sábado, 18 de marzo de 2017

No podemos hallar el piso del señor Scott (Cuento)



A Hugh Walpole

Llevamos mucho tiempo buscando, subiendo y bajando escaleras (dos de los ascensores no funcionan y los demás no dan abasto), deteniéndonos en cada rellano y llamando a todas las puertas. Traemos el ánimo dispuesto para la fiesta, con nuestros disfraces de rigor -aunque ahora algo deslucidos-, y el maquillaje de algunos descompuesto por el sudor. He visto hace un momento un par de diablos de afilados cuernos y tridente en mano; una colombina encorvada por los años; varios mendigos inverosímiles por su pulcritud; una sirena que avanzaba a saltitos sujetándose de las paredes, con estrellas de mar doradas prendidas en el cabello; un Napoleón demasiado alto y delgado, con flequillo artificial; uno con disfraz de tigre; una gallina inmensa y colorada, toda hecha de trocitos de trapos cosidos; un marciano de papel de estaño; tres dráculas incapaces de asustar a nadie, a pesar de sus colmillos ensangrentados; un dromedario formado por dos hombres embutidos en loneta amarilla; y otros cuya originalidad destaca a pesar del desorden.

Yo vengo de pavo real, un disfraz maravilloso que confeccioné con mis propias manos, cosiendo una por una las lentejuelas verdes, ensartando las plumas y pegándolas fuertemente al cinturón; plumas muy caras, por cierto, y que me fue difícil localizarlas en el mercado; muy hermosas, con iridiscencias y tornasoles, y un enorme ojo azul en la parte superior. He perdido muchas en la confusión, otras deben habérmelas arrancado sin que me percatara, de modo que mi realeza se encuentra un tanto menoscabada, pero confío en que este incidente no influya negativamente a la hora de entrar a la fiesta. Tengo conciencia que mi disfraz no es el más idóneo para bajar y subir escaleras, con esta enorme y pesada cola me muevo con torpeza, y me veo obligado a ocupar casi todo el ancho de la escalera y los pasillos; si me retraso de los demás, debo colocarme de perfil, pegándome a una pared, para dejar paso a los que van con prisa, a los más ansiosos, a los que temen llegar tarde. Es muy sencillo seguirme al rastro, basta con ir recogiendo las lentejuelas verdes del suelo. Por ellas podríamos saber con exactitud qué plantas llevamos recorridas, qué pasillos andado en nuestra infatigable búsqueda.
Muchos invirtieron todos sus ahorros en disfraces costosísimos, recamados en pedrería fina y canutillo de cristal, bordados con hilo de oro y plata, rasos, sedas de la China, terciopelos exóticos, damascos y demás telas riquísimas; marquesas y reinas francesas, vírgenes de la guillotina, se pavonean emitiendo agudos grititos de zozobra, arrastrando sus faldas floreadas armadas con enormes miriñaques de alambre, soportando apenas en equilibrio las inmensas pelucas platinadas. Algunas señoras elegantes y poderosas se echaron encima todos sus brillantes, esmeraldas, perlas, zafiros y cadenas de oro, para estar a la altura de las circunstancias; y relucen como escaparates de joyería, o como árboles de navidad iluminados. Los más pobres (no existe la discriminación en las fiestas del Señor Scott), confeccionaron sus disfraces con sus propias manos, utilizando tejidos modestos o reformando ropas usadas. Tampoco faltan quienes, bien por falta de originalidad o de recursos económicos, recurrieron a disfraces alquilados; se les nota en la holgura, o en la estrechez, o porque tienen los puños y el cuello gastados por el excesivo uso; pero no los critico: cada uno hace lo que tiene a su alcance. Lo importante es asistir.
Las botellas de champagne y de vinos finos que algunos se sintieron comprometidos a traer, pronto se recalentaron, y no faltaron desaprensivos que se las bebiera directamente del gollete, sentados en las escaleras, abandonando toda compostura. Una tarta de crema y chocolate que alguien había traído, olía a rancio al cabo de unas horas de padecer tanto calor, y tuvimos que tirarla a pesar de la tenaz oposición de su dueña que argumentaba que la había hecho ella misma, siguiendo una receta de su madre.
Claro, como resultado de todo este ir y venir, ya se nos notan en el rostro los síntomas del cansancio y del agotamiento; subir y bajar escaleras es ardua tarea que pocos pueden sobrellevar con frescura. Ayer, sin ir más lejos, una mujer muy gorda, vestida de dama antigua, cubierta de costosísimos encajes de Bruselas, se descompuso en medio del recorrido, entre los pisos catorce y quince. Respiraba con dificultad, le aflojaron el corsé de ballenas, la despojaron de la enorme peluca empolvada, y entre cuatro la llevaron en volandas, desmayada, sujetándola por los brazos y las piernas, como un palanquín redondo y colorido, lleno de volantes, como una confitura gigante. Que yo sepa, no hemos vuelto a verla. Recuerdo su falso lunar en una mejilla. La peluca, la última vez que la vi, estaba tirada en un escalón, pisoteada.
Dormimos por turnos, en los corredores enmoquetados, o aprovechando los estrechos rellanos de cada piso; acurrucados descansamos un poco, apartando los disfraces y las máscaras para evitar un mayor deterioro, mientras los demás siguen buscando y preguntando en cada uno de los doscientos sesenta apartamentos del inmueble.
Algunos propietarios se molestan cuando los despertamos en mitad de la noche con insistentes timbrazos; abren la puerta, asoman su cara somnolienta, y muestran un gesto de profundo desagrado cuando les preguntamos si ahí donde vive el Señor Scott. Muchos nos dan con la puerta en las narices, nos insultan acordándose de nuestros muertos. Nuestro anhelo es superior que la prudencia, e incluso que nuestro amor propio, y hacemos oídos sordos a los agravios.
También nos turnamos para salir a comer, vamos a la calle a tomar un tentempié frugal, que no entretenga demasiado. Acaso es el momento de mayores incomodidades: cuando entramos en un bar, la gente nos mira desconcertada, sin entender el motivo de nuestros vestuarios y maquillajes, pensando que a lo mejor somos actores escapados en el entreacto; o huidos de un manicomio. Hay risas y comentarios solapados, y miradas de soslayo. La vez que fui a un restauran y me acerqué al camarero, noté la forma en que reprimía la risa mientras me indicaba mi mesa. A la hora de sentarme a ella, tuve dificultades: mi cola barría el rostro de los comensales de las mesas vecinas, los caballeros protestaban y las damas permanecían boquiabiertas... perdón... perdón... Pero, en el fondo, admiraban mis plumas multicolores, y si hubieran conocido que mi atuendo respondía a una invitación del Señor Scott a una de sus célebres fiestas, se habrían puesto verdes de envidia, más verdes que las lentejuelas de mi disfraz.
Lo malo de esta búsqueda es su falta de orden y concierto. Si hubiéramos ido apuntando desde el principio los pisos por los que hemos pasado y las puertas a las que hemos llamado, y nos hubiésemos trazado un plan cuyo itinerario hubiera sido en orden ascendente desde los pisos más bajos a los superiores, ya hubiéramos dado con la fiesta.
En muchos de los apartamentos nos trataron francamente mal, lo repito, y desde entonces ya no llamamos a esas puertas, alguien se encarga de hacerles una cruz con tiza blanca; creo que es un señor bajito disfrazado de turco, con un enorme alfanje a la cintura y un gorro rojo en forma de cono truncado, cuyo remate es una borla dorada; este hecho denota una cierta inclinación al orden. En otros nos reciben con desconcierto, sin comprender del todo el motivo de nuestra presencia en el edificio, pero procuran ser amables e informarnos en lo que pueden. Un grupo decidió, en un arranque de sentido común, marcar también las puertas en las que somos bien recibidos; lamentablemente, estas marcas son idénticas a las otras, las que ejecuta el señor vestido de turco, y ahora la mayoría de las puertas presentan una cruz de tiza; la confusión es enorme.
Nada nos decepciona, continuamos preguntando a las personas con quienes nos cruzamos en las escaleras; muchas de ellas, a su vez, nos preguntan lo mismo: son los que siguen llegando a la fiesta del Señor Scott y se unen a la búsqueda. Todos coincidimos en este edificio: en las invitaciones lo pone muy claro: "Está usted invitado a mi fiesta, Calle del Pez, número 8". Firmado: "Señor Scott", pero nadie parece responder a ese nombre, casi todos los residentes del inmueble niegan conocerlo. Por su parte, el Señor Scott cometió un grave error al omitir -involuntariamente-, el número de planta y la letra de su piso.
Las sugestivas frases que figuran al dorso de la tarjeta nos obliga a continuar las pesquisas; nunca una fiesta prometió tantas sorpresas. A pesar que la mayoría de nosotros somos juerguistas profesionales -y esto implica la asistencia a multitud de fiestas fastuosas-, no podemos desperdiciar esta oportunidad cargada de promesas.
De hecho, sabemos de oídas, que las fiestas del Señor Scott son divertidísimas, que duran varios días, y en ellas nunca falta de nada, tampoco su febril actividad decae en ningún momento. Son muy famosas en la ciudad. Quienes tuvieron la suerte de asistir a ellas así lo afirman, y están dispuestos a jurarlo, a pesar de la tristeza que los invade al evocarlas. Se sabe que una vez que se ha estado invitado a una fiesta del Señor Scott, no se volverá a repetir esta oportunidad jamás; y que la entrada es con invitación rigurosa -también lo pone el reverso de la tarjeta-. A quienes asistieron, el resto de las fiestas les parecen insulsas y aburridas, o sufren depresiones al añorar aquella. Por otra parte, el Señor Scott no parece tener domicilio fijo, se traslada constantemente, o bien nunca organiza sus fiestas en el mismo lugar: unas veces son al aire libre, otras en pisos -como en esta ocasión-, pocas veces en salones alquilados especialmente.
Pienso (y cada uno de los aquí presentes hace lo mismo, aunque no lo manifiesta), que el Señor Scott debe ser inmensamente rico para permitirse estas lujosas fiestas con tanta frecuencia, y su bondad debe ser enorme, mucha la filantropía y el sibaritismo que lo mueven a invitar a desconocidos sin reparar en ningún tipo de gastos; no sólo se come y se bebe hasta la saciedad; además, hace costosísimos regalos: relojes y plumas de oro para los caballeros, sortijas y gargantillas de brillantes para las damas. Y no incluyo aquí los premios de las tómbolas, charadas u otros juegos que organiza, y que constan de: viajes alrededor del mundo, cruceros, casas en la costa francesa, coches de marca, etc.
Dicen que el Señor Scott escoge a sus invitados al azar, abriendo la guía de teléfonos por cualquier página y señalando un nombre con los ojos cerrados. Si así ocurre, quienes no figuran en sus páginas nunca podrán aspirar a semejante fortuna; ya que recibir una invitación a una de sus fiestas es como ganar a la lotería, como ser agraciado con un premio único en la vida. Por todas estas razones, es una verdadera pena que no podamos encontrar su piso.
Ayer, en determinado momento, oímos música bailable proviniendo de uno de los apartamentos. De inmediato salimos todos corriendo escaleras arriba, con el rostro iluminado de dicha, y llamamos a la puerta reiteradamente hasta que nos abrieron. La niña que salió a recibirnos dijo no conocer a ningún Señor Scott, que ésa era la casa de sus padres, que su madre estaba oyendo un disco y no se estaba festejando nada. De más está decir que la decepción sufrida fue enorme, y que muchos se sintieron verdaderamente abatidos y estuvieron a punto de abandonar la empresa. De hecho, hubo alguna que otra deserción (personas pesimistas que llegaron a negar la existencia del Señor Scott). En cierto modo es preferible que esa clase de gente haya desertado, de haber asistido a la fiesta la hubieran desacreditado con su incredulidad.
Por fin, en uno de los apartamentos de la planta diecisiete, hallamos una fiesta. Allí nos recibieron con agrado y nos unimos a los juerguistas que al vernos llegar, nos ofrecieron de inmediato bebidas y canapés, sacaron a bailar a las damas y se mostraron encantados con los disfraces. Pronto descubrimos que era una fiesta falsa: un simple cumpleaños precedido por una tarta con velitas azules. No tenía parangón con las magníficas fiestas que ofrece el Señor Scott. Nos retiramos de allí, no sin antes manifestarles a los anfitriones nuestro disgusto y desengaño. Además, en esa casa me arrancaron varias plumas y perdí unas cuantas lentejuelas mientras bailaba un vals.
De vez en cuando, cuando se hace evidente el deterioro de los maquillajes y los disfraces, recurrimos a quienes nos reciben bien, y les pedimos permiso para pasar al servicio a retocarnos, pues no querríamos aparecer en la fiesta con semejantes trazas, no es digno de nosotros, y el Señor Scott podría sentir herida su fina sensibilidad al vernos así, y revocar la invitación. Si esto ocurriera, sería insostenible para muchos; nuestro entusiasmo por asistir es vital. También pedimos amparo cuando alguien se desmaya, agotado por el hambre o la fatiga, y lo dejamos un par de horas en la primera cama que nos brindan hasta que se recupere y pueda continuar. Por ejemplo: esta mañana, sobre las once aproximadamente, se desvaneció un caballero alto, elegantemente vestido debajo del disfraz de jirafa, subimos con él a cuestas varias plantas hasta llegar a la undécima "6", donde vive una pareja de viejecitos muy amables, que a menudo nos presta su ayuda; la razón de esta bondad es fácilmente comprensible: ellos se conocieron y enamoraron en una fiesta del Señor Scott, hace muchos años. Durante horas permanecimos escuchándoles, azorados, con los ojos húmedos por la emoción, con un nudo en la garganta, embelesados, mientras relataban la historia de aquel evento. También ellos también se conmovieron con el recuerdo, y describieron la fiesta robándose adjetivos el uno al otro. Luego exhibieron ante nuestros ojos atónitos las joyas con las que habían sido obsequiados, sin ocultar su orgullo. Hubo un momento en que se acordaron de las fotografías, sacaron un álbum de un cajón, lo abrieron y comenzaron a mostrárnoslas sobrecogidos. Eran las imágenes de la fiesta; lamentablemente, un poco desvanecidas por el tiempo, apenas se adivinaban siluetas de gente llevando máscaras y un par de disfraces, uno de ellos un pavo real, como yo. Ahora comprendo su especial interés por mí.
La inquietud es enorme. Naturalmente los nervios están tensos, no faltan los roces y las discusiones, aunque siempre acaba imponiéndose la razón ante el mero hecho de la posibilidad de la fiesta y sus delicias. Si no fuera por estos pequeños inconvenientes, la busca, aunque dura, no resulta dolorosa y abarca matices agradables, incluso me atrevo a creer que forma parte de la fiesta en sí, pero que no sabemos disfrutarla.
Todo este ir y venir, este frufrú de encajes deslizándose por escaleras y corredores, estas voces ahogadas por el cartón piedra de las máscaras, estos murmullos y a veces algarabías, pitos y matracas, evidencia nuestro ánimo y buena disposición para la fiesta. La esperanza de hallarla no decae y el optimismo reina en cada uno de nosotros.
Recomponemos los disfraces, retocamos los maquillajes y las máscaras para que todo tenga la apariencia de brillantez y encanto necesarios para asistir; no nos gustaría decepcionar el Señor Scott y que nos impidiese entrar, son tantas las ilusiones puestas en la fiesta, aunque sea la mejor y última en nuestras vidas, y con su magnificencia nos impida disfrutar de otras menores. No nos importa, no podemos perder esta maravillosa oportunidad, este albur.
Ahora bien, no todo es pura algarabía y esperanza. Hay en lo más profundo de cada uno de nosotros una partícula de dolor y desencanto. Cuando nos cruzamos en las escaleras y las miradas coinciden, los ojos se detienen un instante en otros ojos. A través de máscaras y maquillajes vemos un brillo de lentejuela en la pupila ajena, y en su fondo húmedo una duda flotando: hallar por fin la fiesta y descubrir que ha terminado. 
@ Norberto Luis  Romero 2017

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