domingo, 26 de febrero de 2017

Capitán Seymour Sea (cuento)


Para Adriana y Eduardo.



Hacía un frío intenso la noche en que el capitán Seymour Sea perdió un ojo durante la tempestad. La botavara se soltó, giró en redondo arrastrando varios cabos, y el extremo desgarrado de uno de ellos le dio un violento latigazo en pleno rostro.
Combatiendo contra el viento embravecido, el capitán únicamente sintió el golpe que lo dejó confuso, pues el frío le impidió acusar el dolor. Al rato, notó un calor intenso en una mejilla. Sin abandonar su lucha, se llevó una mano a la zona dolorida, y al examinarla la encontró manchada de rojo. El viento helado pronto congeló la sangre, y fue cuando un dolor agudo se fue apoderando rápidamente de ese lado de la cara, mientras una frialdad inusual se apoderaba de su ojo derecho. Se palpó suavemente el párpado fláccido y, sorprendido, también el interior de la cuenca ahora vacía. Miró hacia abajo instintivamente, como esperando hallar sobre la cubierta el ojo contemplándolo, creyendo que en cualquier momento vería su propia imagen mirándose a sí misma sin espejo. Allí se arremolinaba el agua con furia, azotando sus piernas. Coligió que su ojo estaría siendo devorado en ese preciso momento por los peces hambrientos, y que lo habría perdido para siempre. No obstante, y a pesar del enorme sufrimiento, no dejó de dar órdenes a sus hombres, ni de combatir valerosamente contra la tempestad, hasta lograr dominar la nave sujetando los cabos de las velas, impidiendo que ésta escorara y se fuera a pique con toda la tripulación.
El médico de a bordo, un viejo marinero que no había llegado a terminar su carrera, pero con enorme experiencia en aliviar todo tipo de fiebres exóticas, detener convulsiones, y restañar heridas, desinfectó con unos polvos pardos la cuenca oscura, y dio seis o siete puntos de sutura, como una escalerilla de cuerdas, desde el párpado inferior hasta la mitad de la mejilla.
Cuando esa misma noche la tormenta amainó, el grumete, que era muy hábil con hilos y tijeras y estimaba a su capitán, trabajando bajo la insuficiente luz de una lámpara de petróleo, le confeccionó un parche con un resto de tela negra.
Este accidente fue el remate de la carrera del capitán Sea, quien, una vez en tierra firme, aprovechó su avanzada edad, la convalecencia prescrita y los continuos ruegos de su mujer, para retirarse definitivamente. Experimentó un dolor similar al producido por el azote de la maroma, cuando hubo de vender su barco a un desconocido. Dio la espalda al mar y juró en voz alta y firme, que nunca jamás volvería a mirarlo. Desde entonces, permaneció la mayor parte del tiempo recluido en el piso bajo de su casa, huyendo de las ventanas que daban al puerto.
La esposa del capitán Sea, mujer de enorme valía aunque demasiado amiga de las cosas mundanas y de las apariencias, le obligó a quitarse el parche y a colocar en su lugar un ojo de vidrio, que ella misma eligió en una tienda de la capital después de un largo viaje hecho únicamente con tal finalidad. No se parecía en nada al ojo sano de su marido, pues él los había tenido oscuros, y éste, artificial, era de un verde intenso. Pero a ella le había encantado nada más verlo en el estuche, y había murmurado azorada ante el dependiente: "Es tan hermoso como una joya". Y se había vuelto hacia su marido mostrando una sonrisa de satisfacción, agregando: "Seymour, será como si llevaras una esmeralda engarzada entre pestañas". Y se había quedado tan ancha con su compra, sin dejar un resquicio para una protesta o una réplica, apresurándose a guardar celosamente la prótesis en su bolso de mano.
Al capitán Sea le costó adaptarse a aquel objeto frío y muerto que ahora le pesaba en la cuenca del ojo, inmóvil, ajeno como el huevo de un cuco, y que le hacía sentirse un cíclope desvalido y ridículo. A hurtadillas de su mujer, escondió el parche negro en el cajón de un armario en el que guardaba recuerdos de sus viajes: anzuelos oxidados, boyas de corcho, restos de aparejos y conchas marinas de formas curiosas.
La reclusión del capitán no sólo se fundamentó en su retiro: también en ese ojo esmeralda, impasible y hostil, junto al otro legítimo, vivaz y oscuro, era una especie de atractivo señuelo para la curiosidad de la gente, de las damas en especial, y sobre todo de los niños, que no dudaban en burlarse de él llamándole a sus espaldas "capitán esmeralda", y haciendo circular el rumor de que la gema había pertenecido a un tesoro de piratas hallado en una isla desierta.
Era un ojo límpido, bellísimo, pero inexperto y sin memoria.
Una noche, al ir a acostarse y dejar el ojo impostor en un vaso con agua, el capitán sufrió un leve mareo que no comunicó a su mujer para no alarmarla. Pasado éste, una imagen borrosa comenzó a proyectarse en su mente y, poco a poco, se fue aclarando: una playa extensa de arena fina y un mar calmo de un profundo lapislázuli reflejaba la luna enrojecida. Tardó horas en conciliar el sueño, pues aquella playa lo fascinaba con su hermosura. Al despertar al día siguiente, y rompiendo con su promesa, se asomó a la ventana de su dormitorio y contempló los muelles repletos de navíos amarrados; los marineros moviéndose nerviosamente en las cubiertas, y hasta sus oídos llegó todo el bullicio habitual del puerto. Sobre esta imagen ahora plana que le ofrecía su único ojo, la playa de arena fina y el mar lapislázuli inundados de sol, se superponían. Regresó junto a la cama donde su esposa dormía apaciblemente. El pecho de ella, que antaño fuera firme, subía y bajaba al ritmo de la respiración, y sobre él las olas azules iban y venían, resbalando el agua hacia el corpiño en una confusión de espumas y encajes, mientras un grupo de albatros volaba en torno a su cuello. El capitán, inquietado por esta visión, sacó el ojo de vidrio del vaso con agua y se lo puso en la cuenca. Al instante la playa virtual desapareció, dejó de superponerse al cuerpo de su esposa, las olas se retiraron y el pecho blanco afiligranado de azul volvió a ser el de siempre. Luego el capitán se sentó a meditar.
A nadie comunicó su visión, ni siquiera a su esposa; pero cuando podía hacerlo, cuando no había nadie cerca, se quitaba el ojo de vidrio, cerraba el otro sano, y se entregaba a contemplar aquellas olas mansas hasta adormecerse. Una mañana, aprovechando el demorado y profundo sueño de su mujer, y mientras el ojo de cristal dormitaba en el fondo del vaso, vio un grupo de paseantes recorriendo indolentes su playa secreta, y a un niño con ropas de marinero, juntando conchas en una pequeña cesta de mimbre. Vio aparecer una mujer muy hermosa que se protegía del sol con una sombrilla de encaje y que tomó al niño de la mano y se lo llevó. Durante una noche de insomnio, vio un montón de cangrejos avanzar de lado, rápidos, abriendo y cerrando las pinzas amenazadoras, y temió por su ojo; pero al aproximarse, giraron a un lado y desaparecieron del ángulo de visión. En otra ocasión, un grupo de albatros se acercó peligrosamente, picotearon el suelo -pudo reconocer sus picos amarillos agudos, hambrientos-, y alzaron vuelo hasta perderse en lo alto.
Con el tiempo el carácter del capitán Sea se fue haciendo día a día más irritable. Los ruidos provenientes del puerto y los desgarradores chillidos de las gaviotas lo trastornaban, pues, aunque desde aquel amanecer lejano no había vuelto a mirar hacia la costa, la brisa o el viento le traían estos sonidos familiares que penetraban en su casa, la invadían con sus murmullos a pesar de estar las ventanas siempre cerradas. A escondidas, recurría a su mar secreto para consolarse.
La adversidad, o la fortuna, hizo que su mujer enfermara y los médicos le prescribieran el aire seco y sano de las montañas. Fue la oportunidad para huir definitivamente de allí, y se trasladaron a un valle, lejos de la costa, a un pueblecito tranquilo con escasos habitantes: labradores humildes, aburridos y con esposas inquietas y rollizas proclives a las murmuraciones. Allí recuperó su buen humor, pero su mujer, lejos de mejorar, una mañana escupió sangre.
Pronto fue conocido por su ojo de esmeralda y, a pesar de la curiosidad malsana, nadie hizo preguntas incómodas. Aunque en los corrillos del mercado y de la taberna se fomentara en voz baja la ingenua leyenda de la gema perteneciente al tesoro de los piratas. Aquel viejo capitán, que pasaba los días en compañía de su pálida y débil esposa, sentado durante horas en la mecedora del porche, mirando hacia el infinito con el único ojo, pronto fue respetado y estimado.
Cumpliendo los deseos de su mujer, no se quitaba nunca el ojo de vidrio en su presencia, salvo para dormir. Los días muertos transcurrían, su compañera se apagaba y consumía como el cabo de una vela, y él siempre añoraba con amargura y recelo su vida pasada: el olor de la sal y del yodo, el infatigable rumor de las olas, su barco pesquero. Y no dejaba de rememorar aquel funesto día cuando la furia salvaje del mar le arrebató un ojo. Al caer la tarde miraba la luna, que era como el reverso inmaculado y cóncavo de su prótesis de cristal, y derramaba una lágrima, que pronto hacía desaparecer con el pañuelo. Una luna minúscula, incapaz de dialogar con las mareas, usurpaba su rostro.
Una noche, mientras su mujer dormía y él se entregaba desde la mecedora al embrujo de su mar íntimo, pudo contemplar espantado cómo empezaban a agitarse las aguas y unos nubarrones plomizos cubrían el cielo, hasta desatarse una tormenta similar a aquella lejana. Tuvo la desagradable sensación de recibir otro latigazo en plena cara, y vio naufragios, cuerpos inertes flotando a la deriva, entre restos de madera. Vio muy cerca la mueca de pánico en el rostro de una mujer muerta, mirándolo con los ojos muy abiertos. Sudaba, aterrado por la visión. Se puso de pie de un salto y corrió al dormitorio no sin antes colocarse el ojo falso. Una rápida mirada le bastó para confirmar lo que le había sido comunicado en la visión: su mujer había dejado de respirar. El pecho, en irreversible calma, se blanqueaba por la luz de la luna llena. Su consuelo fue conjeturar por el gesto de paz, que ella había muerto entre sueños, sin sufrimientos.
La impotencia se apoderó del capitán Sea. Cubrió el rostro de ella con el embozo de la sábana y se quedó durante horas sentado a su lado, reflexionando acerca de la injusticia divina. Al amanecer, cuando las velas llevaban un tiempo consumidas y los primeros rayos de sol arrojaban una mortaja de polvo dorado, se levantó, fue hasta la chimenea en la que aún había ascuas, y arrancándose el ojo de esmeralda, lo arrojó con violencia a las cenizas. La esfera estalló en mil fragmentos que saltaron fuera y se esparcieron por el suelo. Liberado de su sentimiento de nulidad, con una pequeña escoba de mano barrió los añicos que emitieron un brillo, un guiño sarcástico, y los arrojó al cubo de basura. Volvió a sentarse junto a la cama y lloró amargamente sobre el mar lapislázuli y la playa de arena fina.
Acudió a los funerales exhibiendo impunemente el párpado arrugado y hundido, como un trofeo ganado a la vida, viendo continuamente sobre la tumba y el paisaje del valle, un mar gris superpuesto. Una vez en su casa, y cuando hubo agradecido los pésames del vecindario, extrajo del cajón del armario el viejo parche negro y se lo puso para siempre tapando el ojo sano. De inmediato el mar recuperó el azul, saturado por la luz de un sol vibrante; las olas mansas ondearon cubiertas de espuma blanquísima, depositando conchas en la arena. La mujer de la sombrilla de encaje volvió a pasearse con los pies desnudos; y el niño vestido de marinero levantó enormes castillos de arena.

*****

La gente del pueblo murmura.
Afirman que en capitán Sea perdió el juicio el día en que su querida esposa dejó este mundo. Lo dicen porque acostumbra a llevar el parche negro en el ojo que no corresponde. Pero también porque está eternamente sentado en el porche extasiado, con la cuenca negra y vacía emitiendo una invisible mirada a un supuesto horizonte escondido más allá de las montañas. Cuando al pasar frente a su casa le preguntan: ")Qué está usted haciendo, capitán Sea?", muy satisfecho, desde esa mecedora que le rememora el vaivén de su viejo barco, responde a gritos: "mirando el mar... la playa... las olas...
Y calla, sin dejar de sonreír.

* Premio "Ciudad de Huelva 1996".
© Norberto Luis Romero

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