miércoles, 10 de mayo de 2017

EL HUÉSPED

 
La mirada de la Gorgona produce la muerte.

Apenas había abierto la puerta y franqueado la en­trada cuando noté que alguien había estado en casa. No son en vano los años de soledad y silencio en los que uno se habitúa a reconocer de inmediato el orden de los objetos, colocados siempre en el mismo lugar, sitios rigurosamente precisos donde los objetos se afin­can como si hubieran nacido allí, y sólo admiten des­plazamientos provisionales o rutinarios, pero vuelven siempre a su lugar de origen, un lugar casi sagrado.

Son, por lo general, las llaves el único objeto que deambula, se pierde por la casa. Son las llaves lo único que no posee un sitio propio, son el objeto trashumante de este orden riguroso que rige en las habitaciones. Pero fue un cenicero (objeto también sometido a peregrinajes) el indicio de que alguien o algo había entrado en la casa durante mi ausencia. A pesar de estar en su lugar de siempre, se encontraba un poco desplazado, demasiado cercano al borde de la mesa, donde yo nunca lo hubiera dejado por temor a que se cayera. Instintivamente, lo puse en su lugar y comprobé si estaba limpio como lo había dejado la noche anterior, y como estaba esa misma mañana antes de irme a la oficina, como todos los días. Mi pri­mera reacción fue quedarme muy quieto y en silencio, para escuchar algún ruido que delatara la presencia de otra persona. Pero los ruidos eran los de siem­pre (igual que los lugares ocupados por los objetos): las pisadas de los transeúntes de la calle y el leve, monótono, ronroneo de los automóviles. Ya más tran­quilo, fui recorriendo el resto de las habitaciones bus­cando algún síntoma que me permitiera comprobar que no estaba solo, o que alguien había entrado du­rante mi ausencia. No encontré rastro alguno de intrusismo. No obstante, la intranquilidad me do­minó esa noche y me levanté varias veces para com­probar que no faltaba nada de valor, ya había verifica­do con anterioridad que las cerraduras de las puertas y las ventanas no habían sido for­zadas.

Pronto me desentendí del asunto, aunque al llegar a casa cada día, adquirí la costumbre de mirar hacia la mesita donde está el cenicero y comprobar si se hallaba en su sitio. En algunos momentos tuve, quizás, el vago deseo de que se repitiera el peque­ño incidente de cuando lo encontré desplazado.

Al regresar una noche, volví a tener la misma sen­sación de que alguien había entrado. De inmediato comprobé el cenicero, y lo encontré como siempre, limpio donde lo habla dejado la noche anterior. Me tranquili­cé e incluso llegué a sentirme un tanto avergonzado y ridículo. Y esa noche dormí sobresaltado hasta que desperté en medio de una pesadilla: me había enfrentado al espejo, como cada mañana, y descu­bría que me faltaba el rostro, que mi cara era un hue­co, un vacío o una transparencia. Al intentar palparme deseando tocarlo, notaba que mi ros­tro, poco a poco, era el rostro de múltiples hombres que, como yo, se mi­ran al espejo cada día en todas partes del mundo. A la mañana siguiente, tuve dudas antes de enfrentarme a mi rostro reflejado en el espejo empañado, hasta que al hacerlo comprobé que en la pesadilla había un fondo de realidad, pues mi cara no difería apenas a la de otros hombres que, simultáneamente, estarían haciendo 1o mismo que yo en in­numerables puntos de la ciudad y del mundo.

Antes de salir a trabajar tuve que buscar las llaves porque no recordaba dónde las había dejado. Las busqué en la sala, en la bandejita de la mesa de la entrada, luego en el dormitorio, en la mesilla de noche, en los cajones, hasta que por fin las encontré en la biblio­teca, donde había estado leyendo la noche anterior antes de acostarme y soñar la pesadilla. Era raro, por primera vez las había olvidado en un lugar de la casa que frecuento; por otra parte, el único don­de se puede ver cierto desorden provocado, justa­mente, por el uso continuado. Aunque se trata de un desorden aparente, ya que sé de memoria dónde están las cosas y en particular los libros: la biblioteca la manejo con todo conocimiento, y, si se quiere, es mi verdadera intimidad.

La pesadilla volvió al cabo de un tiempo pero con una variante: no era el espejo del cuarto de baño donde al reflejarme veía rostros ajenos, sino uno muy pequeño que tengo en una pared de la biblioteca. De inmediato me levanté y fui hasta allí a mirarme, y no vi otra cosa que mi cara abotargada por el sueño. Estaba a punto de salir de allí cuando tuve la misma sensación que ha­bía tenido cuando encontré el ceni­cero friera de lugar. Una vez más insistía el sobresalto de que había alguien más en la casa, volví a intuir con mayor fuerza otra presen­cia. Un ligero vistazo a la biblioteca me lo confir­mó: un libro fuera de su estante. Y había sido yo quien lo había retirado, llevaba años sin consultarlo.

En la oficina estuve intranquilo durante todo el día, me costaba concentrarme y a menudo me encontraba aislado de mi quehacer y sumido en pensamientos que se me imponían. No só­lo se trataba del cenicero y el libro fuera de sus sitios, se sumaba la pesadilla del espejo y la casi total segu­ridad de que no eran imaginaciones mías, sino que había una presen­cia real ocupando mi casa en mi ausencia. Y esa tarde, al llegar, fui directamente a la biblioteca con la absoluta certeza de que volvería a encontrarme con el mismo libro fuera de su estante, donde yo había vuelto a colocarlo de inmediato. En la mesa auxiliar que hay junto al sillón de lectura, el libro parecía haber sido abierto por las primeras páginas, como si acabaran de leerlo. Volví las hojas una a una buscando huellas de su lectura, pero no hallé más que mis propias notas, mi escritura minúscula y desarrapada en los márgenes. Hice un recuento minucioso de mis amistades y ninguna de ellas tenía copia de las llaves, con lo que descartaba la posibilidad de que alguien me gastase una broma. Motivos como el robo los había excluido hacía tiempo, pues no faltaba nada ni las cerraduras tenían seña­les de haber sido forzadas. No era otra cosa que este li­bro que tendía a abrirse levemente en la página seten­ta y seis. Ya no me sorprendí, al día siguiente, cuando descubrí que se desplegaba ligeramente una docena de páginas más adelante. Además, me sentí íntima­mente halagado conociendo que él compartía mis gustos literarios. Pronto no me fue necesario encontrar libros en des­orden para saber que él había estado en casa. Y a este libro le siguieron otros que también coincidían con mis gustos, lo que despertó aún más mi curiosidad por el huésped furtivo y todo temor o inquietud hacia él desaparecieron. Quería saber quién era, quién se apropiaba de mis libros y de mi casa durante mis ausencias, y busqué la forma de comunicarme con él. En un trozo de papel escribí: "me gustaría conocerle personalmente". Y lo metí entre las páginas del libro que el huésped estaba leyendo. Y esa tarde misma tarde creo recordar que me escapé unos minutos antes de la oficina para llegar a casa lo antes posible, ir corriendo a la biblioteca y abrir el libro, con la esperanza de hallar respuesta. Mi decepción fue enorme cuando no encontré nada entre sus páginas. Desesperé pensando que él podía ha­berme abandonado, intimidado por mi aventurada ac­titud, acaso sintiéndose descubierto y considerando su presencia en mi casa como un delito de allanamiento de morada. Y esa noche, una vez más, la pe­sadilla acudió a mi sueño, y él dejó de venir. Me arrepentí entonces de mi temeridad, porque creí haberlo perdido para siempre y revolví de arriba a abajo las habitaciones y en especial la biblioteca buscando algo que me hiciera creer que seguía viniendo pero se cuidaba muy bien de dejar huellas de su presencia. Las pequeñas sorpresas cotidianas cesaron, ya no volví a encontrar ni libros fuera de los anaqueles, ni páginas que se abrieran por el uso. También dejó de asaltarme la pesadilla del espejo y los rostros furtivos que reemplazaban al mío. Digamos que todo volvió a la normalidad, al orden, a la desencantada rutina.

Había vuelto a acostumbrarme -y no sin dificultad- a la soledad y sosiego habituales de mi casa, hasta una tarde en que no recuerdo por qué razón, volví antes de mi hora. Fue abrir la puerta, poner un pie dentro, y darme cuenta de que él había vuelto. Lo primero que hice fue mirar la mesa donde está el cenicero, esperando encontrarlo fuera de sitio, pero allí seguía el cenicero, donde yo lo había deja­do. Dudé antes de entrar en la biblioteca, pues tuve la corazonada de que lo encontraría allí, leyendo no sé qué libros, interrumpida su lectura por mi inesperada llegada, quizás tanto o más sobresaltado y ansioso que yo. Creí oír una respiración que no era la mía propia, y sin pensarlo más volví sobre mis pasos, abrí la puerta de calle con inesperada firmeza y salí. Temí haber­lo asustado violando su intimidad tanto como él había violado la mía propia, tanto como yo me había asustado de él los primeros días, y deduje que ambos experimentábamos en aquellos momentos vivencias paralelas. Finalmente y luego de haber dado unas vueltas a la manzana, decidí volver a mi casa. El corazón me latía con inusual violencia cuando introduje la llave en la cerradura, y al abrir la puerta, carraspee antes de entrar, como anunciándome y dándole tiempo a que se marchara o, al menos, para que no lo sorprendiera mi regreso, pero supe enseguida que él ya no estaba en la casa, que durante mi breve ausencia se habría marchado

A partir de entonces no dejó ni de venir ni de leer mis libros (que ya no eran tan míos). Yo nunca regresaba antes de lo habitual para no romper esa espe­cie de acuerdo tácito que nos unía y a la vez nos impedía coincidir, en­contrarnos y vernos las caras. Fueron unos cuantos los libros en uso. Al aparente des­orden habitual en aquel cuarto amplio, se agregaba uno más, apenas apreciable: a veces era una acotación al margen de una página, o una página plegada en una esquina como un punto de lectura. Y estas señales, ajenas a mí, a menudo se confundían con las que yo dejaba, y no fal­tó ocasión en la que se mezclaron nuestras lecturas y cada uno de nosotros continuó leyendo lo que el otro había empezado. Al poco tiempo comencé a ausentarme también los sá­bados y domingos, con la expectativa de que él acudiera a casa como lo hacía el los días de diario. Me iba a dar un paseo, a caminar sin rumbo por las calles, me metía en un cine y veía una película a la que no atendía, me sentaba en el banco de un parque y observaba las palomas. No tardé en descubrir que él había comprendido mis intenciones y aceptaba el juego. Pronto nos acostumbramos a esta nueva modali­dad y me llenaba de gratitud y alegría llegar a casa y encontrarme con un nuevo indicio de su presencia.

Un incidente ajeno como la lluvia nos unió para siempre. Como un domingo más, yo había ido a dar un paseo a la hora convenida, cuando me vi forzado (quizás lo deseaba) a regresar ante la ausencia de una marquesina o un paraguas que me cobijara. Y entré con tal precipitación, que no le di tiempo a irse.

Él estaba allí, en alguna de las habitaciones, la más probable era la bi­blioteca, según la costumbre. De inmediato lo supe re­fugiado en el dormitorio, podía percibir su respi­ración contenida y los latidos de su corazón tan sacudido como el mío. No tuve el coraje de entrar, tampoco él de salir a mi encuentro. Mi primer impulso fue coger un paraguas del paragüero, intentando con esto justificar mi presencia, y volver a salir de inmediato a la calle.

Habla de­jado de llover y el cielo estaba ahora despejado y de un azul intenso y luminoso.

Confieso que cuando regresé temía no volver a sen­tirlo cerca de mí jamás. Al día siguiente estaba aturdi­do, quería quedarme a esperarlo para pedirle perdón por haber roto nuestro pacto. Pero pudo más mi cobardía y no me atreví más que a dejar una nota entre las páginas del libro que él estaba leyendo en la que, con palabras llenas de torpeza, me disculpaba. Enseguida me pareció una estupidez y la rompí, y acto seguido redacté otra que también destruí de inmedia­to.

Creo recordar que hubo unos días en que no vino, y si lo hizo, tuvo especial cuidado y no dejó rastros de haber estado. Fueron días sombríos, en los que me vi al borde de la desesperanza, en los que la soledad volvió a rodearme con su muro insalvable, y los sueños (aquellos del espejo) volvieron a asaltarme.

Me vi obligado a tomar una decisión, y entre la añoranza o asumir la nueva soledad, opté por volver a mi vida habitual, a la soledad, al silencio y quietud que antes tanto había estimado. Retomé mis costum­bres y dejé de ausentarme sábados y domingos, volvía a encontrar consuelo en la lectura, como siempre había sido. Y fue entonces, no sé de que manera y por qué razones, que él volvió. Comprendí por fin que él no quería nada concreto ni especial de mí, únicamente pretendía que yo no cambiaria mi vida por la suya, puesto que él tam­poco cambiaría la suya por la mía.



Con el tiempo fuimos habituándonos a los cambios, pro­gresivamente nos amoldamos el uno al otro y las pequeñas cosas fuera de lugar dejaron de ser consideradas como imprevistos o anomalías para convertirse en una rutina más. Ahora no es necesario que me vaya de casa para que él venga a leer como siempre lo hizo, es más todavía, está siempre en casa. No obstante, ambos respetamos en parte aquel antiguo pacto. Si uno de nosotros se halla en determinada habitación, el otro no entra a ella. Nuestros espacios se hallan perfecta­mente delimitados -igual que el espacio que ocupan los objetos- nues­tros recorridos nunca son los mismos ni coinciden jamás. Pe­ro a veces 1o presiento a mi espalda, muy cerca de mí, casi podría decirse que percibo su respiración y la temperatura de su cuerpo. En esos momentos, el deseo de volverme y mirarlo, de verla la cara, de decirle algo, es casi irresistible; pero me con­tengo, me contengo pensando que si viera sus ojos tantas veces imaginados, él podría abandonarme para siempre. 

De "Transgresiones", ediciones Noega, Asturias, 1983 y Alción Editora, Argentina, 1987. Ilustración Norberto Luis Romero para la edición Italiana "Un re capriccioso e indolente",  (eBook) edición y traducción de Marta Graciani, Silvia Pellacani y Valentina Volpi. Dragomanni, Italia, 2014

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