domingo, 18 de junio de 2017

UN EXTRAÑO EN EL GARAGE



Eran las seis y veinte. Fui a abrir el garaje y me encontré que lo había dejado sin llave la noche anterior, cuando de regreso del centro, me apresuré en cerrarlo para escabullirme de la lluvia intensa y el frío, y en dos zancadas crucé el jardín enfangado y me metí en la casa.
Miré a mi alrededor. La luz del alba tenía un tono rosado especial de sosiego y ensueño, matiz que apenas dura unos minutos y deja paso al endiablado día; el verdor del jardín humedecido relumbraba y vi pisadas impresas en el barro, junto al sendero de lajas, todavía encharcado por varios sitios. No eran las que yo había dejado por la noche, éstas eran de pies desnudos, tan nítidas que podía contar uno por uno los dedos. En las calles del barrio se prolongaba el silencio matinal con una quietud casi alarmante, sin vecinos madrugadores, a excepción del hombre calvo que todas las mañanas, indefectiblemente, hace footing en mi acera aunque haga frío o el sol raje la tierra, seguido siempre fielmente por su perro lanudo.
Por prudencia o miedo abrí despacio, sin llegar a levantar del todo el portón metálico cuyos goznes llevan años chirriando por falta de aceite lubricante y mi desidia. Tuve que agacharme para entrar. Algo del incipiente sol se deslizó a ras del suelo e iluminó el interior del garaje, dejando zonas en sobrada penumbra. Enseguida supe que algo estaba fuera de lugar, a pesar del orden habitual, siempre escaso, que aparentemente no había sido alterado. Había trazas de barro en el suelo y en el capot del coche, y en una de las paredes, claramente marcada, la huella de una mano. Alguien había entrado durante la noche; en una esquina, varias macetas vacías desparramadas y rotas lo confirmaban. Aunque era absurdo, miré dentro del coche por si hubiera una persona escondida o durmiendo una incontrolada borrachera. Un ladrón había estado en mi garaje aprovechando mi descuido, pero al ver que no se comunica con la vivienda y no encontrar nada de valor en él ni dentro del coche, se había ido; observé de cerca la huella de su mano en la pared, era una mano ancha, con dedos tal vez un tanto cortos, me pareció la rúbrica grotesca de un cavernícola defraudado por no haber encontrado nada interesante que llevarse. Salí fuera porque desde dentro el portón se abre con dificultad, y lo elevé del todo en el momento en que el atenuado sol volvía rápidamente a cubrirse con nubarrones oscuros, prometedores de tormenta.
Desde mi trabajo, daría cuenta a la policía aunque no faltara nada, porque si volvía a entrar en casa para llamar me retrasaría. La penumbra se convirtió en oscuridad, pues ni siquiera había dado la luz. Me disponía a meterme en el coche cuando, en efecto, se largó a llover intensamente, pero atravesar la ciudad un viernes, cuando el tráfico se hace imposible en cuanto asoma una nube y cae una gota, significaría una odisea. Cavilé en el perseverante y disciplinado hombre calvo y en su perro lanudo, que estarían empapándose bajo los plátanos de la avenida por donde corrían habitualmente en dirección a la circunvalación. Fue cuando me pareció oír un roce muy débil y me sobrecogí. Pensé en un animal, un gato que se hubiera colado dentro obedeciendo a su innata y temeraria curiosidad pero la marca de la mano de barro todavía húmeda en la pared era demasiado humana y me sentí turbado imaginando extremos, como si una desafortunada madre hubiera elegido mi garaje para abandonar a su recién nacido. Miré hacia afuera: por la calle desierta pasaron corriendo bajo la lluvia pero en dirección contraria, el hombre y el perro lanudo, ambos chorreando pero sin haber perdido el buen humor, porque el hombre parecía divertirse con el agua. Fue verlos y sentirme arropado: ya no estaba sólo, sólo con aquel niño, o gato, o lo que fuera; pero la sensación de placidez fue tan fugaz que, angustiado, me volví rápidamente buscando el rincón del que provino el rumor.
Me costó distinguirlo, pero estaba allí, en el suelo, arrinconado entre la pared  y la voluminosa caldera eléctrica que distribuye el calor por toda la casa. Era un bulto desfallecido, envuelto sobre sí mismo, que se abrazaba las piernas para reducir su volumen y retener el calor. Iba desnudo, como el cavernícola que había imaginado, y según mis ojos fueron acostumbrándose a la penumbra descubrí que estaba sucio de barro, magullado, y cubierto de arañazos, probablemente producidos por las ramas y espinos de los descuidados parques colindantes.
Tuve miedo y retrocedí unos pasos. Habría sentido el mismo miedo o quizás más si hubiera sido la criatura abandonada. Tanto o más inerte que él, con un hilo de voz, porque de golpe se me había resecado la boca, le pregunté quién era y qué pretendía.
No me respondió. No se movió un milímetro ni alteró en un ápice su postura fetal, aparentemente indefensa. Volví a hacerle las mismas preguntas, ahora incluso más sobrecogido, pues al recelo originario a una posible ofensiva se perfilaba la descabellada aprensión a que estuviera muerto, a que por inexpugnables razones hubiera llegado herido buscando ayuda y hubiera muerto allí, acurrucado en el rincón, o a que alguien, un asesino, se hubiera deshecho de su cadáver escondiéndolo en mi garaje, aprovechando mi imperdonable descuido.
Silencio una vez más, ni el más leve temblor en un músculo que reflejara vida. Estaba muerto. Seguro. El escalofrío me bloqueó unos minutos, hasta que venciendo el pavor me arriesgué a tocarlo breve y suavemente con un pie, apenas le rocé una pantorrilla con la punta del zapato. Esta vez reaccionó y se contrajo con brusquedad, como si hubiera recibido una descarga. Me sentí  aliviado porque su reacción me dejó entrever que no me haría daño, que su miedo era superior al mío, aflojé los hombros agarrotados y respiré profundamente; también fui recuperando la humedad de la boca. Lo observé con mirada insegura sin acabar de completar su perfil de hombre herido, indefenso. Me apresuré a decirle que no temiera nada, porque para entonces se había apoderado de mí un extraño sentimiento de conmiseración, pero le rogué que me explicara quién era. Tenía derecho a saberlo. Y extraña e injustamente envalentonado al ver que no hacía intención de atacarme, perdiendo por un momento la repentina compasión agregué:
¿Y qué diablos hace aquí, en mi garaje?
No me contestó. Su silencio volvió a dejarlo indefenso y recuperé los modos:
Lo siento, murmuré avergonzado. No quería…
En ese momento él comenzó a moverse, lentamente fue poniéndose de pie, con una actitud que me pareció obedecer más a la vergüenza que a la suspicacia o temor. A la par que se ponía de pie, siempre arrinconado entre la pared y la caldera, alzó bruscamente las manos y ocultó su rostro.
No tema, insistí, no voy a denunciarlo.
Él se pegó aún más a la pared del fondo. Del pecho hacia arriba estaba sumido en una penumbra espesa que no me permitía verlo. Me llamó la atención que en lugar de cubrirse el sexo desnudo con las manos, como instintivamente cualquiera habría hecho, se empeñara en ocultarme la cara, y pensé que podría tenerla gravemente herida, mutilada.
No tenga miedo, volví a decirle. No voy a denunciarlo. No sé por qué motivos está aquí, pero sólo pretendo que se vaya de mi garaje…
No pude exponerle mis argumentos porque me quedé sin habla cuando él, con evidente pudor, fue bajando los brazos para cubrirse el sexo. Me costó convencerme de la realidad que se revelaba ante mis ojos, de este hombre desnudo y machacado que se avergonzaba de su condición, de su extraordinaria condición. La claridad de la luz del sol que cuajaba en el aire en ese momento, me dejó ver su pecho amplio, velludo, sus hombros rectos… pero aunque me costó creerlo, no había nada más, allí se acababa el hombre. Una línea continua unía uno y otro hombro, una única y extensa escápula lo recorría de extremo a extremo.
Creo que mi respiración se detuvo y todo mi cuerpo se paralizó, sólo el corazón me latía con ímpetu neumático, me arrasaba las sienes con un calor intenso similar al deseo. Tampoco él se movió, porque a esas alturas de los acontecimientos yo me había dado cuenta que el hombre únicamente notaba mi cercanía por mi temperatura corporal, no así por mis palabras. Así nos mantuvimos largo tiempo, un lapso infinito para mí; paralizados uno frente a otro, un tiempo donde ambos, suspensos entre el sueño y la vigilia, reconocíamos nuestra humanidad mediante el calor irradiado por la sangre circulando a velocidad pasmosa. Sí, él era tan humano como yo, y ambos desvalidos el uno frente al otro, ambos percibiéndonos como sendos mutilados.
 De improviso regresó a mi conciencia la realidad circundante y recordé que estaba en el garaje, que mi intensión inicial había sido subir al coche y dirigirme a la oficina, que había llovido intensamente, que el calvo y su perro se habían empapado y que yo me encontraba indefenso ante esta presencia extraña, más solo que nunca y percibiendo el mundo como un lugar injusto y hostil. Me pregunté de improviso: ¿Qué me impide morir en este instante? En ese momento él tomó la iniciativa y extendió las manos palpando en el vacío hasta dar con las mías, que llevó hacia su pecho, donde las colocó para hacerme apreciar la violencia de los latidos de su corazón, para probarme que a pesar de su circunstancia y apariencia tenía vida, estaba vivo y sentía. Su piel estaba fría, no había logrado calentarse el cuerpo a pesar de haber estado pegado a la caldera, pero desde su interior, emanaba una calidez enternecedora que yo podía notar.
Me di cuenta que sería inútil preguntar, insistir en un diálogo convencional de palabras o miradas, porque nuestra comunicación sólo tendría un vehículo posible, el tacto. Así que tomé sus manos con fuerza entre las mías, me las llevé al pecho y le hice percibir mi propio corazón acelerado. Él se serenó en el acto, distendió todo su cuerpo y apretaba a su vez mis manos transmitiéndome su agradecimiento.
A esas alturas, y a pesar de mi desconcierto, ya tenía claro que no iría al trabajo: había surgido lo que no me atrevía a calificar como contratiempo o fatalidad, sino como un imponderable de alta necesidad, al que debía entregarme resignado. Lo llevaría a mi casa, pero para hacerlo tendría que encontrar la fórmula para cruzar el jardín sin ser vistos, y a esas horas podría haber alguien en la calle, o en los jardines anexos, o incluso podría pasar corriendo el hombre con su perro, ahora que había cesado la lluvia. Me puse a su espalda y lo aferré por los brazos. Levemente le sugerí mi intención de que caminara delante de mí, despacio, no fuéramos a tropezar. Yo todavía le hablaba, me era imposible mantenerme callado.
Cuidado con el bordillo, con ese charco, le advertía inútilmente. A la derecha, ahora un poco a la izquierda. Y a la vez que daba estas indicaciones inservibles, observaba la calle buscando posibles madrugadores que pudieran descubrirnos. Tuvimos suerte, pues no vi a nadie merodeando, aunque sí me pareció advertir un levísimo movimiento en la cortina de la ventana de la cocina de mis vecinos, pero no me preocupó, son dos ancianos de aspecto bondadoso que en invierno sólo se dejan ver a partir del mediodía, y sólo cuando está soleado y cálido. Aceleré la marcha, casi lo empujé y lo hice entrar en la casa. Cerré la puerta y suspiré aliviado: había pasado el peligro, había sorteado lo peor. Lo conduje a la planta superior y le hice sentarse en mi cama.
No se mueva, vuelvo enseguida. Y pronto reaccioné: no puede oírme; e intenté decirle lo mismo sin palabras, con apretones de mano y golpecitos sobre su corazón. Me comprendió y se quedó allí sentado, obediente como un niño, muy quieto y con las manos descansando sobre las rodillas, levemente inclinado hacia adelante, porque no podía decir que cabizbajo. Bajé y desde el salón llamé a mi oficina y hable de imponderables para excusar mi inasistencia, y volví al dormitorio, donde él no se había movido un ápice. Temblaba de frío y era normal, no sólo porque estaba desnudo, también porque quito la calefacción antes de ausentarme. Volví a conectarla y lo arropé con una manta. Fui al cuarto de baño y llené la bañera con agua bien caliente, donde le hice meterse. Por primera vez vi cómo su cuerpo perdía toda la tensión acumulada, se relajaban visiblemente sus músculos contraídos por el frío y el miedo. Se dejó resbalar a lo largo de la bañera hasta quedar completamente sumergido, como un anfibio bajo una capa abundante de espuma. Así estuvo unas horas y deduje que dormía por fin, posiblemente después de muchas horas de azarosa y atribulada vigilia. A su lado permanecí sentado sin quitar los ojos de la superficie blanca, que se fue diluyendo poco a poco hasta dejarme ver al intruso reposando en el fondo, como un fantástico pez mutilado, se incorporó, sacó los brazos del agua y manoteó el aire hasta dar conmigo. Me agarró de un brazo y se puso de pie. Yo lo envolví con una toalla espesa y, suavemente para no irritar sus magulladuras, lo fui secando, y a continuación le apliqué un desinfectante en arañazos y cortes. Después no hizo falta que lo ayudara a vestirse, él mismo lo hizo con la ropa que le facilité: un pantalón de franela y una camisa azul a cuadros y igual hizo con las zapatillas abrigadas, aunque en un primer momento confundió la derecha con la izquierda. Lo conduje a la sala y le sugerí el sofá. Yo me senté a su lado, dispuesto a obtener toda la información posible de mi extraño huésped. No tardamos en comunicarnos aunque con dificultad y muy rudimentariamente, poseía un amplio espectro de gestos sutilmente elocuentes, capaces de transmitir cuanto deseaba, y enseguida ante las dificultades o ambigüedad de los gestos, me hizo saber que también escribía, aunque con desarrapados caracteres de gran tamaño, trazados únicamente con su intuición, percibiendo el roce del lápiz sobre el papel, palpando los bordes para no superarlos. También desentrañaba las letras trazadas con un dedo. Pero la labor ímproba nos llevaba demasiado tiempo y había muchos errores en la interpretación por ambas partes. Pero leía y escribía, alguien le había enseñado, y por lo que me dio a entender, supe que había estado en otras casas, donde, tal vez un sordomudo, le enseñara estas habilidades. También me informó que esas personas habían sido excepcionales, pues normalmente lo rechazaban o agredían, y no faltaban quienes lo perseguían dispuestos a acabar con él. Le expliqué que yo tenía mis obligaciones, sólo podría permanecer con él sábado y domingo, pero el lunes, indefectiblemente, tendría que acudir al trabajo, no podría volver a excusarme y se quedaría solo en casa, donde tendría todo a su alcance si practicaba un poco en localizar los muebles y objetos, reconocer el espacio y aprender a sortear obstáculos, pero me dio a entender que no necesitaba nada, únicamente sentir las vibraciones del mundo exterior en su piel, en sus órganos internos. Esas sensaciones le bastaban para sobrevivir. Pero a pesar de todo me pareció inquieto, como si el miedo volviera a invadirlo.
Estaré de vuelta a mediodía, le dije para tranquilizarlo. Tengo dos horas para comer y vendré aquí. Durante mi ausencia no se acerque a las ventanas. Asintió apretándome la mano que, durante gran parte del diálogo, había mantenido aferrada entre las suyas, porque únicamente el tacto nos hermanaba. Luego volvió a agradecerme llevando mis manos a su corazón. Su cuerpo ya no estaba frío, había recuperado por fin la tibieza humana. Antes de salir, fui guiándolo por toda la casa para que se familiarizara con ella.
A mi regreso del trabajo, le propuse alojarse en el dormitorio pequeño junto al mío, que siempre está desocupado pero tiene una cama dispuesta. Le hice palpar especialmente el interruptor de la luz para que tuviera cuidado de no encenderlo accidentalmente, porque se haría visible en la ventana.
No podía dormir, me era imposible desprenderme de su figura truncada, de su presencia en mi casa, de saberlo al otro lado del delgado muro, tratando de imaginar qué estaría haciendo, porque podría jurar que tampoco tenía necesidad de dormir, aunque sí de dejar inactivo su cuerpo. Llevaba un par de horas mirando el techo, pergeñando un extraño futuro inesperado, el mañana, sólo el día siguiente con sus sobresaltos, cuando oí ruidos fuera, las sirenas de un coche de policía acercándose casi hasta meterse en mi jardín. Y acto seguido fueron unos agresivos golpes en la puerta. Salté de la cama, apresuradamente me vestí con lo primero que hallé a mano y bajé. Allí estaban dos hombres de uniforme, procurando ser cordiales aunque sus ojos los traicionaban.
Recibimos un aviso… Al parecer han visto un extraño merodeando por su jardín.
En ese momento volví la cabeza hacia la ventana de mis viejos vecinos y las cortinas se cerraron bruscamente.
¿Fueron ellos, verdad?, les pregunté.
¿Usted notó algo extraño, fuera de lo normal u oyó ruidos? ¿Está usted bien?, volvió a preguntarme uno de ellos, mientras me apuntaba con una linterna a la cara.
No, no vi ni oí nada extraño… y estoy perfectamente si no fuera por su linterna. Le replique molesto, mientras interponía mi brazo al chorro de luz.
¿Está seguro de que se encuentra bien?
Seguro.
En ese momento oí el ruido de la puerta trasera de la casa, un ruido apenas perceptible, pero que conozco perfectamente.
Es mi gato, murmuré.
Se fueron, desconfiando amablemente, pero se fueron. Subí rápidamente no sin antes deslizar una mirada de odio hacia la ventana de los encantadores vecinos. Entré en la habitación. Había una silla caída, ropa por el suelo, y las zapatillas. Lo busqué en las demás habitaciones, en el sótano, en el garaje y la buhardilla, deseando que su huida no hubiese ido más allá de un conato, de una reacción pasajera y que, arrepentido, hubiera reflexionado y vuelto a casa buscando seguridad. Había huido alertado desde lejos por la sirena, cuyas vibraciones seguramente reconocería en su cuerpo como si fuesen agujas. Permanecí toda la noche velando su posible regreso, atento a cada sonido.
A primera hora, salí con el coche a recorrer el barrio en su busca, era indiscutible que en su condición no podía ir muy lejos. Di vueltas la manzana varias veces, anduve unas cuantas calles adyacentes a la mía, luego la extensa avenida donde se hallan las principales tiendas todavía cerradas a esas horas. Apenas había gente en la calle: hacía frío y persistía el nublado. Pero fue a lo largo de la calle principal donde fui descubriendo indicios de su paso, leves anomalías lo delataban: un par de cubos de basura por el suelo, el escaparate de una vieja tienda con la luna destrozada, ropa desparramada en la acera, y un maniquí sin cabeza tirado en la cuneta. No dudé ni un segundo de que había pasado por allí, pero al final de la calle principal las pistas se esfumaban. Aun así, venciendo el desaliento continué buscándolo, dando vueltas con el coche hasta alejarme del barrio. Tales fueron mi inquietud y preocupación, que a punto estuve de cometer la torpeza de preguntar al primero que se cruzó en mi camino si lo había visto. Al cabo de unas horas lo di por perdido y volví a casa.
Dos días después, mientras me dirigía con el coche al centro comercial ubicado en las afueras lo vi. Al principio sólo me pareció un hombre cualquiera que corría desesperadamente por el descampado a grandes zancadas, tropezando en el accidentado terreno, pero enseguida lo reconocí; llevaba puesta únicamente la camisa a cuadros que le había dado, ahora desgarrada, sucia de barro; iba desnudo de cintura abajo. Y lo más extraño de su aspecto: acaso convencido que no llamaría la atención y pasaría desapercibido, o bien para no sentirse mutilado, llevaba la cabeza de un maniquí sujeta con ambas manos sobre los hombros, como quien transporta un cántaro. Era un ser grotesco, que huía de la intemperie adversa ciego, sordo y mudo, tropezándose con todo, guiándose únicamente por el contacto de la tierra baldía, buscando no sé qué intangible que lo protegiera de otros hombres, o tal vez la absoluta pero innegable soledad.
Detuve el coche, bajé el cristal de la ventanilla, saqué la cabeza y lo llamé. Él siguió corriendo pero a los pocos pasos aminoró su marcha y se detuvo en lo alto de un montículo. Su figura grotesca, como un muñeco de feria obsceno, destacaba junto a una valla publicitaria de un conjunto residencial. La cabeza de cartón piedra se balanceó un instante en lo alto de sus hombros, lentamente se volvió hacia mí y sentí una mirada que me dejó helado: dos círculos sin vida, pintados de negro, me suplicaban. Me fue imposible reaccionar y vi que el hombre reemprendía la huída y se esfumaba por detrás de los tinglados ruinosos del viejo matadero. Contuve la respiración deseando verlo aparecer por el lado opuesto, esperando una última oportunidad de recuperarlo. Algo en mi interior me señalaba una dolorosa brecha que se abría y me quedé con las manos agarrotadas, sujetas al volante como si de éste dependiera mi salvación o mi condena.
"Un extraño en el garaje", ilustraciones de Santiago Lara, DelCentro editores, Madrid, 2012

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