miércoles, 3 de mayo de 2017

Simetrías (cuento)

Pobres. Tantos años sin traspasar las puertas de es­ta casa; sin ver a nadie más que a mí. Sin conocer ni percibir la existencia de otra vida exterior, del otro lado de los cristales de las ventanas, del extenso jar­dín, de los árboles y la verja de hierro. Cerca de cua­renta años ignorándolo todo; viviendo de esta forma ficticia en esta casa, que es como un mundo de menti­ra, como una casa de juguetes, de muñecas.
No habíamos creído que vivirían mucho tiempo. Incluso los doctores y especialistas que las atendie­ron apenas nacidas, y la propia partera que sabía mu­cho de esas cosas, no les daban más que unos meses de vida. Nos equivocamos todos. Y hasta hubo un tiempo en que creí que serían eternas, me sobrevivirían y me enterra­rían.
Su padre era el único que tenía fe; al fin y al cabo eran sus hijas y las quería con verdadero amor. Qui­zás ese profundo y doloroso amor, tal vez sus ruegos y su llanto, las salvaron de la muerte cuando eran pequeñas y débiles; más indefensas que cualquier otra criatura en el mundo. Hubo momentos en los que me sorprendí pensando si no hubiera sido mejor que Dios se las llevara al nacer, como hizo con la madre, que no tuvo que sufrir la compasión de na­die, que murió inocente, durante el parto y sin ente­rarse de nada. No llegó ni siquiera a verlas y no tuvo que padecer lo que su padre y yo sufrimos.
Y ahora me parece mentira que no estén aquí. No puedo creer que ya no volveré a verlas sentadas en la silla sin respaldo, bordando todo el tiempo y riñendo entre ellas: que si me has deshecho esta guirnalda, que si tu tienes la culpa de que me haya equivocado en los azules, que si me has roto la aguja...
Pero en el fondo se querían y no podrían haber vi­vido separadas. Se necesitaban tanto como me necesi­taron a mí; ¿Quién, sino su tía, las quiso tanto y las cuidó procurando que no les faltase de nada a la muerte de su padre?
Ellas casi no se acordaban de él: apenas tenían tres años cuando lo perdimos. Pobre, fue el corazón. Siempre había estado delicado y desde que ellas na­cieron trabajó demasiado. Qué paciencia tuvo. No se podría pagar ni con todo el oro del mundo lo que luchó por ellas para hacerles la vida más fácil, menos dura. Las horas que pasó en su laboratorio haciendo trucos para el álbum de fotos de familia, para que las pobrecitas no se dieran cuenta de nada. Siempre previendo que algún día que­rrían mirarlo como hacen todos los niños y también los mayores. Pasaba muchísimas horas, durante días, encerrado en la oscuridad, metido entre esos negativos, oliendo y respirando líquidos apestosos, invirtiendo fotos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, revelando y copiando. Cuando bajaba para comer le costaba adaptarse a la luz y andaba un rato tropezán­dose con los muebles.
Siempre me mostraba los trabajos cuando los daba por terminados; ya hechos los retoques en los menores detalles. Yo hubiera preferido no verlas nunca... pero era tan bueno ¿cómo iba a decirle que no me gustaban, que me parecían monstruosas, que no se podían hacer esas cosas con las fotos de los parientes y menos aún con las de su mujer, aunque todo su sacrificio fue­se por el bien de las niñas? Pero lo cierto es que me daba una inmensa tristeza mirarlas, y muchas veces me quedaba como un vacío en el estómago; como una an­gustia.
Cuando terminó de hacer el álbum no volvió a pisar el laboratorio y lo clausuró. No he vuelto a subir allí desde que murió. Y ahí estarán todos aquellos líqui­dos, aparatos y también los negativos. Si no los que­mó; por si acaso.
Hubo ocasiones en que hubiera querido decirle que no me parecía bien lo que hacíamos por las niñas, no sólo por lo del álbum; no se las podía tener enga­ñadas toda la vida. Creo que nunca se lo dije por dos razones: primero, porque no me resignaba a creer que pudieran vivir mucho tiempo -a pesar de que las veía crecer día a día fuertes y saludables-; me aferraba a lo que los médicos habían dicho. Y segundo, porque me apenaba destruirle la ilusión y el cariño con que hacía todo eso.
Me dolió desprenderme de los libros (como cuan­do lo de los espejos), porque eran herencia del abuelo que había si­do naturalista, y sólo quedaron unos pocos. Ni sé la de veces que los revisó hoja por hoja, para que no se nos pasara por alto ningún detalle. Arrancaba, con cuidado para que no se advirtiera, las láminas que no le parecían convenientes para las niñas; y al final sólo quedaron intactos los atlas y los tratados de botánica y entomología. Los libros de his­toria fueron los más mutilados, casi reducidos a la mi­tad de su tamaño; otros, como los de anatomía, los quemó íntegros.
También en un principio fue duro vivir sin espejos. Luego me fui habituando; pero no pude resignarme del todo a no verme de cuerpo entero. Si ya ni recuerdo cómo soy. Siempre mirándome en el peque­ñito, en el de mano que tengo escondido en un cajón de mi cómoda. Pero estoy cansada de verme a trozos, co­mo si yo fuera un rompecabezas. Lo primero que haré cuando se las lleven será comprar espejos, los más grandes que encuentre, y también sembraré flores en el jardín y llenaré con ellas los floreros de toda la casa.
Si hasta me parece estar viéndolas bordar y oyéndolas discutir con sus voces agudas. Quietecitas, sentadas cerca de las ventanas que dan al jardín posterior, con sus canastillos sobre el regazo, repletos de bobinas y carretes de hilos de todos los colores.
Cuando ya no estén tendré que ventilar toda la casa para que se vaya este olor a cera que llena las habita­ciones, sube las escaleras y se esparce por los cuartos clausurados y el laboratorio. Ellas jamás se movieron de la par­te baja de la casa; no sentían apenas curiosidad por nada, y les hubiera resultado dificultoso subir las esca­leras sin ayuda.
Dios -o quien quiera que sea- nos arrebata a los que amamos sin pedirnos opinión ni advertirnos previamente. Ellas se olvidaron, o no quisieron avisar­me que se les estaban acabando los hilos de bordar, y yo tampoco me di cuenta. Ayer estaban tan tranquilas, casi no discutieron en todo el día, y parecían más entusiasmadas que nunca con sus labores, dale que te pego a las agujas todo el día, déjame el hilo rosa, dame las tijeras pe­queñas, las de punta, este color no termina de conven­cerme... Quizás lo hicieron a propósito, cansadas de bordar durante años, desde que fueron pequeñas, cuando me pedían trapitos y hurtaban hilos de mi costure­ro. Cada dos por tres tenía que comprarles hilos, porque me volvían loca, hasta que decidí traerles piezas completas de tela de lino y varias cajas de hilos de todos los colores, para que les dura­ran toda la vida.
¿Y ahora qué voy a hacer con todos esos ajuares? Si está la casa llena de fundas, sábanas, manteles, servilletas, cubrecamas, pañuelos... amores y espe­ranzas.
Nunca querían mostrarme lo que estaban haciendo hasta que no lo consideraban terminado. Entonces pretendían sorprenderme.
-¿Qué estás haciendo, Clara?
-Nada -y lo ocultaba en el regazo-. Estoy ha­ciendo un Amor. Siempre decía los mismo: -Cuando esté terminado te lo enseñaré.
-Yo estoy haciendo una Esperanza -me decía Ro­sa, mientras ocultaba el pa­ño, inclinaba su enorme cabeza y me miraba por en­cima de las gafas minúsculas. Vete -agregaba-, vete que hasta que no hayamos ter­minado y unido las dos mitades no te lo mostraremos.
Siempre los mismos Amores y las mismas Esperan­zas, siempre los mismos bordados simétricos, que realizaban una mitad cada una y luego unían: Queru­bines opuestos, rollizos y sonrosados, con las mejillas hinchadas de soplar. Grecas y guirnaldas donde entre­lazaban tallos, hojas y raíces. Carabelas y galeones. In­sectos de todas clases... Todo lo copiaban de los libros y lo interpretaban a su manera. Niños regordetes con cuerpo de escarabajos y caritas redondas asomadas entre nubes,  soplando vientecillos a las carabelas. Esas plan­tas exóticas de tallos imbricados entre hojas y pám­panos, las cabecitas de los querubines que reventaban co­mo capullos de rosa en los extremos de las enredade­ras. Rostros bordeados o coronados de insectos oscu­ros y plantas que se enredaban en las carabelas haciéndolas encallar en riscos de helechos o arrecifes de grillos y cucarachas. Los hemistiquios florecidos eran bulbos envueltos en corolas carnosas, los galeones parecían construidos con madera verde y se hu­bieran llenado de brotes al botarlos. Cangrejos encarnados apresaban continentes entre sus patas y mira­ban al mundo con ojos de querubines inocentes. Plan­tas carnívoras con las fauces repletas de cabecitas ange­licales que soplaban incesantemente sobre las velas de diminutas ca­rabelas.
Y esa manía de no bordar flores porque les temían. Cada vez que asomaba una al otro lados de una ven­tana soltaban un grito, como quien ve una araña, convencidas de que eran bichos. Y tenía que ir yo inmediatamente a cortar­la, porque armaban un escándalo. Luego, a escondidas, la subía a mi habitación y la ponía en un vaso con  agua.
A partir de ahora adornaré la casa con flores. Ya no se asusta­rán cuando asomen las rosas detrás de los cris­tales... Pobrecitas. Tendré que tirar los bordados, o quemarlos, porque nadie va a querer los, ni de regalo. También podré destruir los álbumes de fotos. Es como si estuviera viéndolas: pasaban las ho­ras mirándolos en los días de lluvia, y se reían de sí mismas, de cuando eran pequeñas. Y no paraban de hacerme preguntas incómodas:
-¿Quiénes son éstos?
-Estos son los abuelos.
-¿Por qué murió mamá?
-Dios se la llevó.
-Porqué papá se casó con una doble, y no con una simple, como tú?
-Sí. Eso es. Si él era simple podría haberse casado contigo y nosotras seriamos simples.
Y reían. Para ellas la gente se dividía en simples y dobles y aventuraban, como una broma, la posibilidad de triples.
-¡Sería un engendro de la naturaleza! -apuntaba Rosa.
-¡Un Monstruo! -apostillaba Clara-, ¿verdad?
Y me miraba interrogante, con los ojos muy abier­tos, por encima de las gafas pequeñitas, que se le in­crustaban en las sienes; con la aguja detenida un ins­tante en el aire.
Por alguna extraña razón, por algún mecanismo oculto en sus cabezas, intuían la existencia de fenómenos en la naturaleza. Me pregunto si eran de verdad inocentes, o si se prestaron al juego durante todos estos años para no destruirnos el mundo que les había­mos creado, o por compasión de sí mismas. Cuando hablaban de estas cosas, procuraba cambiar la conversación, o me acercaba y les pedía que me mos­traran los bordados, para distraerías. Otras veces las dejaba divagar en su juego monstruoso y me iba a mi cuarto, donde me encerraba a llorar.
Pobres sobrinas mías. Entre estos cirios amarillen­tos que arrojan sombra de muerte sobre sus cabezas. Y ni una flor. Si se parecen al Céfiro y al Bóreas de los libros de geografía, o a los vientos cálidos que se asoman­ entre puntillas, como nubes de algodón. Tan creídas estaban de que eran una sola cosa, y tan conven­cidas de que sus rostros debían ser iguales a los de los querubines de los mapas. En su desorden eran tan inocentes, que me atrevería a decir que incluso fueron felices.
Ahora que ya no estarán en casa pondré espejos pa­ra verme de cuerpo entero, como cuando era joven, y osaré ponerme una flor en el pelo.

© norberto luis romero. Del libro "Transgresiones, Noega, 1983 y Alción, 1987.

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