viernes, 10 de marzo de 2017

Para que no entren las gitanas (Cuento)


Mi madre bajará enseguida al pueblo a hacer las compras.

Oigo cantar los pájaros de entonces igual que ahora, mientras me miran como bicho raro todos estos desconocidos que lagrimean dentro de sus trajes y vestidos negros y me consuelan como si yo fuera aquel con veinte años. Se fue sin darse apenas cuenta, me dicen, y no les hago caso.

Nene, me voy ha hacer las compras. Le respondo que bueno, que no me moveré de casa y oigo sus pasos alejarse por el pasillo, enseguida los siento en el patio y luego oigo la puerta de calle abrirse, chirriar el cerrojo oxidado y el clac del pasador para que no entren los perros callejeros que pisotean y destrozan todo: la quinta y las flores del jar­dín. También para que no entren las gitanas a robar, porque se lo lle­van todo y después lo venden en otros pueblos.

Me asomo a la ventana de mi dormitorio y veo a mi madre perderse en la curva del camino. Hay pensamientos en el antepecho de mi ven­tana, amarillos como el sol que se suspende sobre las sierras. A lo lejos veo el río plateado y silencioso, semioculto entre los matorrales, bordeado de sauces y de plátanos orientales. Oigo los gritos lejanos de unos niños y los veo aparecer caminando en fila india por el medio de la calle. Llevan ramas y palos que agitan como espadas. Miran Salen corriendo entre carcajadas y desaparecen de mi vista.

Hoy hay silencio de pájaros asustados y ocultos en los nidos. Hoy los niños que pasan están serios, miran con curiosidad hacia la casa, hablan en voz baja, se dan codazos y señalan el porche lleno de coro­nas de flores y vecinos oscuros. También pasan las gitanas, las de múltiples polleras encimadas, las mismas de siempre, en grupo de cuatro o cinco, arrugadas y curtidas, las que duermen dentro de col­chones enrollados, las que vienen con cada primavera y acampan en el potrero que está junto al arroyo. Hablan un idioma desconocido y misterioso, se llevan la ropa que está tendida al sol y roban los niños. Pasan por la puerta de casa, cargadas de anillos y cadenas de oro y recelando de los lutos y de las flores. Hoy no ofrecen la buenaventura, pero miran con codicia los candelabros plateados, los anillos de los deudos, las medallas de las mujeres porque el oro reluce sobre el color negro.

Llegué a tiempo antes de que se la llevaran. Traía como contraseña un telegrama arrugado y manchado de lágrimas "Mamá grave. Ven pronto". Pude verla antes de que sellaran el ataúd esos señores oscu­ros. Tal vez no fuera mi madre como decían, podría haber sido una vecina, otro pariente o bien un muñeco de cera enflaquecido y viejo. Igual que todos esos muñecos envejecidos en trece años de ausencia.

Y mientras tanto yo usurpaba los portarretratos a otros familiares: desde Toledo, desde Segovia, Santiago de Compostela. Durante largos años me fui apropiando de los portarretratos robándoles el sitio a mis hermanos y a mis abuelos. Encima de cualquier mueble estaba yo son­riendo desde España aquí, en Santa María. En este valle de Córdoba.

"Mamá grave. Ven pronto". Rostros más viejos y encanecidos, niños que ahora son casi hombres. Lágrimas de ausencia y cirios en la habi­tación, en este dormitorio lleno de sol donde yace este cuerpo que quise, ahora pálido y desconocido, con los ojos cerrados para ocultar la muerte que anida en sus pupilas apagadas. Y llegan Doña Rosita y otras vecinas, cargadas de ramos de claveles y de gladiolos, como si fueran antepechos de ventanas. Tardan en reconocerme, lloran y mienten diciéndome que estoy igual que siempre, igual que cuando me fui a vivir a España. Y me preguntan si la madre patria es como dicen, si vi toros y andaluces bailando con castañuelas. Sólo les digo que en Madrid hay balcones saturados de geranios. Me preguntan tam­bién si hay castañas y les respondo que sí, pero que hay que comprar­las, que no están en los árboles de las casas como me decía la abuela. Y se callan por respeto a la muñeca de cera, para no despertarla. Es cuando se produce un silencio remoto; un silencio matutino de venta­nas abiertas con el alféizar preñado de sábanas blancas ventilándose

al sol, de suelos recién encerados, de alfombras recogidas en el por­che»

Frente a la cama de la muerta está el ropero cerrado. Sé que en uno de sus estantes está la caja de las fotos, igual que hace años, con al­gunas nuevas agregadas. Esas viejas fotos, fechadas en el reverso en al­guna ciudad española, siempre atesoradas en la caja de zapatos. Descubro que en este valle todas las mañanas de primavera son, iguales, aunque hayan transcurrido trece años y miles de kilómetros me sepa­raran de este sol.

Acerco una silla a la ventana y me trepo encima. Me gustan los chicos que juegan en el potrero con varas de árbol, que se tiran con bolitas de paraíso, también a las gitanas, aunque les tengo miedo. Me reclino en la ropa que se orea entre clavelinas, pensamientos y uñas de gato y me adormilo mientras mi madre está en el mercado o en la panadería haciendo las compras» En su ausencia voy hasta su dormitorio -a este mismo dormitorio donde el olor de los gladiolos y los claveles apuñala la mañana- cubos macizos de sol fragmentan; el espacio y llenan el aire de un polvillo inquieto que se agita y revo­lotea con cada movimiento que hago. Abro el ropero, las puertas están: sin llave. El sol da en la ropa blanca acumulada en los estantes y me deslumbra. Un olor a jabones invade el cuarto de espumas y pun­tillas. Hay manteles bordados por mi hermana y mis tías solteras, hay pilas de toallas, servilletas con manchas de durazno latentes que apa­recen en cada primavera, camisones aún vírgenes, pañuelos con mis­teriosas iniciales bordadas con cabellos del novio, calzoncillos antiguos sin estrenar, hechos con blanca y almidonada tela marinera. Hay cajas semiocultas por la ropa que guardan documentos, cartas con viejas estampillas de España con la efigie de Franco. Abajo, en un rincón, la caja de las fotos. Llena de desconocidos y de parientes engominados, iguales a estos otros, también en blanco y negro, que ahora deambulan por la casa con el semblante trasnochado, oliendo a anís, sudor y tabaco.

Vinieron de todos los rincones para ver a la muerta de quien ya se habían olvidado, todos juntos y mezclados como en la caja de .las fo­tos, posando alrededor del ataúd, rígidos como el papel amarillento, desvaídos por el tiempo, con un telegrama arrugado entre las manos: "Paquita grave".

No debo abrir la caja de las fotos porque dentro están los muertos de papel, pero la destapo y escapan de ella los parientes, se asoman desde los rectángulos amarillentos y manoseados y me preguntan: Qué tal Europa, nene. Y les cuento que en España también hay gitanas cargadas de cadenas de oro y que se llevan los niños. Esas presencias rígidas quieren entrar en la habitación y esparcirse como rayos del sol. Para pasar presenten la contraseña: un telegrama, Texto: "Paqui­ta grave". Pase. Un abuelo, una abuela, siete tías disfrazadas de cons­telación en unos carnavales, trajeadas de estrellas y con coronas de papel plateado hechos con envoltorios de chocolates. Otro abuelo. La contraseña. Pasé. Y muchos primos y primas que se asoman del papel tímidamente, con los ojos muy abiertos, asustados, casi ignorando cual es la contraseña, intimidados por este cajón oscuro rodeado de ci­rios. Los dejo entrar a todos y los pongo sobre la cama, en fila, abar­quillados y con los bordes sobados, vestidos con esas ropas de inmigrantes, miserables, cansados, envueltos en miserias gallegas y asturianas y llenos de remiendos hechos con trozos de Argentina. Madres llenas de hijos, sirvientas y costureras ojerosas cosiendo, in­cansables, bajo la luz mortecina de la lámpara de kerosén. Señores circunspectos con bigotes peinados en forma de manubrio invertido. Trajes para posar, trajes de casamiento en aldeas de Galicia. Quieren moverse, evadirse de la cárcel rectangular y esparcirse por la habita­ción, llegar al puerto y curiosear esta ciudad llena de plata y también dentro del ataúd, igual que curiosean éstos de oscuro traje que se api­ñan en los rincones tomando café y ginebra. Pero estos miserables de papel ignoran la contraseña, sólo traen ilusiones, no tienen telegramas en los bolsillos. Igual los dejo entrar, como lo hacía durante las tardes -aburridas de lluvia, para que poblaran de risas los días invernales, con sus boquitas en forma de corazón y sus sombreros con forma de escu­pidera... Y ellos me cuentan, me hablan desde una memoria que no me pertenece, desde la memoria de los muertos amarillentos como el ros­tro de aquella que ahora yace entre gladiolos y retamas.

Señorita. Le hecho la buenaventura... aquí en la mano veo un barco en el que se deslizan por cubierta fantasmas españoles en tercera clase, pescadores y campesinos, con los ojos azules y hundidos por el hambre y por la guerra. ¡América! Bultos de ropa y valijas de cartón con cantoneras de lata, atadas con piolines anudados, para que no se salgan fuera las miserias de Franco ni los muertos. Relicarios de la Virgen de Covadonga, herramientas de campo ya gastadas de tanto afilarlas, madreñas para andar por el barro, inmensos baúles de made­ra, igual que este cajón tan relumbrante. Pupilas gastadas y opacas de ver tanta pobreza, Músculos formados en el alba temprana de los campesinos. ¡América!

Una reja inviolable separa las clases más altas de la tercera: seño­ras con sombreros de raso y terciopelo, camafeos aprisionando los cuellos, oro y marfil en las manos blancas. Miran a mi abuela y le hacen señas, la llaman y a través de la reja y le preguntan si necesita trabajo, que se dirija a la casa de la señora de Uribarren, y le da una tarjetita. Pobre, parece tan buena persona, con cara de honrada, trabajadora, y que va tan limpia. Usted, la del niño en los brazos, cómo se llama. Adelina. ¿Y el niño? Alberto. Bueno, cuando llegue a Buenos Aires vaya a la dirección que le di. Tan buena señora, tan rica, tan fina, blanca y delicada...  

También estoy yo sobre la cama, cuando era pequeño, junto a mi hermano, mi hermana y la muñeca de cera, los cuatro posando alrede­dor del muñeco de nieve, la única vez que nevó en este valle. Me miro en el espejo. Ahora mi cara es diferente, aquella de la foto parece la de un desconocido: más redondita, con las orejas separadas y los dien­tes enormes. Miro al abuelo: él también era orejudo y flaco, con los ojos hundidos como los míos, hundidos como de ratón asustado, como de muerto. Cuidado con las gitanas que lo roban todo. Y cierro la caja mientras sueldan y martillan el féretro los señores circunspectos y os­curos. Cierro también la puerta de calle y hecho el pestillo. Me arre­piento y compadezco de tantos pobres diablos y vuelvo a levantar la tapa, para verla por última vez, pongo la escalinata para que bajen. ¡América! Qué ciudad tan grande, esto no es como La Coruña, ni como Rivadavia, allí uno mete la mano en la orilla del mar y coge un centollo, y las castañas se dan en los árboles de la calle, y no hay más que asarlas y comerlas calentitas. Aquí todo es tan caro... no hay rías caudalosas, sólo este pequeño río gorrino y sucio con infinidad de iri­discencias de petróleo.

Muchos metros de tela blanca almidonada para hacer calzoncillos para los marineros, mucho que trabajar a la luz de la lámpara de ke­rosén. Tres centavos la pieza. Las ocho hijas mujeres inclinadas sobre las agujas y los hilos blancos, blancas las manos de almidón marinero. ¡América!, y España tan lejana... tal vez algún día. Pero en las líneas de la mano no hay viajes con barcos que regresen, tampoco hay oro ni riquezas, sólo hay sábanas oreándose en las ventanas, entre las flo­res de los antepechos y entre cirios, reventando en los rincones, meti­das a presión en los floreros, las mejores sobre el cajón, coronado la cabeza de la muerta que me ignora desde el otro lado del cristal ova­lado, metida en su mortaja bordada por siete hermanas entre nubes de almidón marinero. Flores que me trae Doña Rosita sin pedirme nada a cambio. Dios la tenga en su gloria. Ella que era tan buena. Cuánto hace que vive en España. Trece años. Y no la llegó a ver con vida. No. ¡Ay! Por Dios, que desgracia m'hijito.

Y estos desconocidos que surgen de entre las flores y entran por puertas y ventanas, qué emergen desde los rectángulos de papel arqueado, me miran, me consuelan y me preguntan quién soy. Soy el hijo de Paquita, la que era hija de la asturiana, el nieto de Adelina, la gallega. Ay señora, cuanto desvanecimiento en estas fotos viejas, y se colocan todos en fila, para descender del barco hacia la cama pero... ¿y el regreso en las líneas de la mano? No hay viajes en esta mano niña. Ho hay regresos. Sólo un minúsculo exilio muy lejano, como una figura repetida en un espejo, como si fuera un sueño cum­plido por terceros, un sueño desplazado en el tiempo, sin barcos ni marineros vestidos de almidón. Un viaje por el aire para ir a recoger castañas y centollos, volando para regresar a tiempo y poder ver una muerta blanqueándose al sol y cerrar bien la puerta de calle para que no la roben las gitanas.

Norberto Luis Romero © 2017




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