jueves, 27 de abril de 2017

Club social de velocipedistas (cuento)


Desde su casa al flamante “Club Social de Velocipedistas” no había más de cuatrocientos metros por la calle principal, y el señor García los recorrió con la cabeza bien alta, mirando al frente, llevando a su lado el flamante velocípedo sujeto por el manillar impecable y lustroso, como quien se dirige a misa con el orgullo de llevar de la mano una prole de querubines limpios y trajeados. Pero García era solterón por inercia y en sus planes inmediatos, que lo tenían totalmente absorbido, no figuraban los de matrimonio sino otros más atrevidos y novedosos. Según iba andando, era consciente que detrás de los visillos de cada cocina, una señora seguiría su trayectoria hasta que desapareciera del campo de visión; por el rabillo del ojo notaba los mal disimulados movimientos en los pliegues de las cortinas e incluso alguna que otra cara incrédula velada de repente por blondas, encajes e hiladillos. Sabía que el motivo de tanta curiosidad no era su persona, a pesar de llevar el ajustado y vistoso traje de velocipedista color naranja, de por sí un prodigio de atrevimiento, sino el sorprendente objeto de su devoción, el verdadero protagonista en esa mañana apacible y gris: el velocípedo, casi de su altura, con la rueda delantera de un metro veinte de diámetro, a través de cuyos rayos el paisaje, las casas y las pocas personas que a esa hora se encaminaban a la tahona en busca de la hogaza caliente, se veían como síncopas de un kinetoscopio. También esa mañana estaba el cielo encapotado como en días anteriores, pero ocurría con frecuencia sin que las amenazantes nubes concluyeran en las esperadas lluvias. Había largas temporadas en las que no caía una gota del cielo, razón por la cual no había cubierto con el mantel de hule a cuadros el velocípedo, mientras lo llevaba de una mano hacia el club, convencido que no llovería. Además, no se trataba de sustraerlo a las miradas cubriéndolo con el hule, sino de exhibirlo con orgullo provocando la curiosidad y despertando el interés.

El velocípedo había llegado un par de semanas atrás, concienzudamente embalado en una caja de madera con contrafuertes metálicos, en el tren de mercancías desde la ciudad, donde lo había adquirido por catálogo a la importante y recientemente instalada firma Michaux, que un año antes acababa de presentar su invento en la Exposición Internacional de Paris; y como vivía de rentas, no tenía ni obligaciones familiares ni las cargas económicas que éstas conllevan, dedicaba su mucho tiempo libre a ilustrarse de avances científicos y técnicos mediante suscripciones a revistas y folletos provenientes de Europa y los Estados Unidos. No había costado una minucia, ni mucho menos, pero para un hombre cono él, de por sí austero y sin vicios, no hubo de sacrificar su renta ni verse endeudado, sólo emplear la suma que había destinado para tal fin, cifra que no tardaría en recuperar si se cumplían sus planes tanto comerciales cono altruistas. Completó el dispendio adquiriendo un viejo y amplio granero situado en el extremo del pueblo, que una vez limpio, acondicionado y provisto de los enseres básicos, colgó en la fachada, encima del portalón de roble, el cartel “Club Social de Velocipedistas”, del cual él era su presidente y socio número uno, y así lo acreditaba el carnet que él mismo se había expedido la noche anterior, en un íntimo y sencillo acto no exento de solemnidad, ante el espejo del armario de su casa. En cuanto a la inauguración oficial, sería una vez que hubiera aprendiera a conducir el velocípedo y tras una sencilla pero convincente exhibición.

No había otro en leguas a la redonda, pero confiaba que en breve, cuando la gente se percatara de las ventajas y el encanto del revolucionario medio de locomoción, no vacilaría en adquirir no uno, sino dos o más, según fuera el número de miembros adultos de las familias. Contaba, por ejemplo, que su vecino el señor Bustos no dudaría en comprar por lo menos cuatro, pues además de tener una esposa muy andariega, espigada y joven, había criado dos hijos ya mayorcitos tan espabilados y briosos como sus progenitores. Su propio hermano, sin ir más lejos, en todo momento había sido un hombre inclinado a informarse y admirar todo tipo de avance científico y técnico, al punto de haber sometido a sus dos hijas a sendas aplicaciones de electricidad para erradicarles ciertas controvertidas dolencias, si bien, imprevistamente, los resultados fueron adversos y hubo que internarlas en un hospital mental del que hasta la fecha no han salido. Pero con el velocípedo no existían riesgos más allá de un que otro porrazo sin mayores consecuencias.

Y su sueño, al que todo hombre tiene derecho, era llevar adelante esta asociación  o club hasta convertirlo en el atractivo más importante de la región, para lo cual, en principio, fijaría una cuota mensual discreta, que según fuera incrementándose el número de afiliados, recaudaría discretos ingresos, ingresos revertirían en la asociación para ampliar instalaciones y servicios a los socios y sus respectivas familias. Estaba convencido el señor García que su generosa idea atraería el turismo al pueblo y en consecuencia un inminente progreso, y tal vez otros pueblos seguirían su ejemplo. No dudaba, asimismo, que la historia se encargaría de colocar en merecido lugar su talento creativo, su brillantez y encono y, casi con toda probabilidad las autoridades propondrían en un futuro no muy lejano una plaza con su nombre o incluso una avenida, porque si bien no la había en el pueblo, estaba seguro de que habrían de construirla a consecuencia de la inminente proliferación de velocípedos, en cuanto abriera las puertas del club y pronunciara ante el vecindario el discurso inaugural que llevaba semanas preparando y ensayando concienzudamente, ante el mismo espejo de armario que le vio convertirse en presidente. Pero en lo más recóndito de su corazón anidaba un deseo que lo hacía ruborizarse: verse plasmado en bronce, en lo alto del velocípedo, como están representados los héroes a caballo.

No había contado el señor García con el detalle de que jamás había conducido, ni siquiera intentado montar un velocípedo, pero estaba convencido que siguiendo las instrucciones del catálogo al pie de la letra, en un par de días se convertiría en un depurado velocipedista. Para iniciar sus prácticas tenía escogido un espacio amplio y llano del valle, un campo desarbolado y extenso, con un único inconveniente que, tampoco le pareció demasiado importante: sólo tendría que evitar acercarse al despeñadero que llamaban “Barranca de las ánimas”, cuyo luctuoso nombre provenía de la leyenda que hablaba de espectros que habitaban el pequeño pero oscuro lago de la sima, tan oscuro y denso que era más una ciénaga -a la que por misericordia llamaban lago-, víctimas, decían, todos ellos de accidentes fortuitos, bien de caza, bien de paseantes o enamorados distraídos que se arriesgaban en sus orillas, o muy antiguos muertos en dudosas guerras olvidadas, decían que paseaban por la orilla sus esqueletos amarillos y agitaban sus largas cabelleras. Lo único que tendría que hacer sería mantenerse alejado del barranco durante su aprendizaje y prácticas. Tampoco había contado, a pesar de ser hombre meticuloso, ordenado y previsor, con su propio cuerpo: el señor García era obeso, muy obeso. Y el velocípedo, según lo explicaba el manual, requería destreza en la consecución del equilibrio, fundamental para mantener la verticalidad y entonces, y sólo entonces, desplazarse sobre sus disímiles ruedas. No dudaba que la sensación sería la de volar, que andar en velocípedo produciría idéntico estremecimiento al del vuelo de una gaviota, aunque él jamás había visto una, pero así lo sugería el catálogo.

Una vez llegado al cobertizo, dejó el velocípedo amorosamente apoyado en la fachada, a modo de reclamo, abrió de par en par las puertas, sacó una de las sillas a la espaciosa acera y se sentó a esperar la llegada de los primeros interesados por el medio de locomoción que a partir de ese momento él en exclusiva representaba en toda  la comarca. El público, deslumbrado por la novedad y convencido de las ventajas de los velocípedos no dudarían en adquirirlos y consecuentemente en asociarse al Club. Su rostro, enrojecido por la caminata y el fragor de sus planes, se veía fresco como una manzana, y bajo su bigote rubio arqueado hacia el cielo, se dibujaba una amplia sonrisa de satisfacción. Cada tanto echaba una mirada a su velocípedo, una mirada celosa y embobada, comprobando que seguía allí, esplendoroso como una joya, ansiando emprender una veloz carrera.

El señor García consideró que era el día más feliz de su vida, convencido del éxito de su empresa, y de haber comenzado su definitiva realización como hombre. Suspiró pensando que estaba sentado ante su “Club”, cuyo nombre, con sólo evocarlo, lo llenaba de satisfacción. ¡Ah, si mi padre me viera en este momento –pensaba- se sentiría el hombre más feliz de la tierra! Diría: éste es mi hijo, sí señores, el orgullo de la familia, un hombre que supo ver el futuro.

Entró en al cobertizo y escribió con grandes letras en la pizarra el día señalado para la inauguración –se había concedido una semana para aprender a conducir- , sacó la pizarra a la calle y la puso de pie junto al velocípedo.

Al cabo de las horas nadie se había acercado por allí y sus pensamientos comenzaron a ensombrecerse. ¿Y si a nadie le interesaran los velocípedos? ¿Y si ni siquiera supieran de su existencia? No había reparado en este aspecto, no lo había incluido en sus planes, no había contado con la estrategia de la propaganda, tan eficaz y necesaria para llevar a buen término todo negocio. Salvo el puñado de vecinas que lo habían visto pasar desde sus ventanas, nadie conocía la existencia ni del velocípedo ni del Club Social que acababa de fundar. Y a decir verdad, tampoco había tenido en cuenta que en el pueblo existía un Casino desde antaño y en el que seguramente a esas horas estarían los vecinos reunidos en la kermese, pues era la época y la gente asistía por costumbre a estos insulsos entretenimientos en lugar de aventurarse con las novedosas invenciones… allá ellos.

Imprevistamente, el cielo encapotado, habitualmente inofensivo, comenzó a deshacerse en una fina llovizna. Se agradecía, pero allí estaba su velocípedo, recostado en la fachada y el alero del cobertizo era escaso. Rápidamente dejo la silla y se apresuró en salvaguardarlo de la llovizna, que empezaba a arreciar volviéndose intensa lluvia. Lo puso bajo techo justo a tiempo, pues al fragor de un trueno se desencadenó un aguacero como hacía años no se veía. Ahora estaba seguro de que nadie acudiría a su flamante club, por lo menos hasta que no amainara la tormenta, y reflexionó que no andaba desencaminado si atribuía a su falta de perspicacia la ausencia de curiosos o interesados: ellos sí habían percibido en el aire de la mañana el aguacero, mientras que él, con el entusiasmo, no lo había hecho. Tardó en escampar y se hizo noche. El señor García encendió las lámparas de queroseno que tenía compradas, pues hasta el Club no llegaba la luz eléctrica, y se sentó nuevamente a admirar su velocípedo, que a los destellos de las lámparas duplicaba su belleza y se volvía un exotismo. La contemplación de este milagro despejó las dudas, le devolvió el optimismo y le despertó el apetito, cuando se percató de que no había probado bocado en todo el día. Dejó el velocípedo en el cobertizo, cuya puerta tuvo especial cuidado en cerrar bajo llave y regresó a su casa.

A la mañana siguiente, no quedaba apena rastro de la tormenta salvo charcos que se esparcían aquí y allá a lo largo del camino y de los cuales emanaba un sopor casi agradable por efecto de los cálidos rayos de sol. Como era domingo no abriría las puertas del club más que para recoger el velocípedo y el manual de uso. Aprovecharía el día festivo para comenzar su entrenamiento. Llevando el velocípedo bien sujeto a su lado y esquivando los charcos cada vez más ralos, se dirigió a la planicie escogida para las prácticas. Dejó el velocípedo recostado en el tronco del único árbol que por allí se alzaba e hizo una decena de ejercicios de estiramientos de piernas y flexiones de cintura, siempre siguiendo las recomendaciones del manual. Una vez concluidos, ligeramente agitado y sudoroso, mantuvo firmemente el velocípedo sujeto por el manillar, apoyó un pié en el pedal e impulsó la pierna opuesta y el cuerpo por encima de la maquinaria. Pero no llegó siquiera la altura del sillín de cuero, perdió el equilibrio y cayó rotundamente al suelo arrastrando el invento. El señor García no era hombre de dejarse amilanar: a pesar de hallarse manchado de barro, volvió a intentarlo, una, dos, tres, muchas, muchísimas veces. En silencio, sudoroso y embarrado como un marrano, dejó el velocípedo nuevamente apoyado en el árbol y resopló varias veces antes de sumirse en la meditación que lo llevaría a descubrir las razones de su impedimento.

Estoy demasiado gordo, se dijo, y sobre este asunto no habla nada el manual de uso, ni siquiera lo alerta la publicidad en las revistas, ni en los folletos. Dos lágrimas de impotencia o de rabia se descolgaron de sus ojos, mientras sentía similar desamparo al de un chiquillo perdido entre la muchedumbre de una feria de atracciones.  Buscó en rededor con la mirada hasta hallar una piedra roma en la que se sentó para recuperar las fuerzas y el humor perdidos. Volvió a consultar el manual siguiendo paso a paso las instrucciones como en un via crucis y preguntándose en qué se había equivocado. ¿Cómo iba a convencer a los posibles clientes de las excelencias del velocípedo si él no podía conducirlo? ¿Cómo reuniría socios para el club si no les ofrecía una exhibición de muestra? Afortunadamente, solo en aquel páramo, no había testigos de su fracaso. No tenía otro camino que volver a intentarlo, perseverar día tras día hasta lograr dominar el velocípedo.

Cada mañana, cuando el sol aparecía prometiendo mayores calores a medida que entraba el verano, el señor García llegaba a la pradera con su velocípedo virgen, llevaba a cabo el elaborado ritual de estiramiento y calentamiento musculares, dejaba el manual abierto sobre la piedra en la que descansaba, consultaba meticulosamente sus páginas y se entregaba a la dura tarea, cuidando en todo momento mantener una distancia prudencial con la “Barranca de las ánimas”. Era tal su concentración, su empeño, que no se percató el día que un grupo de niños se apostó en la colina vecina desde donde seguía muy interesado sus ejercicios y prácticas, hasta que el interés se convirtió en diversión y de ésta los niños pasaron abiertamente a la burla cada vez que su obesa anatomía acababa en el suelo junto al velocípedo o encima de éste. Su reacción fue obviarlos, hacer como que no existían, pero cuando a los niños se sumaron un par de adultos, y cuando al día siguiente, estaba allí en lo alto de la colina medio pueblo matándose a carcajadas y dándole aliento medio en serio medio en burla, se sintió harto herido en su amor propio y tan humillado, que a punto estuvo de romper a llorar. Pero lejos de perder fuerza y entusiasmo, acaso para demostrarles su endereza aunque en ello se le fuera la vida, siguió intentándolo un día y otro, cayendo, volviéndose a embarrar, magullado, dolorido, reprimiendo lágrimas de furia. Por fin, una tarde, cuando ya los vecinos hartos de verlo fracasar, aburridos del repetido espectáculo prefirieron quedarse en casa, ocurrió el milagro: se sintió elevado por los cielos cuando pasó una pierna por encima del cuadrante de hierro y su enorme trasero cayó blandamente en el sillín de cuero haciendo vibrar el velocípedo, que titubeó un momento a punto de perder una vez más el equilibrio, la ansiada verticalidad, y sus rechonchos pies se afirmaron en los pedales del eje de la gran rueda delantera. El mundo parecía estremecerse a su alrededor, pero allí estaba él, sí, montado en el velocípedo, que era como cabalgar una nube en el cielo. Sin pensarlo, puso en marcha el paso siguiente, que tal como indicaba el dibujo número 4, consistía en presionar los pedales suave y rítmicamente, y mantener con firmeza el manillar. Sí, dios había obrado el milagro y rodaba, un poco en zigzag, como un niño titubeante, pero avanzaba sin perder el equilibrio. Así anduvo varios metros, con la confianza y fe recuperadas, cualquier temor a un nuevo fracaso se disipó y el entusiasmo dio paso a la fe ciega, soltó un grito de alegría, cerró los ojos y arreció el impulso a los pedales ganando firmeza y afianzando la estabilidad según conquistaba mayor velocidad. Ahora sí experimentaba exactamente qué sentía una gaviota al sobrevolar la superficie del mar: el aire en la cara, la conmovedora sensación de flotar a un metro de la dura tierra. Profirió otro grito de júbilo y abrió los ojos para mirar al suelo y verlo desaparecer detrás de sí doblegado, y a continuación, en un acto de arrojo, volvió la cabeza esperando encontrar sobre la colina a su espalda a los maliciosos vecinos y poder reírse de ellos. Pero descubrió la colina vacía y al volver a mirar al frente se encontró de sopetón con la “Barranca de las ánimas”. Cuando intentó frenar, como indicaba el paso número 7 del manual de instrucciones, era tal la velocidad que llevaba que se precipitó sin tiempo a emitir una queja, rodó en el fango unos metros y se quedó clavado al fondo. Al cabo de unos segundos que se le hicieron eternos, García sintió cómo el velocípedo, que sin perder el equilibrio, se hundía hasta dejarlo sepultado hasta la mitad del pecho. Desconcertado, su mente sólo pudo reaccionar repitiendo como si fuese un bálsamo el discurso inaugural memorizado:

“Damas y caballeros, admiradores y amantes del velocípedo…”.

A duras penas pudo bajar del sillín, dejar la ciénaga cuyo fondo era una ventosa empeñada en retenerlo en sus entrañas, impulsarse hasta la orilla y, arañando la roca, trepar la pendiente y ponerse a salvo. Pero el velocípedo quedó engullido, agarrado al fondo de la ciénaga, medio metro por debajo de la superficie espesa y hedionda, que satisfecha del festín, eructaba burbujas. Una vez fuera, andando como un autómata a medida que el fango iba endureciéndose y forjándole una coraza, llegó a su casa con la buena fortuna de no haberse cruzado con nadie en el camino, porque se había hecho la hora de la cena.

García se dejó ver poco y guardó silencio sobre lo acontecido, tampoco nadie le preguntó los motivos de su melancolía, ni por las numerosas magulladuras que todavía adornaban su frente y sus mejillas, ni por el destino del velocípedo, ni por el del club, al que rara vez habían asomado la cabeza para curiosear con gesto entre incrédulo y conmiserativo. Y se volvió un hombre triste y apocado al que era habitual verlo merodeando por el cobertizo donde al cabo de unos meses un vecino puso un criadero de puercos, si bien mantuvo el cartel en el que aún se leía: “Club Social de Velocipedistas”, pues el dueño de los cerdos ni siquiera se molestó en quitarlo cuando adquirió el cobertizo de manos del señor García por precio de ganga, en el que se incluían doce sillas de tijera, dos mesas, un armario para libros y carpetas, una caja con varias docenas de carnets en blanco, y una hermosa pizarra en las que quedaban escritos vestigios del fracaso.

Al cabo de los años, cuando pocos recordaban aquel velocípedo, el verano se declaró especialmente seco y con el calor excesivo la ciénaga de la “Barranca de las ánimas” fue mermando sus aguas grabando testimonio de su encogimiento en círculos concéntricos de barro, hasta que el fondo se convirtió en un viejo y gran plato de porcelana cuarteada. Los vecinos, poco a poco, fueron acercándose a la ciénaga e internándose sobre la superficie quebradiza para observar de cerca, entre curiosos y compasivos, una osamenta oxidada con una cabellera de líquenes marchitos. Fue como acreditar un espectro de los que hablaba la leyenda, y sólo una persona no acudió a verlo.
Ilustración: OHNE TITEL,Gustav Sievers, 1941, Sammlung Prinzhorn Heidelberg

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