sábado, 4 de marzo de 2017

Joyas (cuento)



No es fácil buscar joyas, hay que tener un sentido muy fino del oído para detectar el choque del rastrillo con un pequeño objeto metálico. No siempre son anillos o pendientes lo que pierden por los sumideros de las bañeras y de los lavabos los habitantes de la superficie iluminada; se encuentra de todo: tornillos, lápices de ojos, horquillas, pinzas de depilar, pequeños cepillos y pinceles para el rimmel, baratijas de metal dorado y vidrio y, sobre todo, preservativos, infinidad de ellos flotan en la aguas como burbujas blancas, con un nudo para aprisionar el semen, como relicarios custodiando un instante de amor estéril.
Entre toda esa basura, a veces, llega una verdadera joya: una sortija de oro, un broche con piedras finamente engarzadas, alguna perla extraviada del collar, un gemelo con iniciales ahora anónimas, crucifijos de plata.

Las piedras brillan en el lecho de las cloacas cuando el agua no es muy profunda y oscura, emitiendo un ligero destello, fugaz como el de los ojos de las ratas cuando acechan desde sus madrigueras. Al oro se lo detecta por el ruido diáfano que produce al engancharse en los dientes del rastrillo, y a la plata por su tacto liviano, por su fragilidad. A las joyas falsas, simples imitaciones, los buscadores las arrojan de inmediato a las cloacas más cudalosas que van a dar al río.

Es laborioso buscarlas. En el plano más alto hay un poco de claridad que se filtra por las bocas de las alcantarillas; pero en las cloacas inferiores la oscuridad es total y existe una bruma invariable; un vaho penetrante y caliente que se desprende de las aguas servidas. Los buscadores se ven obligados a guiarse por el tacto, el oído y el olfato. La rutina de habitar en estas profundidades, les crea un sentido muy delicado de la orientación que desarrollan desde pequeños, se les inicia con el trabajo y se les agudiza cuando comienzan a perder la vista.

Ciertas rugosidades y depresiones en las paredes, humedades más o menos intensas que se detectan en el aire, desniveles en los suelos y techos, algunos estrechamientos e inclinaciones, conforman los indicios necesarios para dominar esas galerías; para conocerlas con precisión a pesar de la oscuridad. Del mismo modo se guían las ratas. Luego hay olores que, si bien son permanentes, son también diferenciables: acritudes y hedores penetrantes que les señalan el camino a seguir, un peligro inminente, la proximidad de un nido de ratas, el acecho de algún otro buscador que se ha introducido en territorio ajeno. Hay ruidos agigantados por el silencio, ritmos de gotas horadando implacables el cemento, líquidos que se deslizan como minúsculos ríos verticales y que las ratas atraviesan con un chasquido seco de relámpago. Y está el agua, esas aguas eternas que fluyen en caudales mínimos o enormes, que se estancan pudriéndose, que se arremolinan o avanzan hacia la luz produciendo ese murmullo constante que los va guiando en el rastreo, y que guarda las joyas en su lecho, entre el cieno espeso. El agua, la humedad se les cala hasta los huesos y la oscuridad los envejece prematuramente, porque allí los días y las noches apenas si se diferencian, transcurren produciéndoles esa palidez y esa ceguera paulatina que los convierte en topos, o en ratas, que aparecen luego en las pesadillas soñadas por los que habitamos bajo las luces de las ciudades.

Nunca vio el sol. Las cloacas constituyen su ciudad y en ellas se maneja con la misma naturalidad con que lo hacemos quienes vivimos en la superficie. Nosotros nos desplazamos por calles y avenidas, entramos a las tiendas, nos sentamos en los bancos de los parques a tomar el sol, nos extasiamos ante un escaparate, disfrutamos con la luz y el aire diáfanos. Pero para ellos, los buscadores de joyas, toda esa intrincada red de túneles horizontales y verticales, ese inmenso hormiguero poblado de aguas, escalinatas, rampas y pasarelas, no entraña ningún secreto. Allí viven, trabajan; entre esas paredes húmedas y ennegrecidas se alimentan y aman. También allí mueren, y es cuando ven la luz del sol, arrastrados desde las tuberías caudalosas hacia un desagüe, flotando luego en la superficie de un río. 

Lleva varios días con esa herida en el lado izquierdo, ahí abajo, entre las últimas costillas. Apenas le duele, sólo cuando quiere incorporarse para blandir el rastrillo y ahuyentar las ratas que se le acercan atraídas por el olor de la sangre y de ese líquido amarillento y denso que fluye de ella. Tampoco es muy profunda, es de cuchillo, pero tuvo mala suerte. Si no se le hubiera infestado ya hubiera cicatrizado, y las ratas no lo acecharían hambrientas, mirándolo agazapadas desde sus escondrijos, con los ojos resplandecientes como piedras preciosas, centelleando de un lado a otro en la sombra, apareciendo y desapareciendo furtivamente por las tuberías oxidadas.

Lleva tres o cuatro días sin probar bocado. Puede hacer el cálculo a pesar del sueño y la fiebre que por momentos lo abrasa y consume, amenazándolo con hacerle perder el sentido. Resiste: no puede quedarse dormido, tiene que mantenerse siempre vigilante, con el oído atento; porque el oído es muy útil, aunque también fácil de engañar. Debe prestar mucha atención a los sonidos, saber apreciarlos; pero el eco, en cambio, lo confunde todo. Saber diferenciarlo es esencial para sobrevivir. A veces, una gota que cae intermitente y monótona, va acompañada de cientos de ecos que se superponen ahogando el verdadero ruido, aquel que le interesa. Otras, un exiguo sonido metálico puede ser valiosísimo, podría depararle el hallazgo de un objeto precioso; o, por el contrario, anunciarle un peligro inminente: ratas enfurecidas o la navaja traicionera que busca el vientre. Un eco proveniente de la derecha, puede distraer de la verdadera fuente de origen, que suena en el lado opuesto. El eco confunde las galerías, multiplica como espejos sonoros las cañerías y las aguas, desvirtúa las proporciones y distancias de los túneles, propone salidas engañosas.

Desde donde se halla, al fondo de una cloaca estrecha por la cual hace tiempo que no circula agua, puede distinguir, a lo lejos, la intersección de otras dos galerías. Una de ellas, con aguas poco profundas y turbias; la otra, que arrastra cieno espeso, tiene a pocos centímetros de su superficie, una calzada estrecha por donde entrevé el ir y venir de las ratas. Vigila sus ojos como relámpagos, moviéndose enfebrecidos como estrellas fugaces, y los cuerpos pardos echándose al agua, chillando y mordiéndose entre ellas. Sabe que el sabor de la carne de rata es dulzón, tanto como el olor que despide su herida cuando la desnuda.

Por momentos distingue con vaguedad, inmerso en la somnolencia de la fiebre, la silueta sigilosa de alguno de sus compañeros que arrastra el rastrillo, de atrás a adelante, una vez y otra, pertinaz, incansable, con movimientos delicados, certeros, acariciando el fondo turbio del agua. Han comenzado a rastrear en sus dominios, y lo saben. Hace días que no lo ven ni lo oyen, e intuyen que puede estar herido, inmóvil en algún agujero, recluído como una rata asustada en un rincón umbrío. Pero tienen la seguridad de que aún está vivo, porque no hay olor a cadáver flotando en el ambiente.

Le inquietan más las ratas que los hombres. Ellas tienen el olfato más agudo, y una enorme atracción por el olor de su herida. Se queda quieto y silencioso hasta que los otros se alejan. Herido como está no podría defenderse, le robarían las joyas que tan celosamente tiene ocultas.

Sabe que no tardarán en comenzar a buscarlo. Como las ratas, ellos ya están en los límites de su dominio, en las fronteras que ninguno respeta y que a menudo son motivo de reyertas y disputas a muerte. Por defender las suyas se encuentra es ese estado: tumbado en ese nido hecho de trapos y cartones, sin poder salir a buscar joyas, ni siquiera comida, abrumado por el dolor de la herida y por la fiebre.

Allí nadie carece de heridas, de mordeduras de rata, de cortes de navaja. También tiene las suyas: tres son de navaja; la que atraviesa en diagonal la cara es de cuchillo; esas pequeñas que le salpican todo el cuerpo son mordeduras de rata. A menudo los muerden, pero difícilmente los devoran como los buscadores hacen con ellas cuando el hambre los acucia. Hay excepciones: si la víctima está muy borracha o enferma, debilitada por la fiebre. Por eso les teme: hace días que no dejan de rondarlo, olizqueando el aire con asiduidad, alzando el hocico tembloroso que muestra unos incisivos afilados, acercándose atraídas por el bálsamo de su herida abierta. Durante días vigilan sus movimientos en espera de un instante de debilidad o de sueño. A veces, al verlo tan quieto, lo suponen ya muerto y avanzan con prudencia. Con gran esfuerzo enarbola el rastrillo, las ahuyenta, y procura también ensartar a alguna en los dientes para procurarse algo de comer. Pero son más rápidas que su brazo, y se escabullen dejándolo sudoroso y hambriento. Hace un par de días despertó con un dolor agudo en un brazo. Una le había mordido, otras husmeaban su herida con frenesí. Desde entonces, cuando siente que está próximo a dormirse, se envuelve en trapos y hace un muro con cartones y trozos de madera.

Cuando uno de ellos muere, los demás de enteran de inmediato por el olor que se propaga por la galerías, extendiéndose y ramificándose por las arterias. Basta seguir su intensidad: abajo, a la izquierda, arriba, por el canal superior, de vuelta a la izquierda... siempre se da con el cadáver, generalmente cubierto de ratas que prefieren sucumbir a los rastrillos que abandonar su presa. Después, sus compañeros hacen desaparecer el cuerpo arrojándolo a las cloacas más torrenciales que van a dar al río. Nadie investiga, porque existe temor a adentrarse en esas oscuridades, de la misma manera que a ellos les arredra la luz del día y las ciudades de la superficie. De éstas sólo saben que son el arigen de las joyas y de la comida de las ratas, y que de allí proceden también los tasadores que aguardan amparados bajo las arquerías del puerto, alternando con putas y contrabandistas.

No puede permitir que la fiebre y el sueño se apoderen de él, que las ratas claven en su carne los dientes afilados y roan hasta dejar su tesoro al descubierto, expedito a las miradas codiciosas de otros buscadores. Porque éstos ignoran que debajo de esas vendas y esa costra de sangre hay oro y plata, y lo matarán si no pueden hallarlas, luego lo arrastrarán enganchado a sus rastrillos hasta el vertedero, y lo sumergirán en el río de aguas negras,

Entre la oscuridad y el eco de las gotas cayendo sin tregua, a veces juega a adivinar la procedencia de sus joyas y a recordar aquéllas más hermosas que pasaron por sus manos. Imagina a sus propietarios y ve mujeres hermosas y el disgusto violento cuando desaparecen sus joyas tragadas por el sumidero. Ve manos blancas luciendo sortijas finamente labradas que un día serán suyas; puños impecables de camisa almidonados, apresados por ricos gemelos de oro con iniciales entrelazadas. Hay pendientes como gotas de agua tornasolada, apenas velados por un rizo rubio, cadenas de oro y plata... sabe que todas esas alhajas un día estarán en su poder, bajo esas vendas.

 Ahora se recrea adivinando qué rata lo morderá primero: si aquélla de afilados dientes y ojos deslumbrantes; o las otras, las que esgrimen puñales solapados y navajas de rudo acero. Cuando la fiebre le sustraiga los sentidos, lo asaltarán las pesadillas como cada noche; en ellas aparecerán los que habitan la superficie, se escurrirán por las cloacas agazapados como ratas, con navajas en alto, luciendo sus joyas más exquisitas. Se deslizarán vibrando por las aguas, o sumergidas y veladas por el cieno, con los rastrillos enarbolados, amenazantes y dispuestos a detectar el oro. Esas mujeres de manos albas y delgadas, con el hocico en alto, olfatearán el aire hasta dar con sus joyas, atraídas por el perfume de su herida. Inquietas y ávidas de su carne, desgarrarán con los dientes esas vendas para recuperar sus brillantes y sus perlas. Aparecerán en un destello como espectros de luz, chillando y mordiéndose entre sí, disputándose el olor dulce de su llaga; esas ratas de impecables manos ensortijadas para su mejor velada en las cloacas, con el cuello anhelando lucir sus cadenas y collares extraviados, removerán ufanas su herida con los rastrillos, escarbarán en ella separando sus labios hasta llegar al fondo y dejarlo exangüe de oro y plata. Claro que se defenderá, se ovillará con trapos sucios, cubrirá su cuerpo con cartones para que no lo descubran, les clavará los dientes y las uñas para que en esas tinieblas no se apropien de sus joyas. Y les gritará, les gritará que si lo despojan de ellas lo matan, que no quiere ver su cuerpo flotando, hinchado y reblandecido entre una multitud de preservativos, y su alarido resonará en las galerías oscuras, avanzará como un eco por las cloacas confundiéndolos; enceguecido e implacable como los ojos de las ratas, su grito recorrerá los canales bajo las aguas hasta surgir por las alcanta-rillas de las calles, reventando a la luz calcinante de la superficie.


© Norberto Luis Romero. Del libro "El momento del unicornio", Ediones Nobel, Oviedo, 1995 y Tropo Editores, Zaragoza, 2009

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