miércoles, 12 de julio de 2017

LOS SUEÑOS AJENOS


“... mientras un ave enorme volaba hacia el sur”.
--Ese fue el sueño -agregó concluyendo. Y abandonó la habitación. Antes de que atravesara la puerta de calle alcancé a preguntarle:
--¿Vendrás mañana? ¿Soñarás esta noche por mí?
--No lo sé -me contentó sin volverse. -Si me vienen, así será-. Y lo oí murmurar antes de alejarse definitiva-mente: --No siempre se presentan, suelen ser rebeldes, a veces...

Ocurrió poco tiempo después de que todos nos quedásemos sin sueños, primero los niños, menos necesita-dos de ellos, y que apenas si se dieron cuenta de su ausencia; después los mayores; y por último los viejos; todos nos quedamos sin sueños, como si alguien nos los hubiera ido robando de a poco. Las noches se convirtieron en un dormir profundo y oscuro, sin luces, ni figuras, ni colores. Eran como la muerte, vacías. Fue entonces cuando él me lo propuso:
--Si quieres esta noche sueño por ti.
--Bueno -le dije-. Hace tiempo que me ya no tengo sueños, me gustaría-. Y a la mañana siguiente me lo contó. Después otros empezaron a llamarlo.
--No doy abasto -decía. -No puedo soñar por todos ustedes a la vez, sólo puedo hacerlo de uno en uno, y hoy le toca a fulano-. Eso decía, y nos dejaba todos muy tristes, esperando a que nos volviera a tocar el turno, sumidos en la oscuridad, en el miedo de acostarnos y no tener sueños, ni pesadillas siquiera, por dolorosas que pudieran ser.
--Anoche, Daniel me soñó unas cosas preciosas -decía la pobre vieja Matilde. -Me soñó que yo era joven, con el pelo retinto, y que hacía un viaje: cruzaba el mar en un barco muy grande, de esos llenos de banderas y de luces, que arrojan humo por la chimenea, y hacen sonar unas sirenas roncas, como los he visto en un libro dibujados, y yo miraba el agua plateada y los peces saltando en la superficie, mientras el viento me daba en la cara y hondeaba mis faldas blancas llenas de encaje, y todos los vecinos me despedían agitando pañuelos de colores y me pedían que les trajera cosas... veía el pueblo alejarse y hacerse cada vez más pequeño, y era tan hermoso. Yo siempre he querido viajar, hacer un viaje largo como ése.
--Pero si aquí no hay mar, abuela.
--No importa, en el sueño teníamos uno muy azul y brillante, con unas olas grandes como cerros.
Sí, él soñaba por todos nosotros sin pedir nada a cambio, ni siquiera aceptaba los regalos que le ofrecí-amos: algunas veces una gallina, o una canasta con frutas, otras un cabrito, o una medalla de la virgen bendecida. Nada, él no quería nada. Creo que lo hacía por cariño hacia nosotros, de puro bonachón que era, y porque había sido el único que no los había perdido. Los viejos se nos iban muriendo de tristeza y los niños se ponían a llorar de pronto, como si les hubiera picado un bicho, de pura aflicción que tenían los pobrecitos. Y él les ponía remedio a estas cosas.
Unos días después llegó una mañana José, diciendo que había tenido un sueño y no le creímos; era imposible, por más que insistiera, y nos pareció un invento suyo todo lo que nos contó. Si en este pueblo nos hemos queda-do sin sueños, como un castigo del cielo, ya nadie los tiene, salvo Daniel, nadie. Y aunque José hubiera soñado como afirmó entonces, no nos importó, pues él no sabía contarlos y nadie se los creía. Me parece que se lo inventó por envidia de Daniel, a quien queríamos tanto, y porque él no tenía esa facilidad de palabra. Hasta que un día confesó que todo había sido una mentira.

Daniel soñó por mí muchas veces, yo fui una de las primeras que se quedó sin sueños y lo llamé. Venía todas las mañanas y me los relataba con esas palabras tan bonitas que sólo él sabía decir, porque había estudiado y aprendido a leer y escribir. Después ya no pudo dedicarme tantas noches, lo llamaban de todas las casas. Pero llegó a soñarme cosas muy hermosas que me hubiera gustado vivirlas, y otras no tan lindas y más tristes. De mañana, muy tempranito, se aparecía en casa, entraba y se sentaba aquí, en esta silla, y guardaba silencio por un buen rato, entonces no me aguantaba más y le preguntaba:
--¿Y... soñaste anoche?
--Sí, creo que sí.
Y acercando mi silla a la suya, le pedía que me lo contara todo, que no olvidara nada, que me diera detalles aunque hubiera soñado algo triste o doloroso.
--Sí, tuve uno tuyo -decía. -Y ocurría aquí, en el pueblo...
--Cuenta, cuéntame todo, Daniel.
--No te impacientes. Fue muy raro... y no me acuerdo muy bien. Pero no te preocupes, que a medida que lo vaya contando me iré acordando de todo.
Y en esos momentos se me cortaba la respiración, y no se oía ni el más mínimo ruido, ni siquiera el canto de los pájaros; parecía como si el mundo se detuviera a nuestro alrededor.

Aquella mañana lo vi llegar arrastrando los pies como siempre. Nada más verle la cara supe que algo malo había sucedido.
--¿Me soñaste anoche?
--Sí, te tuve uno sueño -bajó la cabeza y se quedó callado.
--¿Qué me soñaste, Daniel?
Permaneció pensativo un rato, entró en la casa, se sentó en la silla de siempre, yo me senté a su lado muy atenta.
--No sé si debo contártelo...
--No te preocupes, es mío y tengo que aceptarlo aunque no me guste.
--Era de noche, había luna y se podía ver como si fuera de día, y estabas de pie delante de la casa, justo debajo del emparrado, toda vestida de blanco, mirando hacia el horizonte, como esperando algo. Había una nube en el cielo que cambiaba de forma constantemente: primero era una especie de animal, después se convertía en una cara conocida...
--¿De quién?
--No la vi muy bien, creo que era un hombre joven y moreno, con unos ojos muy negros y grandes...
--¡Juan! Esos ojos son los suyos.
--Sería Juan, no lo sé -y se quedó un instante reflexionando. Continuó: -Después la nube se deformó hasta que volvió a hacerse otra figura, la de un caballo galopando por el horizonte. En animal se acercaba, se acercaba cada vez más hacia tu casa. Y tú, de pie, muy quieta, lo veías avanzar sin sentir ningún miedo.
--¿De qué color era el caballo
--Blanco... me parece que blanco -agregó titubeando. -Pero tenía una mancha en la frente- hizo un silencio-. Y eso es lo que me preocupa.
--¿Por qué?
--Esa mancha oscura no me parece nada bueno. Es como un presagio...
--¿Y qué pasó luego?
--Ahí se terminó -dijo, callando y volviendo a bajar la mirada, clavando sus ojos en el suelo como si buscara algo entre los ladrillos.
No se equivocó: pocos días más tarde, Juan tuvo una caída del caballo. Venía cruzando el monte a todo galope, cuando se apareció una culebra atravesando el camino, el caballo se asustó y se encabritó, se detuvo en seco alzándose sobre las patas traseras. Juan perdió el equilibrio y cayó al suelo desnucándose. Lloré mucho su muerte, éramos novios y pocos días antes del accidente me había pedido que nos casáramos. Me enojé con Daniel, acusándolo de ser el responsable. Después me di cuenta de mi injusticia y me arrepentí; pero fue demasiado tarde, no quiso volver a soñar por mí, se negó diciéndome que él no tenía culpa alguna de nuestros sueños, y que no creyésemos que aquel trabajo de soñante era nada fácil, que no comprendíamos nada de nada de todo cuanto estaba sucediendo, que los sueños le creaban enemistades, y muchas más cosas me dijo. Le pedí perdón, pero él se negó a volver a soñar por mí, así que muy pronto me quedé igual que los demás, con las noches sin voces ni colores, envuelta en la oscuridad.
--Suéñame algo, Daniel, que mi hijo está enfermo y no sé qué tiene -le pedía alguna madre. Daniel lo hacía esa noche, y a la mañana siguiente se lo contaba todo para que ella supiera algo de la enfermedad. Aunque yo me di cuenta de que cuando soñaba cosas malas callaba muchas de ellas, desde lo de Juan no volvió a contar los malos sueños o las pesadillas, prefirió decir que no había tenido ninguno, mentía argumentando que había pasado la noche en blanco.
Cuántas veces le habré rogado que volviera a soñarme algo, que ya no podía seguir viviendo sin sueños, y menos desde lo de Juan, que era lo único que había tenido en la vida, y que lo había querido más que a mis ojos. Una tarde, por fin logré convencerlo a fuerza de lágrimas.
--Bueno -me dijo, -te soñaré algo mañana o pasado, porque esta noche no puedo, la tengo prometida a Rosa, que hace mucho que le debo un sueño. Pero dentro de un par de días te soñaré algo; después, si no te gusta, no me recrimines nada.
Esperé ansiosa ese día señalado, y durante la noche no pude dormir pensando en el sueño prometido y deseando con todas mis fuerzas que fuera uno hermoso y extenso.
llegó esa mañana y como siempre se sentó a mi lado. Permaneció un rato en silencio, según su costumbre, como si le costara arrancar, hasta que dijo por fin:
--Bueno, tengo un sueño que contarte.
--¿Es bueno?
--Creo que sí, pero no estoy seguro.
Sentía el corazón a punto de estallarme. Era feliz y temblaba de miedo al mismo tiempo, no fuera a ser otra vez una pesadilla.
--Había un pozo de agua profundo -comenzó,- con el brocal de piedra, y desde el fondo del miraban dos ojos brillantes y oscuros. Sacabas agua y con ella te lavabas las manos, la cara y el pecho. Estaba fresca y era cristalina. Te asomabas al brocal y en la superficie tranquila veías una cara, una cara confusa y sin rasgos, pero que poco a poco se iba haciendo más nítida, hasta perfilarse el rostro de un niño que te sonreía desde lo más profundo del pozo, un chiquito envuelto en unos pañales blancos como la nieve...
Le di las gracias porque era un sueño hermoso, y quise regalarle algo en agradecimiento, pero él no lo aceptó, diciéndome que era su obligación.
--¿Qué significa el sueño, Daniel? -le pregunté mientras él se ponía de pie listo para marcharse.
--Eso no lo sé. Yo sólo sueño, lo que significan no lo sé. Pero intuyo que es algo bueno para tí.

Y al cabo de los meses me nació este niño. Con una cara feliz como la reflejada en el agua del pozo. Un niño mío, con unos ojos negros y muy abiertos. Este chico que me consuela en las noches oscuras, que me ocupa los días y llena los antiguos vacíos. Tenía Razón, era algo bueno, sí.
Después de aquella mañana Daniel no volvió por casa, parecía evitarla, como si continuara ofendido por lo de aquella vez.
Y siguió soñando para todo el pueblo, menos para mí. Cuando me lo encontraba en la calle me esquivaba, y la única vez que hable con él y le pedí que me soñara, me respondió que tendría que esperar mi turno, porque estaba muy ocupado. Pero yo ahora podía vivir sin sueños, mi hijo era el consuelo.
Una noche, mientras permanecía despierta observando a mi niño dormir, noté que se agitaba y sonreía. Está soñando, me dije. Está soñando porque es hijo de un sueño, y cuando sea mayor podrá hacerlo por todos, y los hijos de sus hijos soñarán por nosotros redimiéndonos de este castigo.
Mi hijo fue creciendo y Daniel se fue haciendo más viejo. Decía la gente que estaba muy vago y apenas si quería soñarles cosas. Ya no lo veía como antes, acudiendo muy temprano a casa de algún vecino para relatarle sus sueños, dicen que permanecía en su pieza encerrado durante mucho tiempo. Sé que no lo hacía por maldad o por desidia, sino porque estaba ocupado en otros menesteres, porque mi niño se agitaba en las noches mientras dormía, balbuceaba, sonreía, lloraba y se le cubría la frente de gotitas de sudor. Cuando comenzó a hablar, cada mañana me contaba unos sueños hermosos muy entretenidos, a veces despertaba sobresaltado por alguna pesadilla terrible y se abrazaba a mí llorando. En un principio los sueños eran suyos, después comenzó a tenerlos por mí.
Un día me dijo:
--Se morirá Daniel, Lo soñé anoche.
Esa misma noche, por primera vez Daniel no tuvo sueños, se quedó en blanco, como todos nosotros, sin luces, ni colores, ni ruidos, ni voces. Se quedó vacío. Apareció esa mañana por casa, después de mucho tiempo sin venir, y como siempre se sentó en su silla, mirando al suelo, a los ladrillos recién barridos.
--Vengo a conocer a tu hijo -me dijo.
--Ya es mayorcito. Un muchachito muy lindo -y llamé al niño, que entró calladamente y se puso a mi lado, sin levantar la vista.
--¿Así que éste es tu hijo? -y agregó después de mirarlo fijamente: -tiene los mismos ojos que en el sueño.
--Los ojos de Juan -murmuré. Mi hijo ahora observaba a Daniel con los ojos muy abiertos, reconociéndolo de haberlo visto tanto en sus noches agitadas por los sueños.
--¿Cómo se llama?
--Juan.
Al oír su nombre mi hijo me sonrió, me regaló una mirada de ternura y salió al patio corriendo a jugar. Daniel se quedó callado, dándole vueltas en la cabeza. Por fin soltó:
--Anoche no soñé nada... y llevo mucho tiempo así. Algo está pasando.
No le contesté y lo miré de soslayo: estaba envejecido, arrugado, tenía los ojos hundidos y cansados de tantos sueños ajenos.
--Alguien está soñando en mi lugar. Acaso es tu hijo. Se rumorea por ahí que sueña.
--Sí. Desde chiquito -y me sentí llena de remordimientos.
--No te avergüences, no es por tu culpa -sonrió.
No dije nada.
--Así que el muchacho sueña... -agregó después de un largo silencio. -Bueno, entonces creo que ya he cumplido lo mío y puedo irme.
No tuve fuerzas para decirle una frase de consuelo y bajé la mirada, igual que él, la dejé vagar por el suelo.
--Fue difícil, no creas. Durante muchas noches me esforcé, pero ya ves los resultados: aprendió muy pronto. Es inteligente el chico.
--¿Es hijo de los sueños, verdad? -me atreví a preguntarle.
--Sí. Los sueños son su padre -y se levantó, salió al patio apenas caminando a pasitos cortos, agarrándose a los postes del emparrado.
--¿Sufrirá mucho? -quise saber.
No me respondió. Desde el vano lo vi alejarse,  traspasar el portón de madera y desaparecer para siempre detrás de las últimas casas.

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