viernes, 31 de marzo de 2017

Orquideas (Cuento breve)

Cuando descubrió las orquídeas en el invernadero, una vez superadas la sorpresa e inevitable admiración, les tuvo celos. Tantos, que esa misma noche le reprochó a su flamante marido que se las hubiera ocultado, como quien esconde una aventura amorosa, o peor aún, una amante.
Siempre hemos cultivado orquídeas en la que es ahora tu casa. No tiene nada de particular hacerlo; superan al resto de las flores por su exquisitez y exotismo, le explicó su marido.
Pero tienes que dedicarte mucho a ellas…
Porque son sumamente delicadas, como tú, argumentó él, y la besó tiernamente.
Luego ella guardó silencio, no volvió a sacar a relucir el asunto, pero acudió al invernadero cada vez que él se ausentaba a la ciudad, o por las noches mientras su esposo dormía; y allí se quedaba largo tiempo observando con resentimiento a las orquídeas, sus simetrías caprichosas, los suculentos estambres y carnosos pétalos de matices sanguíneos, aferradas al tronco de los árboles de cuyas energías se apoderaban para abrirse arrogantes, tentadoras, sensuales.
A fuerza de admirarlas con envidia le pareció que algo malvado atrapaban en sus cálices húmedos y voluptuosos, en los pliegues insinuantes de sus pétalos. Con el paso de los días notó que iban invirtiéndose los papeles: eran las orquídeas quienes la observaban a ella cuando en las noches de insomnio dejaba la alcoba y, sentada en la bancada de piedra humedecida, con la camisola velando apenas sus sonrosadas y armoniosas formas, desafiaba la impudicia de las orquídeas. Sospechó que cada vez que les daba la espalda para irse de allí ellas cuchicheaban, la criticaban o se burlaban. Algo les vio de carnívoras que aumentó su susceptibilidad y, poco a poco, la admiración fue transformándose en inquina y los celos en odio.
Una noche, mientras su esposo dormía profundamente, dejó la alcoba como otras tantas veces, pero ésta se dirigió en primer lugar a la caseta de herramientas y allí tomó unas cizallas.

A pesar de los años de profesión, el comisario apenas pudo tolerar lo que tenía ante sus ojos: en el suelo, al pie de las orquídeas sudorosas y salpicadas de sangre, yacía ella desnuda, con las cizallas en el pecho abierto, y un poco más allá, la camisola sucia, destrozada.
© Norberto Luis Romero, 2017

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