me vaticinaban un futuro monstruoso. Todos daban su opinión y consejo: desde cataplasmas hasta las señas de una curandera.
Mamá se ha resignado a verme en el mismo estado cada mañana, papá, en cambio, no sale de su asombro; carece no poder aceptarlo y no deja de murmurar:
-Todavía está aquí colgado de esta forma.
Quisiera decirle que es un estado pasajero, pero mi boca hace días que ha desaparecido completamente y los brazos y las manos ya no me obedecen.
Cada vez que aparecen nubarrones por el sur, tía Laura viene y me cubre con una gabardina vieja que fue de su marido. En cuanto empieza a llover el impermeable, empapado, pesa tanto que cae al suelo. Siento el agua resbalar por todo mi cuerpo refrescándolo y dejándolo limpio. Ellos me miran desde la ventana preocupados, con las narices pegadas a los cristales, elucubrando resfríos, gripes o pulmonías. En cuanto escampa y sale un poco el sol, está aquí tía Laura provista de trapos y bayetas para secarme mientras mi padre llama al doctor Aguirre para que vea si aún sigo bien de salud. Éste me toma la temperatura, me ausculta y ellos por fin se quedan tranquilos y retornan a sus quehaceres cotidianos.
Anoche, algo me sacó del suelo. A la luz e la luna vi a mi hermana pequeña, que cogía una escalera del galponcito, la traía hasta aquí, la apoyaba en el tronco y, cautelosamente, trepaba al árbol. Al pasar a mi lado me dijo:
- Vengo a hacerte compañía.
Y se sentó justo en la rama de la que estoy prendido. Temí que pudiera caerse, pero pronto comprendí que nada podía sucederle, pues con habilidad trepó hacia lo más alto del árbol y, en perfecto equilibrio, con los brazos extendidos en cruz, se aventuró por una rama robusta hasta llegar al extremo donde se sentó, produjo una sustancia pegajosa y comenzó a deslizarse cabeza abajo, procurando que sus pies se mantuvieran fuertemente adheridos, hasta que quedó suspendida en el vacío, a unos dos metros del suelo. Inmóvil como antes nunca la había visto, cruzó los brazos sobre el pecho, me sonrió, cerró los ojos, y su cuerpo comenzó a cubrirse de un tenue sudor blanquecino.
Como cada mañana tía Laura apareció en el patio nada más levantarse. Al vernos se llevó las manos a la boca intentando ahogar un grito. Al pié del árbol, como si hubiera sido clavada en la tierra, nos miraba alternativamente a mi hermana y a mí, dudando de su propia cordura, de la realidad, de los sueños. Advirtió mis tiritonas y vino corriendo. Sentí sus manos cálidas y nerviosas, diestras a pesar de lo inusual del caso, ayudándome a desgarrar el tejido.
Esa fue la última vez que la vi, porque rápidamente abrí a dentelladas un agujero en el tronco y por él me introduje.
© norberto luis romero



jueves, 10 de agosto de 2017

AGADHIR (Cuento breve)

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Las ciudades y los sueños

Efectivamente, existe Agadhir, la ciudad que muchos viajeros se esforzaron en omitir de sus crónicas, porque describirla es un reto a la lógica, o su sola mención se hace intolerable.
El enclave de Agadhir es ciertamente confuso; los escasos testigos de su existencia la situamos con cierta vaguedad, y hasta en lugares opuestos y contradictorios; la memoria, a la hora de hacerlo, parece traicionarnos. Unos aseveran que se encuentra más allá del gran río; otros, también muy dignos de crédito, al norte del reino de los hiperbóreos, próxima al abismo. Mi memoria, a pesar de su flaqueza, recuerda las playas de fina arena bañadas por la Mar Océana, en una de las innumerables islas que la conforman. Algunos coincidimos, en cambio, en su descripción edilicia; aunque, acaso, no lo hagamos con precisión absoluta; antes bien, la falta de comprensión de su trazado y arquitectura nos incita a fabular o a referirnos a ella con torpeza.
Para dar una idea de Agadhir, baste decir que sus habitantes tienen prohibido el uso del ángulo recto, pues lo consideran exclusivo de la divinidad, a quien representan bajo la figura de un cubo sostenido, milagrosamente, sobre un altar esférico que simboliza el demonio, el averno y las fuerzas ocultas. La línea curva está considerada como el producto de una mente demoníaca y desprovista de sentido común. Muchos fueron los acusados de herejía que perecieron en las llamas por haberlo usado en sus obras de arte o en sus construcciones. La forma en que podrían haber demostrado su inocencia era muy fácil: bastaba con que hubieran trazado una línea recta infinita en el suelo, en señal de arrepentimiento.
El vértigo es una consecuencia directa de su orden arquitectónico. Todos los habitantes de Agadhir lo padecen con la mayor indiferencia, como si no existiera, o incluso aceptándolo con alegría, como procedente del orden natural de las cosas. De más está señalar que, la cantidad de caídas y golpes que padezca un ciudadano, eleva considerablemente su rango social y categoría de virtuoso. De esta forma son muchos aquellos que se tiran al suelo de exprofeso, fingiendo haber caído; pero en cuanto se descubre su artimaña y mala fe, son considerados como arribistas y enormemente despreciados por sus conciudadanos, quienes, de inmediato, los condenan al ostracismo más flagrante.
Las familias ocupan su escala social según sea la arquitectura de la casa en la que habitan; así, aquellas con mayor poder, las ostentan con ángulos lo más alejados posible de los noventa grados. Algunas veces, en las viviendas y habitaciones de ciertos nobles, la entrada es casi imposible dado lo rasante de los muros, que se colocan casi horizontalmente por la agudeza de sus ángulos. La vida cotidiana entre esas paredes resulta intolerable para cualquier extranjero o para los pobres, acostumbrados a menores osadías arquitectónicas. Es fácil ver en Agadhir una multitud totalmente encorvada, como si cada uno estuviera continuamente buscando algo que se le hubiera perdido en el suelo; o bien inclinadas hacia un lado u otro, a punto de caerse. Muchos se ayudan con bastones, muletas u otros instrumentos ingeniosos a la venta en numerosas tiendas
Las mujeres de Agadhir son delgadas y angulosas, no exentas de cierta belleza; pero cuando llegan a viejas se doblan y encogen, convirtiéndose en pequeñas figuras retorcidas como sarmientos. Otro tanto les ocurre a los hombres. Claro que estas deformidades constituyen un alto distintivo social.
A menudo suceden desgracias en Agadhir: no faltan derrumbamientos a causa de la temeridad constructiva de sus casas y palacios, que desafían las leyes naturales de la gravedad, en los que perece toda una familia; esto los convierte en mártires y, desde ese momento, colocan sus imágenes en pequeños altares enclavados en las esquinas de las calles y avenidas principales, para que se les admire y rinda culto. Al cabo de un tiempo, engrandecidas por los mitos, esas estatuas son trasladadas a edificios importantes. Agadhir es una ciudad llena de mártires, cuyas figuras retorcidas adornan las plazas y los templos, y advierten a los ciudadanos sobre la grandeza del sacrificio divino. El cielo es visto como un inmenso cubo, donde los piadosos gozarán hasta el infinito de la presencia del ángulo recto.
Desde retoños los árboles son apuntalados, obligándoles a seguir un crecimiento inclinado para que no disientan con la armonía de la arquitectura; y su copa es podada con frecuencia para darles formas caprichosas y rectas, alejadas lo más posible del concepto de la esfera.

He conocido Agadhir, he estado en ella durante unas semanas mientras esperaba el regreso el barco que me devolvería a mi tierra de origen. No es una ciudad que pueda calificarse como desagradable, aunque tampoco podría decirse que es hermosa: su único calificativo es el de desconcertante, sobre todo por sus palacios y sus templos milagrosamente erguidos. Pero debo confesar que el vértigo me provoco tales náuseas y mareos, que debí permanecer en cama la mayor parte del tiempo. No obstante, desde una de las ventanas de mi cuarto, podía divisar los tejados retorcidos que parecían estar a punto de desplomarse sobre las calles. Afortunadamente, aquellas buenas gentes que me hospedaban eran humildes, sin rango social alguno; de modo que su casa y enseres no eran tan inclinados como los de las familias opulentas y poderosas.
Durante mi breve estancia en Agadhir, con esfuerzo enorme y la ayuda de instrumentos adecuados, realicé varios dibujos de la ciudad. Todos ellos tuve que destruirlos posteriormente, estando ya en mi casa natal, porque, cuando los mostraba a mis amigos y vecinos, eran invadidos por un ligero desvanecimiento, y me rogaban que los retirara de su vista.
Acompañado por un par de hombres jóvenes que me sostenían llegué hasta el puerto, me despedí de mis gentiles amigos, quienes me habían acogido en su casa, subí a mi barco y abandoné Agadhir, no sin una íntima alegría. A pesar de haber transcurrido tantos años, su recuerdo me provoca una leve malestar, y de inmediato debo alejarla de mi mente. No comprendo, incluso, cómo pude soportar su visión mientras escribía estas páginas.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LES GRAPHILES (Francés)


Ce sont de toutes petites bêtes, guère plus grandes qu'un B majuscule, qui logent entre les pages des livres, se nourrissent de lettres, signes et symboles. Un nombre important de pseudo-docteurs en science d'écriture et d'imprimerie ont confondu ces innocentes petites bêtes avec le célèbre «champignon de l'encre»; mais ce dernier s'attaque a certains pigments sans tenir compte du contenu des textes: les champignons manquent d'intelligence et de détermination. Au contraire, les graphiles ont des goûts sélectifs. S'ils dévorent n'importe quel type de pigments ou d'encre d'imprimerie, leurs objectifs primordiaux sont diriges vers le contenu d'un texte et visent particulièrement les textes dépourvus de qualité.
Les graphiles sont si peu épais (à peine deux microns) et si translucides qu'ils demeurent imperceptibles à l'œil humain malgré la multitude de sujets présents dans un livre et même dans une seule page. Leur forme est variable: quand ils ont le ventre creux ils pourraient faire penser à une amibe dotée d'un petit air d'hippocampe; mais quand ils ont mangé ils prennent volontiers une coloration foncée et la forme de la lettre absorbée. Une fois repus et après avoir observé une petite sieste afin de faciliter la digestion de l'encre, ils se distraient en formant des mots et même des phrases pleines d'esprit et non dépourvues d'un certain cynisme. Ils ont un penchant pour les obscénités propices à effarer le lecteur et qui sont tellement brèves que ledit lecteur croit avoir été trahi par son inconscient. Bien que l'intelligence de ces petits animaux n'ait pu pour l'instant être démontrée scientifiquement, leurs nombreuses espiègleries prouvent de toute évidence qu'ils en possèdent quelque chose d'approchant. Sensibles à tout mouvement -grâce a leurs fines antennes qu'ils agitent vertigineusement- ils se sauvent promptement des qu'ils perçoivent le frôlement d'une main sur la couverture du livre ou le regard curieux du lecteur.
Le livre à peine ouvert à une page quelconque, les graphiles se sont déjà refugies vers d'autres pages poursuivant gloutonnement leur festin de lettres et de phrases entières. Et quand ils en ont fini avec un ouvrage ils passent derechef à un autre.
II y a des personnes qui ne croient pas à l'existence des graphiles. Ce sont, généralement, des ignorants ou des analphabètes. Mais quiconque possède une once de bon sens pourrait deviner leurs présence et ce malgré de grandes difficultés à les localiser quand ils ont l'estomac vide, à cause de la vélocité avec laquelle ils passent d'une page à l'autre (quasiment à la vitesse de la lumière). En effet, ils laissent des traces de leur passage dévastateur: de subtiles coquilles parqués parfois en deuxième ou troisième lecture. Sinon, comment expliquerions-nous qu'un auteur nous soit resté incompréhensible ou bien nous ait lassé et qu'au bout d'un certain temps, lors d'une nouvelle lecture il nous éblouisse par son charme? Cela m'est arrivé avec quantité d'auteurs; le contraire, également. Tout cela est, le plus souvent, l'œuvre des graphiles et de leur appétit démesuré.
Fréquemment, ils s'introduisent dans des manuscrits originaux et présentent une terrible menace pour leurs auteurs, dont les idées, affaiblies ou mutilées, se perdent á jamais. Des œuvres maîtresses en puissance demeurèrent à l'état d'ébauches pour cette même raison, et de nombreux talents ne se développèrent jamais et sombrèrent dans l'anonymat.
Il n’existe aucun procédé á ce jour permettant de les éliminer. Cependant, observons qu'ils détestent les mauvais livres et les détruisent. De sorte qu'ils mènent bonne vie dans les bibliothèques contemporaines et jouissent d'une belle longévité. La meilleure manière de se débarrasser d'eux serait d'éliminer les mauvais auteurs ou de privilégier les bons. Les graphiles éprouvent un religieux respect envers les classiques. Ils ne s'avisent jamais à les attaquer. Par bonheur pour eux la production littéraire est considérable, aussi ne manquent-ils pas de nourriture. II est évident que la plupart de leurs détracteurs ainsi que ceux qui nient leur existence se recrutent parmi les auteurs exécrables dont la production n'arrive même pas aux épreuves en placard puisque leurs manuscrits se transforment en pages vierges en peu de temps.
Leur penchant exemplaire pour la bonne littérature et leur prodigieuse mémoire défrayent la chronique dans les cercles littéraires, les conversations de café, réunions et vernissages. Ils se transmettent génétiquement, de génération en génération, les connaissances qu'ils ont accumulées tout au long de leur existence. Leur savoir est incommensurable; leurs goûts littéraires exquis; leurs jugements infaillibles et redoutables. Malheur à l'œuvre originale qui tombe sous leurs regards avides et sous leurs puissantes mandibules. Je connais nombre d'auteurs qui abandonnèrent l’écriture et quantité d'autres qui préférèrent en finir avec leur vie en s'ouvrant les veines plutôt que de leur résister. Mystérieusement, il existe des écrivains qui s'en trouvent protégés mais dont le temps, par bonheur, se charge d'engloutir leurs œuvres.
On ne connaît guère grand-chose sur l'origine des graphiles; les uns attribuent leur apparition a la génération spontanée, d'autres, a l'évolution des espèces, considérant justement que leurs prédécesseurs sont a chercher parmi le groupe des « champignons de l'encre», ou bien encore chez les calamars (cette dernière théorie étant controversée). On dit aussi qu'ils furent inventes par les auteurs classiques afin d'en finir avec les écrivaillons; en fait, il est évident que leur apparition coïncide avec celle de l'écriture comme le démontrent de très anciens documents grâce auxquels on peut détecter à l'aide d'un microscope des traces de morsures dues à de minuscules dents. Le fait est que les œuvres classiques nous sont parvenues intactes, telles qu'elles ont été conques, gardant toute leur beauté et vierges de toute attaque.
Ces simples et modestes p ges pourront témoigner ind niabl ment de la légendaire et redoutable voracité des graphiles et je pourrais même en jurer (et parj rer) qu'au bout de quelques jours, quand je voudrai les relire, je les trouverai toutes blanc .
Traduit de l'espagnol par Max Pons

martes, 18 de julio de 2017

A DREAM OF MANTISES


The feeling of houses once lived in, traipsed corridors, vaguely familiar rooms, checkered patios and square pergolas of flowers, gardens, and immense walls.  All these enclosures are familiar to me in dreams, but awake I know I was never in them.  There is, in particular, a very old--ancient--secondary school with enormous classrooms, many endless corridors and, what is even stranger to me, an immense attic or abandoned dovecot.        
He wanders through the garden.  Indolent, he follows the edge of the wall, stops beside pots of flowers and breaks off a rose, raises it to his nose and breathes its perfume deeply.  Far off bells resound.  It is eleven in the morning of an autumn day, a groping autumn, hot though just beginning.  A linnet crosses the sky and the child looks up as he lets the rose fall.  Bored, he goes into the abandoned fronton court and scrutinizes the mysteries of the worm-eaten plaster walls which expose glimpses of red brick.  He comes to the ruins of the old school and examines corners filled with refuse which he pokes through with a foot.  Weak rays of sun filter through empty spaces between the dislodged roof tiles.  Again he goes outside to the old gardens, long since abandoned, crosses a stone wall, and comes to the greenhouse, also in ruins, with broken pots and thousands of glass fragments covering the cold cement floor.      
I slip into the dovecot and hang from the rafters, swinging on one after the other, and hover before dropping onto piles of hay and old clothes.  I lie there half asleep as I gaze at the square of light outlined in the roof and listen to the cooing of white big-breasted doves.       
Where are they?  What are they doing while he is walking through the garden and wandering through the forbidden cloisters?  Each priest is secluded in his austere cell, praying, perhaps abstracted in his own thoughts or reading a pious book.  Only in the kitchen, which he has never been allowed to enter, are there noises and movements which he hears through the swinging doors that keep him from seeing the nun's faces and the hands that offer at every swing a bowl of hot soup or stew.
He doesn't pray although he goes to Mass out of duty.  He doesn't take Communion.  Neither he nor his parents believe in those things.  They are called atheists.  The priests know this and frequently let their disgust show and order him to take First Communion under threat of expelling him from school.  The other children, especially students aspiring to be priests, don't understand that he doesn't believe in God, that he kills time looking at crucifixion images and saints' statues during Mass in the new chapel on the second floor of the school.
He prefers gathering insects to praying or discussing theology.  Always he finds a reason not to attend spiritual retreats--a false medical excuse or a letter from his father asking to excuse him because of some ailment.
Carabus auratus, calopteryx virgo, epeira listada, oryctaes nasicornis, mantis religiosa.  Little labels written in unsteady Latin on blue stickers.  A long murderous pin piercing the chitinous thorax holds the insect in its correct position--legs, antennae and wings extended.  Fragility of elytrons.  Danger of moths.          
Two pigeons observe me from the broken frame of the window facing south; beyond, white fluffy inoffensive clouds are gathering.  Something glitters on the ground, in the hay.  I go near; it is a gold ring, a wedding ring.
Christ on the cross is bleeding before the kneeling students, who pray or pretend to pray while secretly desiring the martyrdom of Mass to end so they can go out to the patio and play.
Through the swinging door leading to the kitchen nuns' voices and laughter can be heard, oil sizzling in blackened frying pans, the sound of spurts of water striking the shiny bottoms of the aluminum casseroles.  The nuns are as dark as night birds, as secret as shadows, and are married to God in order to serve the priests.  They wear gold wedding bands:  He has caught glimpses of their hands forever hidden among the folds of their habits.  They only say Mass, read as they walk in silence through the sunny cloisters, confess, and teach classes in religion and Latin.
Magister-magistri.
Sooner or later he'll have to make himself study his Catechism, know it by heart, and make his First Communion, or they will expel him.  During classes in religion he cannot go on discussing to the point of nausea and goes out to wander through the gardens, sketching fantastic animals on the wooden benches with a piece of stolen chalk, tearing leaves from the trees to observe them carefully with his magnifying glass, going through the old abandoned school and catching insects in medicine bottles while his companions study, though he knows that afterward, to make up his assignment, he will only have to read a few pages of a book and comment on them.
The First Commandment:  Love God above all things.
But he cannot love Him because he does not believe in Him.  At home he never learned about a pious image, any saint's picture, the Virgin figure, a Rosary.  His parents and brothers and sisters never entered a church.  Nor did his grandparents. 
Deus-dei.
And the ring gleams between my fingers with the radiance of gold.  Bells ring very near the shadowed attic and pigeons burst into chaotic flight.  I look at the ring and discover, disappointed, that it has lost its glow as I feel it become hotter, too hot.  It burns my fingers and I let it fall.  Once on the floor it becomes a simple rusted iron washer.  The afternoon descends, flooding the great angled attic with haze.
He goes up the stairs beside the rectory and crosses a long stripped gallery with a great glass window on the south side which the roseate afternoon light pours through.  At the end are the students' bedrooms, where they are forbidden to approach one another.   But he approaches that end, passes the statue of Santo Domingo, the one of the saint pointing heaven out to a child, and he sticks his head into the vast dormitory door.  It is a long room with high, shadowed ceilings, with small beds in a row on either side of a central aisle.  On the rear wall is a picture of Saint Albertus Magnus with a candle always burning before it.  Little cabinets painted a very dark green show off locks and latches, hiding wretched Sunday vestments, comic magazines, forbidden cigarettes, letters, and some boxes of stale cookies.  The floor is made of heavy red tiles, and the walls are painted olive gray halfway up, the rest is lighter gray.  Here and there hangs a bulb shorn of its shade and twisted wires creep and meet, ending at a white bakelite switch.  He gives it half a turn and the student dormitory lights up.  Then he discovers in the light's yellowish sadness that poverty is more evident--the quilts, worn from use, show the white mesh and the basting, the pillowcases are threadbare and there are enormous black chips in the enamel frames of the beds. 
Miser-misera-miserum.
In the palm of my hand I still feel a burning circular mark.  I try to leave the attic, but a force keeps me there as the thick haze surrounds me.  Only the rusty ring, now a living red, produces a tenuous circular clarity.  I hear murmurs and laughter--and hurried steps over the floorboards.  A slight figure, like a shadow, streaks through the dark.  Tke pigeons have not returned.
He goes down the steps, out to the playground, and walks through the grove of trees which flank the dirt walk to the old decayed chapel used only once a year for spiritual exercises.  The door is bolted and chained, but he tries to look inside through the keyhole.  He sees nothing till his eyes become adjusted, his pupils dilate, allowing him to see Christ high up       , far off, at the end opposite the door he is spying from.  Christ sems to be suffering.
Dolor-doloris.
He veers toward the chapel sheltered by the shade of the enormous fragrant eucalyptuses, even more fragrant than the incense which the ancient walls retain, and he discovers a praying mantis lying in ambush.  He looks at it:  It stands upright as if praying, very still and concentrated in its deadly intensity.  He too lies in ambush, stretched out on the grass, the insect unaware of his presence or ignoring it.  After a brief contraction, the insect suddenly stretches and traps another insect its own size between its claws.  She immobilizes it and begins to gnaw at its neck with her powerful mandibles.  As soon           
as she sees it is dead, she swallows the head and then the rest of its body. The process takes scarcely half an hour.  The bell announcing recreation rings, the class in religion is over, and he gets up without taking his eyes off the insect.  Once he had seen two mantises copulating; after,the female devoured the male.
Now he moves away from the spot so that the other children won't find the insect and stamp it to death.  He already has several mantises, he doesn't need another.
Puer-pueri.
The shadow begins to take shape until it becomes a definite figure with glowing edges:  Its arms are raised to heaven in supplication and it stands very still, secure in its mute oration.  It is a haloed angel.  Its face has the innocent sweetness of a madonna.  The aura begins to fade until it turns to an opaque figure--it begins to elongate, its eyes enlarge and bulge, it turns greenish brown, and its arms stretch, becoming thinner, then its neck and its body, until it becomes a delicate insect with enormous ewyes and preying claws.
During the siesta, while the other children are discussing the form of angels, he penetrates his forbidden, accustomed places.  He goes up the stairs leading to the priests' cells, traverses corridors with immaculate floors, climbs through a window and goes down a dirty, unfrequented passageway which leads to the highest part of the old school.  He lingers there, scrutinizing old broken statues of saints, damp torn paintings in peeling gold frames chipped at the corners, useless furniture.
A light sound breaks into his musings.  It comes from the abandoned attic.  He strains his ears and hears brief crossings on the wooden floor, like furtive steps, and a smothered murmur.  On tiptoe he approaches the door and glues his ear to it.  The sound resembles breathing that is quickening, but it is still far off, as if it were coming from the opposite end of the attic.  He pushes carefully, not to make noise, and the door gives, leaving the way clear.  He sees only dimness and shadows on all sides--old deteriorating desks and heaps of old moth-eaten clothes in corners.  He feels his way ahead until his eyes grow used to the dimness and he reaches an angle.  There the sound is more intense--it is the panting of animals or devils.  He hesitates before making the turn, but his curiosity is greate han his caution.  A ray of vertical light penetrates the depths of the attic; in it he sees the half-naked bodies bathed in the blinding light of the siesta--the beast with two heads struggling between spasms.
Amor-amoris.
The profile of its arms bristles with stiff spines.  Suddenly the mantis stretches her claws in a precise, spasmodic movement and traps her lover.  She imprisons him in her embrace and gnaws at his neck.  A slight quiver runs through the male's body as it expires in full orgasm.
 © norberto luis romero
Translated by H. E. Francis

miércoles, 12 de julio de 2017

LOS SUEÑOS AJENOS


“... mientras un ave enorme volaba hacia el sur”.
--Ese fue el sueño -agregó concluyendo. Y abandonó la habitación. Antes de que atravesara la puerta de calle alcancé a preguntarle:
--¿Vendrás mañana? ¿Soñarás esta noche por mí?
--No lo sé -me contentó sin volverse. -Si me vienen, así será-. Y lo oí murmurar antes de alejarse definitiva-mente: --No siempre se presentan, suelen ser rebeldes, a veces...

Ocurrió poco tiempo después de que todos nos quedásemos sin sueños, primero los niños, menos necesita-dos de ellos, y que apenas si se dieron cuenta de su ausencia; después los mayores; y por último los viejos; todos nos quedamos sin sueños, como si alguien nos los hubiera ido robando de a poco. Las noches se convirtieron en un dormir profundo y oscuro, sin luces, ni figuras, ni colores. Eran como la muerte, vacías. Fue entonces cuando él me lo propuso:
--Si quieres esta noche sueño por ti.
--Bueno -le dije-. Hace tiempo que me ya no tengo sueños, me gustaría-. Y a la mañana siguiente me lo contó. Después otros empezaron a llamarlo.
--No doy abasto -decía. -No puedo soñar por todos ustedes a la vez, sólo puedo hacerlo de uno en uno, y hoy le toca a fulano-. Eso decía, y nos dejaba todos muy tristes, esperando a que nos volviera a tocar el turno, sumidos en la oscuridad, en el miedo de acostarnos y no tener sueños, ni pesadillas siquiera, por dolorosas que pudieran ser.
--Anoche, Daniel me soñó unas cosas preciosas -decía la pobre vieja Matilde. -Me soñó que yo era joven, con el pelo retinto, y que hacía un viaje: cruzaba el mar en un barco muy grande, de esos llenos de banderas y de luces, que arrojan humo por la chimenea, y hacen sonar unas sirenas roncas, como los he visto en un libro dibujados, y yo miraba el agua plateada y los peces saltando en la superficie, mientras el viento me daba en la cara y hondeaba mis faldas blancas llenas de encaje, y todos los vecinos me despedían agitando pañuelos de colores y me pedían que les trajera cosas... veía el pueblo alejarse y hacerse cada vez más pequeño, y era tan hermoso. Yo siempre he querido viajar, hacer un viaje largo como ése.
--Pero si aquí no hay mar, abuela.
--No importa, en el sueño teníamos uno muy azul y brillante, con unas olas grandes como cerros.
Sí, él soñaba por todos nosotros sin pedir nada a cambio, ni siquiera aceptaba los regalos que le ofrecí-amos: algunas veces una gallina, o una canasta con frutas, otras un cabrito, o una medalla de la virgen bendecida. Nada, él no quería nada. Creo que lo hacía por cariño hacia nosotros, de puro bonachón que era, y porque había sido el único que no los había perdido. Los viejos se nos iban muriendo de tristeza y los niños se ponían a llorar de pronto, como si les hubiera picado un bicho, de pura aflicción que tenían los pobrecitos. Y él les ponía remedio a estas cosas.
Unos días después llegó una mañana José, diciendo que había tenido un sueño y no le creímos; era imposible, por más que insistiera, y nos pareció un invento suyo todo lo que nos contó. Si en este pueblo nos hemos queda-do sin sueños, como un castigo del cielo, ya nadie los tiene, salvo Daniel, nadie. Y aunque José hubiera soñado como afirmó entonces, no nos importó, pues él no sabía contarlos y nadie se los creía. Me parece que se lo inventó por envidia de Daniel, a quien queríamos tanto, y porque él no tenía esa facilidad de palabra. Hasta que un día confesó que todo había sido una mentira.

Daniel soñó por mí muchas veces, yo fui una de las primeras que se quedó sin sueños y lo llamé. Venía todas las mañanas y me los relataba con esas palabras tan bonitas que sólo él sabía decir, porque había estudiado y aprendido a leer y escribir. Después ya no pudo dedicarme tantas noches, lo llamaban de todas las casas. Pero llegó a soñarme cosas muy hermosas que me hubiera gustado vivirlas, y otras no tan lindas y más tristes. De mañana, muy tempranito, se aparecía en casa, entraba y se sentaba aquí, en esta silla, y guardaba silencio por un buen rato, entonces no me aguantaba más y le preguntaba:
--¿Y... soñaste anoche?
--Sí, creo que sí.
Y acercando mi silla a la suya, le pedía que me lo contara todo, que no olvidara nada, que me diera detalles aunque hubiera soñado algo triste o doloroso.
--Sí, tuve uno tuyo -decía. -Y ocurría aquí, en el pueblo...
--Cuenta, cuéntame todo, Daniel.
--No te impacientes. Fue muy raro... y no me acuerdo muy bien. Pero no te preocupes, que a medida que lo vaya contando me iré acordando de todo.
Y en esos momentos se me cortaba la respiración, y no se oía ni el más mínimo ruido, ni siquiera el canto de los pájaros; parecía como si el mundo se detuviera a nuestro alrededor.

Aquella mañana lo vi llegar arrastrando los pies como siempre. Nada más verle la cara supe que algo malo había sucedido.
--¿Me soñaste anoche?
--Sí, te tuve uno sueño -bajó la cabeza y se quedó callado.
--¿Qué me soñaste, Daniel?
Permaneció pensativo un rato, entró en la casa, se sentó en la silla de siempre, yo me senté a su lado muy atenta.
--No sé si debo contártelo...
--No te preocupes, es mío y tengo que aceptarlo aunque no me guste.
--Era de noche, había luna y se podía ver como si fuera de día, y estabas de pie delante de la casa, justo debajo del emparrado, toda vestida de blanco, mirando hacia el horizonte, como esperando algo. Había una nube en el cielo que cambiaba de forma constantemente: primero era una especie de animal, después se convertía en una cara conocida...
--¿De quién?
--No la vi muy bien, creo que era un hombre joven y moreno, con unos ojos muy negros y grandes...
--¡Juan! Esos ojos son los suyos.
--Sería Juan, no lo sé -y se quedó un instante reflexionando. Continuó: -Después la nube se deformó hasta que volvió a hacerse otra figura, la de un caballo galopando por el horizonte. En animal se acercaba, se acercaba cada vez más hacia tu casa. Y tú, de pie, muy quieta, lo veías avanzar sin sentir ningún miedo.
--¿De qué color era el caballo
--Blanco... me parece que blanco -agregó titubeando. -Pero tenía una mancha en la frente- hizo un silencio-. Y eso es lo que me preocupa.
--¿Por qué?
--Esa mancha oscura no me parece nada bueno. Es como un presagio...
--¿Y qué pasó luego?
--Ahí se terminó -dijo, callando y volviendo a bajar la mirada, clavando sus ojos en el suelo como si buscara algo entre los ladrillos.
No se equivocó: pocos días más tarde, Juan tuvo una caída del caballo. Venía cruzando el monte a todo galope, cuando se apareció una culebra atravesando el camino, el caballo se asustó y se encabritó, se detuvo en seco alzándose sobre las patas traseras. Juan perdió el equilibrio y cayó al suelo desnucándose. Lloré mucho su muerte, éramos novios y pocos días antes del accidente me había pedido que nos casáramos. Me enojé con Daniel, acusándolo de ser el responsable. Después me di cuenta de mi injusticia y me arrepentí; pero fue demasiado tarde, no quiso volver a soñar por mí, se negó diciéndome que él no tenía culpa alguna de nuestros sueños, y que no creyésemos que aquel trabajo de soñante era nada fácil, que no comprendíamos nada de nada de todo cuanto estaba sucediendo, que los sueños le creaban enemistades, y muchas más cosas me dijo. Le pedí perdón, pero él se negó a volver a soñar por mí, así que muy pronto me quedé igual que los demás, con las noches sin voces ni colores, envuelta en la oscuridad.
--Suéñame algo, Daniel, que mi hijo está enfermo y no sé qué tiene -le pedía alguna madre. Daniel lo hacía esa noche, y a la mañana siguiente se lo contaba todo para que ella supiera algo de la enfermedad. Aunque yo me di cuenta de que cuando soñaba cosas malas callaba muchas de ellas, desde lo de Juan no volvió a contar los malos sueños o las pesadillas, prefirió decir que no había tenido ninguno, mentía argumentando que había pasado la noche en blanco.
Cuántas veces le habré rogado que volviera a soñarme algo, que ya no podía seguir viviendo sin sueños, y menos desde lo de Juan, que era lo único que había tenido en la vida, y que lo había querido más que a mis ojos. Una tarde, por fin logré convencerlo a fuerza de lágrimas.
--Bueno -me dijo, -te soñaré algo mañana o pasado, porque esta noche no puedo, la tengo prometida a Rosa, que hace mucho que le debo un sueño. Pero dentro de un par de días te soñaré algo; después, si no te gusta, no me recrimines nada.
Esperé ansiosa ese día señalado, y durante la noche no pude dormir pensando en el sueño prometido y deseando con todas mis fuerzas que fuera uno hermoso y extenso.
llegó esa mañana y como siempre se sentó a mi lado. Permaneció un rato en silencio, según su costumbre, como si le costara arrancar, hasta que dijo por fin:
--Bueno, tengo un sueño que contarte.
--¿Es bueno?
--Creo que sí, pero no estoy seguro.
Sentía el corazón a punto de estallarme. Era feliz y temblaba de miedo al mismo tiempo, no fuera a ser otra vez una pesadilla.
--Había un pozo de agua profundo -comenzó,- con el brocal de piedra, y desde el fondo del miraban dos ojos brillantes y oscuros. Sacabas agua y con ella te lavabas las manos, la cara y el pecho. Estaba fresca y era cristalina. Te asomabas al brocal y en la superficie tranquila veías una cara, una cara confusa y sin rasgos, pero que poco a poco se iba haciendo más nítida, hasta perfilarse el rostro de un niño que te sonreía desde lo más profundo del pozo, un chiquito envuelto en unos pañales blancos como la nieve...
Le di las gracias porque era un sueño hermoso, y quise regalarle algo en agradecimiento, pero él no lo aceptó, diciéndome que era su obligación.
--¿Qué significa el sueño, Daniel? -le pregunté mientras él se ponía de pie listo para marcharse.
--Eso no lo sé. Yo sólo sueño, lo que significan no lo sé. Pero intuyo que es algo bueno para tí.

Y al cabo de los meses me nació este niño. Con una cara feliz como la reflejada en el agua del pozo. Un niño mío, con unos ojos negros y muy abiertos. Este chico que me consuela en las noches oscuras, que me ocupa los días y llena los antiguos vacíos. Tenía Razón, era algo bueno, sí.
Después de aquella mañana Daniel no volvió por casa, parecía evitarla, como si continuara ofendido por lo de aquella vez.
Y siguió soñando para todo el pueblo, menos para mí. Cuando me lo encontraba en la calle me esquivaba, y la única vez que hable con él y le pedí que me soñara, me respondió que tendría que esperar mi turno, porque estaba muy ocupado. Pero yo ahora podía vivir sin sueños, mi hijo era el consuelo.
Una noche, mientras permanecía despierta observando a mi niño dormir, noté que se agitaba y sonreía. Está soñando, me dije. Está soñando porque es hijo de un sueño, y cuando sea mayor podrá hacerlo por todos, y los hijos de sus hijos soñarán por nosotros redimiéndonos de este castigo.
Mi hijo fue creciendo y Daniel se fue haciendo más viejo. Decía la gente que estaba muy vago y apenas si quería soñarles cosas. Ya no lo veía como antes, acudiendo muy temprano a casa de algún vecino para relatarle sus sueños, dicen que permanecía en su pieza encerrado durante mucho tiempo. Sé que no lo hacía por maldad o por desidia, sino porque estaba ocupado en otros menesteres, porque mi niño se agitaba en las noches mientras dormía, balbuceaba, sonreía, lloraba y se le cubría la frente de gotitas de sudor. Cuando comenzó a hablar, cada mañana me contaba unos sueños hermosos muy entretenidos, a veces despertaba sobresaltado por alguna pesadilla terrible y se abrazaba a mí llorando. En un principio los sueños eran suyos, después comenzó a tenerlos por mí.
Un día me dijo:
--Se morirá Daniel, Lo soñé anoche.
Esa misma noche, por primera vez Daniel no tuvo sueños, se quedó en blanco, como todos nosotros, sin luces, ni colores, ni ruidos, ni voces. Se quedó vacío. Apareció esa mañana por casa, después de mucho tiempo sin venir, y como siempre se sentó en su silla, mirando al suelo, a los ladrillos recién barridos.
--Vengo a conocer a tu hijo -me dijo.
--Ya es mayorcito. Un muchachito muy lindo -y llamé al niño, que entró calladamente y se puso a mi lado, sin levantar la vista.
--¿Así que éste es tu hijo? -y agregó después de mirarlo fijamente: -tiene los mismos ojos que en el sueño.
--Los ojos de Juan -murmuré. Mi hijo ahora observaba a Daniel con los ojos muy abiertos, reconociéndolo de haberlo visto tanto en sus noches agitadas por los sueños.
--¿Cómo se llama?
--Juan.
Al oír su nombre mi hijo me sonrió, me regaló una mirada de ternura y salió al patio corriendo a jugar. Daniel se quedó callado, dándole vueltas en la cabeza. Por fin soltó:
--Anoche no soñé nada... y llevo mucho tiempo así. Algo está pasando.
No le contesté y lo miré de soslayo: estaba envejecido, arrugado, tenía los ojos hundidos y cansados de tantos sueños ajenos.
--Alguien está soñando en mi lugar. Acaso es tu hijo. Se rumorea por ahí que sueña.
--Sí. Desde chiquito -y me sentí llena de remordimientos.
--No te avergüences, no es por tu culpa -sonrió.
No dije nada.
--Así que el muchacho sueña... -agregó después de un largo silencio. -Bueno, entonces creo que ya he cumplido lo mío y puedo irme.
No tuve fuerzas para decirle una frase de consuelo y bajé la mirada, igual que él, la dejé vagar por el suelo.
--Fue difícil, no creas. Durante muchas noches me esforcé, pero ya ves los resultados: aprendió muy pronto. Es inteligente el chico.
--¿Es hijo de los sueños, verdad? -me atreví a preguntarle.
--Sí. Los sueños son su padre -y se levantó, salió al patio apenas caminando a pasitos cortos, agarrándose a los postes del emparrado.
--¿Sufrirá mucho? -quise saber.
No me respondió. Desde el vano lo vi alejarse,  traspasar el portón de madera y desaparecer para siempre detrás de las últimas casas.