miércoles, 17 de mayo de 2017

EL MAR EMPECINADO



Alguien que en alguna ocasión había estado cerca del mar le había traído una caracola.
Había imaginado el mar cientos de veces; muchas tardes de otoño, sentado en la butaca de enea bajo una higuera, en el fondo de la casa. En su mente elaboró las olas, la superficie encrespada de las aguas que se asemejaba al ganchillo tejido por su abuela, les otorgó un cuerpo a los peces ciegos y luminosos que aguardan en el silencio de las profundidades, imaginó las algas arrastradas a la orilla, maltratadas por el reflujo de la marea nocturna. También conjeturaba gaviotas cayendo en picado sobre los peces que circulan junto a la superficie, y los vientos olorosos a salitre y pescado que azotan los puertos.
Una cigarra chasqueó al posarse en una rama de la higuera, sobre su cabeza, se quedó inmóvil y oscura. Enseguida cantó. El hombre regresó al valle, volvió a sentir el aire seco y ardiente de las montañas y a lo lejos cantos de gorriones, a esas horas en que todos dormitaban, en que el pueblo parecía claudicar de cansancio dispuesto a dejarse llevar por una dulce molicie hasta que el calor de la siesta no acabara.
El ruido del mar está en las caracolas -recordó la frase apuntada en algún cuaderno de colegio-,  y el ruido del mar, se dijo,  es lo único que no puedo imaginar. Lo intenté varias veces, pero todo este bullicio de cigarras y pájaros, o el silencio rotundo de la siesta me impiden concentrarme. Mi abuela, que era gallega, me hablaba del mar, de centollos pescados con sólo estirar una mano, de marineros curtidos que no tenían otro amor más que el mar. Pero ella lo llamaba "la mar", así, en femenino, con un deje evasivo, como si hablara de otra mujer.
El hombre estuvo mucho tiempo observando el estuche nacarado, que olía ligeramente a sal y a iodo. Los caracoles que él conocía sobradamente eran pequeños y blancos, aparecían una vez que escampaban las tormentas de verano, y eran tan frágiles que se rompían al tocarlos. Y no olían a nada. Miraba la caracola y metía un dedo dentro del helicoide comprobando hasta dónde le llegaba. La escrutaba a contraluz intentando desentrañar aquella arquitectura donde, más allá de la abertura, las volutas se replegaban una tras otra impidiéndole ver el final del cono.
A lo mejor el bicho, fuera del mar, se mantiene vivo, refugiado en los últimos repliegues, oculto a las miradas y a mi dedo hurgador. Y el temor a que el bicho, como le llamaba, estuviera allí, le impedía decidirse acercarse del todo la caracola al oído.
¿Y si sale y me muerde la oreja?
 Pudo más la curiosidad, cerró los ojos y se cubrió de lleno con la caracola una oreja: Oyó los sonidos habituales, ahora ahogados, los pájaros, los tercos élitros de las cigarras, el silencio del aire cuando reverbera en la siesta caliente. Pero al rato, y al ver que nada le mordía la oreja, comenzó  notar una especie de viento lejano, y enseguida llegó el ruido del mar; las olas avanzando impetuosas y deshaciéndose en la arena de la playa. Abrió los ojos y volvió a mirar detenidamente la embocadura de la caracola, confundido y con una sonrisa socarrona.
Se pasó casi todo el día con la caracola pegada un rato en la oreja derecha y otro en la izquierda, probando con cuál de ella oía mejor en mar. Volvió a estudiar su aspecto externo y por dentro hasta donde llegaban sus ojos, con una expresión parecida a la de un niño cuando planea destripar un juguete.
Al llegar la noche se decidió a dejarla en una mesa de cristal, boca abajo, junto a un libro que hablaba de navíos y borrascas. Esa noche soñó con barcos que surcaban un mar turquesa y vio las aguas con mayor precisión que otras veces en sueños similares.
A la mañana siguiente (aún tenia vivo el recuerdo del sueño), saltó de la cama y desnudo bajó al la salita y lo primero que hizo fue buscar la caracola para comprobar si el sonido del mar se parecía al del sueño. La había acercado al oído cuando lo sorprendió una tenue mancha de vaho en el cristal:
El vaho es la resultante de la condensación de la humedad del aire ante dos temperaturas opuestas, pensó.
Había cierta tibieza dentro de la caracola (¿o a él se lo parecía?). Vapor condensado por el contacto de la superficie fría del cristal. Era una humedad que durante la noche había avanzado lentamente desde el vértice interior de la caracola avanzando por las volutas hasta salir por la embocadura.
El bicho respira porque confunde el cristal de la mesa con el agua, del mismo modo que las moscas confunden el cristal de las ventanas con el aire. Con la punta del dedo dividió el vaho en dos mitades. Se llevó esa humedad a los labios: era salobre como lo había temido: como el agua de mar.
Las caracolas retienen como un recuerdo yodo y sales marinas en su interior, y el bicho se alimenta de ese recuerdo de infancia, se dijo.
Fue perfeccionando su oído, sobre todo el izquierdo, y aprendió a descifrar el ruido de las olas y a diferenciar las mareas; a veces era un rumor apagado proveniente de las corrientes profundas y frías, en otras percibía la fauna silenciosa y voraz que se desplazaba hambrienta a ras del fondo oscuro. Cuando el poder de evocación de la caracola era tan fuerte, el hombre se estremecía; el misterio del mar se le revelaba con un sonido que empezaba a lo lejos e iba acercándose, zigzagueando por la geometría voluptuosa.
Una mañana, por primera vez oyó gaviotas; estaban mar adentro, pero a pesar de la distancia las oyó claramente. Después se alejaron hasta que dejó de oírlas, -las gaviotas son cañoneras aunque parezcan aves inofensivas y tristes; pierden su belleza y dignidad cuando se precipitan hacia un pescado y lo desgarran-, quizás no le gustó lo que vio, porque no volvió a oírlas. En cambio, había días en los que podía oler, si metía la nariz en la boca de la caracola, el ozono de las tormentas y la sal y, a veces este olor era tan intenso que creyó que toda la casa olía a puerto, o bien que el salitre formaba una tenue película blanca en los muebles cercanos a la caracola. -El mar está en las volutas más recónditas; en aquellas más estranguladas, donde se encuentra el corazón palpitante del molusco. Si hiciera un agujerito en la punta podría ver la mar...
Pero no se atrevió. Especular en la mejor forma de horadar la concha le produjo escalofríos, porque sintió que era violar la intimidad del animal y también la soledad del mar -será mejor que espere. Será la mar quien decida.
Y el mar decidió.
Decidió el día en que no fue un borrón de vaho lo que apareció bajo la caracola sino una mancha de agua que se alargaba en un hilo por el cristal de la mesa, llegaba hasta el borde y goteaba en la alfombra.
Es el mar -se dijo-, es "la mar",  que viene a mí encuentro. Y tomó la caracola entre su mano. Un chorrito fino se deslizó por el antebrazo hasta en el codo y cayó al suelo donde dejó un circulito.
Ya no salió más agua de la caracola, quizás porque el mar no deseaba manifestarse ante el hombre, que no comprendía aquella súbita decisión.
Habrá bajado la marea en el momento justo en que la tomé en mi mano. No, no es la hora, por el contrario ahora es cuando la marea está alta- y se observó el antebrazo para verse la huella. Debió de ser el estertor de una última ola al retirarse mar adentro.
Limpió el charquito de agua con un trapo y lo escurrió luego en un frasco, por si acaso el mar no volvía a aparecer y la caracola se secaba definitivamente. Tendría el agua para siempre consigo como testimonio del querido mar.
Antes de dormir, miraba la luna por la ventana; la luna redonda, grande y luminosa; la luna madre del mar, una madre que no abandonaba jamás a su hijo, que lo regía a su antojo gobernando las mareas y el ímpetu de las olas. El mar era sumiso, a veces tembloroso e incapaz de enfrentarse a su caprichosa madre luna. Por eso se refugiaba en los intersticios de la caracola y  esperaba el amanecer y la luz del día para manifestarse a su antojo, libre de la tiranía. Y cada mañana el mar salía al encuentro del hombre y le entregaba una señal de confianza y amistad; le daba un poquito de sí mismo que escogía al azar.
Una mañana hubo un ruido inusual en la sala y el hombre bajó de inmediato. En el suelo había una copa rota: aún basculaba sobre la curvatura el trozo mayor de vidrio. Recogió los añicos y los tiró a la basura. Agachado ante el cubo, oyó un aleteo a su espalda y el ruido ofensivo de otra copa estrellándose en el suelo. La ventana estaba abierta y una gaviota dormitaba en un entrepaño de la vitrina, acurrucada entre la cristalería. Intentó acercarse y el animal echó a volar torpemente, se dio contra las paredes y el techo blancos hasta que por fin atinó con la ventana. El hombre miró entonces la caracola que había dejado sobre la mesa y la vio llena de agua hasta el borde. La superficie del líquido vibraba formando anillos concéntricos, como si a1guien acabara de arrojar algo dentro. En el fondo vio unos granitos de arena.
El mar ha vuelto, pensó.
No volvió a tocar la caracola, decidió únicamente observarla, a ser posible desde una distancia prudencial para no intimidarla. La superficie del agua palpitaba a menudo, y el se estremecía y contenía la respiración.
Pocas veces olvidaba la presencia de la caracola, pero cuando ocurría, ésta lo sorprendía manifestándose con mayor fuerza que la habitual, dándole lo mejor de sí misma, incluso dejándole ver sus secretos y misterios. Una tarde, mientras leía un viejo libro de un marino loco, notó frió en los pies. Era agua. Oscuros regueros se extendían por el suelo de baldosas. Instintivamente levantó los pies y el líquido, con un amago indolente, igual que un beso distraído, quiso retenerlos y se agitó contrariada. En cuclillas sobre la silla y con el libro en sus manos, miró el agua sin comprender nada. Un pececito de no más de un centímetro, se acerco torpemente hasta una pata de la silla y dio una vuelta alrededor.
El mar no tenía miedo, el hombre si. Temía a ese ser que parecía ofrecérsele exclusivamente, en la intimidad de la casa, otorgándose a trozos, con cierta reticencia para encender aún mas el deseo. -Donde hay un pez hay otro y donde hay peces hay algas. En uno de los armarios había, efectivamente, algas ciñendo el tirador de las puertas. También las había amontonadas en los esquinas de la habitación y trepaban las paredes allí donde el agua latía levemente.
No puedo pisar el mar, dijo el hombre. Y se puso de pié en la silla. Abajo se agolpaban otros peces pequeños, algunos coloridos y pacíficos, otros voraces, que perseguían al resto. Algo le rozo un hombro y se asustó; era un albatros que se abalanzaba como una saeta sobre los peces; pero el mar no era aun lo suficientemente profundo y ave se estrelló en las baldosas. Atontado, se incorporó y a saltos fue a subirse a la mesa.
Tengo la mar... La mar de la que me hablaba mi abuela, pensaba mientras saltaba de la silla a la mesa donde estaba atontado el albatros, que a regañadientes y dando tumbos se sentó en el pasamano de la escalera. Desde el rincón formado entre el aparador y un macetero, un pez obeso, plateado, observaba todo con ojos saltones y llenos de indulgencia. En una frutera de porcelana un pájaro blanco de pico amarillo construía su nido con trapos. El hombre saltaba de silla en silla procurando llegar hasta el armario, aún libre, mientras abajo el mar crecía gradualmente.
Por fin llegó a un sillón donde dormitaba una tortuga, que al ver invadido su sitio, se retrajo dentro del caparazón y pareció incompleta como un juguete mutilado. Se sintió bastante cómodo junto a la tortuga, aunque era el animal menos marino de todos, compartía la tierra y el agua, como él. Por fin la tortuga asomó la cabeza, miró hacia todos lados y bostezó profundamente. El mar le resulta aburrido, pensó, y algas y diminutos cangrejos viviendo en el caparazón del quelonio. Un pájaro puso un huevo dentro de un plato de loza, hizo un ruido seco y se partió derramando su contenido amarillo, que de inmediato fue devorado por otros pájaros.
Comenzaba a anochecer. Tenía frío. El agua golpeteaba contra los muebles y movía ligeramente las cortinas empapadas por las que trepaban innumerables moluscos de muchas patas. Tengo que subir a mi dormitorio antes de que suba la marea. Mañana abriré puertas y ventanas para que salga el mar, y de un salto alcanzó la escalera y se agarró al pasamano. Se consideró más seguro; desde allí podía ver casi todo el mar y también la caracola, impávida sobre la mesa, surtiendo agua. Un cangrejo subía con cierta dificultad los peldaños -va al dormitorio- pensó -no me gusta nada que los cangrejos se metan en mi cama - y de un salto cubrió los pocos peldaños que conducían a su habitación. Cerró con llave.
Para el agua no hay cerrojos; lo supo al día siguiente, cuando se encontró en la cama a la deriva. A sus pies anidaba una gaviota que se amedrentó, temerosa de que atacara a sus crías hambrientas. Muy quieto, esperó que la gaviota lo ignorara y decidiera irse en busca de comida para su prole. La brisa marina le daba en el rostro. Al otro lado de la puerta podía sentir las olas y el piar lastimero de más aves. El mar, allí abajo, en la sala, lamía los cuadros y los decoloraba. En un rincón del dormitorio se levantó un tifón minúsculo que avanzó a lo largo de la pared, en el vórtice se debatían diminutos peces y los pétalos de una flor arrebatada a un vaso. Así se le entregaba el mar esa mañana.
Remando con las manos dio unas vueltas con la cama por la habitación, mirándolo todo como por primera vez, las ventanas eran abismos por los cuales se precipitaba el agua; las paredes azules eran cielo; los cuadros rectángulos de costas exóticas. Navegando salió al pasillo y desde allí se dirigió hacia otros cuartos buscando tierra firme, porque el agua no cesaba de subir y ya se daba con el quicio de las puertas. El techo de un voluminoso aparador trinchante que sobresalía unos centímetros del agua donde había un florero con rosas marchitas se le antojó un islote, donde puso sus pies y se mantuvo a salvo, acuclillado, pues apenas disponía de unos setenta centímetros de altura.
Toda la casa está llena de mar. Soy el único elemento ajeno a su naturaleza líquida, dijo el hombre, y terminará ahogándome, convirtiéndome en finísimo plancton,  sitiado como estoy, encaramado a aparador, sin poder alimentarme. Y tuvo hambre y sed por primera vez.
A través del agua encrespada veía allí abajo la sala comedor, la veía aplastada y ondulante como un espejismo surcado por inquietos cardúmenes plateados. En un extremo estaba la puerta de la cocina cerrada y recordó los alimentos, que probablemente habrían sido devorados por los peces. En ese momento se vio de niño chapoteando en el río de su pueblo, el agua cristalina y fresca lamía las ramas tristes de los sauces llorones, los guijarros redondos parecían moverse contra corriente como salmones buscando desovar, otros niños nadaban y se arrojaban de cabeza al agua desde lo alto del puente. Él no. Cuando volvía, hambriento, su madre le preparaba apetitosos sándwiches con abundante mantequilla y le decía: “el agua cansa y da hambre”. Y ahora tenía un hambre igual a la de antaño. Podría rescatar de la cocina latas de comida y bebidas embotelladas, traerlas a su pequeña isla aparador, como un Robinson. Mientras especulaba sobre su futuro inmediato y cómo subsistir, la cama se había alejado por el pasillo y se hundía encallada en un baúl; la almohada sobresalía del agua como una inmensa burbuja blanca. Se quitó el pijama empapado y un alga verde y babosa enredada en los dedos de los pies se contrajo, y su cuerpo, desnudo ahora, se estremeció al contacto con la brisa marina. Metió un pié en el agua y comprobó la temperatura: estaba fría y la piel se le puso de gallina. Se armó de valentía y lentamente fue sumergiéndose, la piel se erizaba centímetro a centímetro con cada ola que lamía su cuerpo. Pronto descubrió que más abajo el agua estaba cálida y esto le animó a sumergirse completamente. Con los ojos a ras del agua columbró el horizonte rectilíneo y cuadrangular que contenía este mar cúbico. Los peces rozaban su cuerpo, algunos se atrevían a morderlo ligeramente como si quisieran robarle trocitos diminutos de piel. Cuando decidió sumergirse completamente, el silencio fue absoluto; el silencio en el fondo del mar era mayor que el silencio del aire en las siestas, sólo los latidos de su corazón se transmitían por el líquido, y pensó que tal vez los peces no tuvieran corazón, pues no los oía latir a pesar de estar rodeados de ellos. Nadó escaleras abajo y atravesó la sala de estar, que vista desde dentro del agua recuperaba la quietud, aunque no su perspectiva. El agua lo distorsionaba todo como una enorme y espesa lupa. No se sorprendió de la agilidad con la que se movía dentro del agua: había recuperado la memoria de su niñez y nadaba como en el río. Dio vueltas por la sala, vio las cortinas granate como dos inmensas algas custodiando el campo y los árboles, al otro lado de los vidrios, como un  inmenso terrario. Entonces se apresuró a cerrar las cortinas para que nadie descubriera el mar que poseía, y al hacerlo, el agua se tiñó de rosa y la fauna marina confundió el color con el ocaso, y los peces se recogieron dispuestos a dormir bajo los muebles y en los cajones. El hombre fue inspeccionando la sala detenidamente: vio un coral enorme y rojo en la repisa de la chimenea, y a su lado una ostra gestaba una perla imperfecta de una miga de pan. Los cuadros, desteñidos y arrugados, se llenaban de lapas; la mesa y las seis sillas de roble se descoyuntaban como animales muertos, hinchados: la vajilla asomaba sus cantos carcomidos, hundidas entre los pliegues de las alfombras persas camufladas como pulpos y rayas. Cientos de libros con las páginas abiertas ondulaban como anémonas ilustradas. Sobre una mesilla que asomaba entre corales, el teléfono era un molusco amenazante. Llegó a la cocina, donde se refugiaban peces como globos que huyeron al instante. Apartando una densa empalizada de algas, se abrió paso hasta el frigorífico y lo abrió. Una inmensa burbuja de aire helado llevando en su interior manzanas y naranjas, subió a la superficie y reventó junto a la lámpara. Recogió unas botellas y las frutas que no habían escapado y nadó hacia la alacena donde sólo encontró intactas las latas de atún y de caballa. El hombre sonrió ante aquellas latas apiladas, que se le antojaron diminutos ataúdes.
Varios días estuvo recorriendo la casa en busca de comida y algo que pudiera serle útil para sobrevivir en ese mar. Pronto se le agotaron las conservas y decidió pescar, pescar peces y mariscos. Bebía agua del grifo que se contaminaba con el agua salada. Extrañado, llevó sus dedos detrás de las orejas y palpó sendos surcos palpitantes, apenas insinuados.
La mar me considera uno de los suyos; nada puedo temer, se dijo.
El mar lo recogía en el regazo de la casa inundada. Sólo una precaución: cuidarse de los peces voraces y sanguinarios que habitaban en el cuarto de baño. Los observaba a través de la puerta de vidrios esmerilados y a pesar de la opacidad los veía abrir la boca y en ella distinguía la doble hilera de afiladísimos dientes.
Aprendió a dormir dentro del agua, recostado sobre una mesa que cada noche despejaba de almejas y aburridos galápagos. Su cuerpo iba adquiriendo una textura lustrosa y una trama minúscula de escamas. Le gustaba estar horas cerca de las ventanas, ahora tintadas del verde de las algas adheridas a los vidrios, y quedarse observando los destellos de su propio cuerpo cuando la escasa luz del sol atravesaba los microscópicos prismas de su piel. Así hubo de acostumbrarse a pasar las siestas; absorto en la contemplación de sus miembros marinos, imaginando nereidas, ondinas, hipogrifos y tritones fabulosos, jugando a malabares con burbujas que salían de su boca.
Pero un día, involuntariamente, evocó las siestas con cigarras y pájaros, con higos madurando cercanos a un cielo y un raro impulso le llevó hacia arriba, a buscar la superficie donde empezaba el aire. Dio con la cabeza en el techo del salón y a punto estuvo de saltarse un ojo con el pulpo de bronce de la lámpara. Supo entonces que el mar había rebasado los límites de las habitaciones, quizás los de la casa, del jardín y del mismísimo pueblo. Imaginó otros hogares donde hombres y mujeres vivirían como él, y aventuró las siestas calurosas inundadas, las cigarras cantando bajo el agua, los árboles frutales disputando el sitio a los corales, imitando torpemente el vaivén de las algas, el aire de la siesta reverberando contra un horizonte líquido. Desde lo alto miró el fondo del mar buscando entre toda la fauna y la flora aquella que había que en su interior le había regalado al mar, pero sus ojos se volvían torpes y se confundían entre cientos de conchas y caracolas.
Se sumergió buscando las ventanas que le permitieran verificar la existencia del mundo del aire y los pájaros: apenas débiles rayos de luz le permitieron entrever el día, y furioso, con sus manos comenzó a arrancar las algas de los cristales. Los peces se espantaron al punto de que los más voraces olvidaron sus presas y huyendo se escondieron detrás de las butacas. Los moluscos se enterraron en las alfombras podridas. Las medusas se cerraron como flores ofendidas, con un golpe de mandíbula las valvas espantaron los cangrejos…

Y el mar fue retirándose lentamente, fiel a su propio ritmo, con la misma pereza con que se disuelven las mareas. El hombre volvió a sacar la cabeza fuera del agua y a sentir nuevamente la vieja sensación del aire respirado. Se palpó en el cuello las agallas que temblaban torpemente y sintió las escamas de su piel erizarse al contacto con el aire. Se miró las manos por última vez: las abrió y cerró varias veces extendiendo los dedos separados por cuyas membranas rosadas la luz se tamizaba. Se vio inmerso en un remolino cuya fuerza lo impulsaba hacia el fondo como si se introdujera en el helicoide de una caracola. Sintió una dentellada certera en su costado, y el agua impulsó hacia el cenit burbujas del color de la sangre.
Antes de hundirse en lo más profundo oyó el fragor de las cigarras en lo alto, aferradas a las ramas de los árboles frutales.

© norberto luis romero, 2017 (Del libro "El hombre en el mirador", ed Progreso, México,  2008

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