miércoles, 5 de julio de 2017

RITUAL DE LOS ESPÍAS


Sé que me están espiando.
Percibo una respiración agitada al otro lado de la cortina y eso me gusta; me halaga profundamente. Después oigo a alguien bajarse de la banqueta, cerrar la puerta y alejarse por el pasillo en penumbras. Enseguida las siento discutir en la cocina, en voz baja para que no pueda reconocer lo que hablan.
Luego viene la oscuridad intransigente, el riguroso silencio interrumpido, de vez en cuando, por la vieja que tose y gruñe en sueños.
Y de esto ya hace más de quince días.
Cuando llegué a esta pensión y ocupé este cuarto, no reparé, hasta hace poco, que se comunica con otro mediante un vano clausurado, parcialmente, por mi armario ropero, y disimulado con una cortina floreada. Fue al inclinarme a recoger las pantuflas, cuando vi la abertura por debajo del mueble, y en ella, cajas y envoltorios de trapos amontonados.
Una muñeca rubia, con pelo de plástico, los brazos extendidos y rígidos, como pidiendo que la levanten, corona el armario, colocada simétricamente en el centro de la cortina que asoma por arriba.
A diario, regreso alrededor de las once de la noche. Por la mañana me marcho muy temprano al trabajo, mientras ellas todavía duermen. Esta disciplina es prácticamente invariable y jamás estoy en casa durante el día. Nunca coincidí con el otro huésped del que me hablaron; ni siquiera sé qué habitación ocupa. Únicamente en dos o tres oportunidades le oí llegar por la noche -a escasos minutos de haberlo hecho yo-, charlar brevemente con la madre y la hija y, enseguida, la casa volvió a sumirse en su habitual silencio, sólo quebrado por las toses y gruñidos de la vieja, que duerme en una habitación en diagonal a la mía, al otro lado del vestíbulo impregnado de olor a frituras y abarrotado de muebles baratos, adornos de yeso y penumbras.
Me acuesto desnudo sobre la cama, enfrentado al armario que tapa y disimula la abertura. Hace calor, un calor pegajoso que me impide conciliar de inmediato el sueño. Leo una novela y me veo forzado a colocar el libro en una posición incómoda para que pueda llegarle la luz de la lámpara demasiado baja. Me deslumbra el ángulo de un ojo. Es entonces cuando percibo que la muñeca rubia, desde encima del mueble, tiene sus ojos de vidrio fijos en mi sexo, y me tiende los brazos, me reclama con el gesto mudo de su cuerpo rígido, me implora que la deje meterse en mi cama. Al pasar las páginas, veo de reojo la cortina inmóvil.
A pesar del silencio y la quietud, sé que alguien, acaso la hija, subida en la banqueta al otro lado, con la cara pegada a la cortina de flores y amparada por la oscuridad y el sueño pesado de la madre, escruta mi cuerpo con sus ojos enrojecidos por el insomnio, me recorre con sus manos, me acaricia aquí y allá, y se demora en la voluptuosidad de mi sexo, ávida de mi virilidad.
Me gusta sentirme deseado; inútilmente deseado; ser fruto prohibido a sus manos y a su boca, a pesar de su cuerpo redondeado y armonioso, acaso deseable para otros, a pesar de sus pechos abundantes y blancos... Me excita saberla en su escondite, esforzándose en no hacer ruido, mordiéndose los labios en un rictus furioso, tan próximo al orgasmo.
Cada tanto cambio de postura para no cansarme: me estiro, me doy la vuelta boca arriba, me encojo, vuelvo a estirarme, abro las piernas para que pueda verme en todo mi esplendor, o bien oculto mi sexo entre los muslos o en el hueco de mi mano, para enardecerla. Me rasco, me escatimo, me ofrezco y me retiro indiferente, fingiendo la mayor naturalidad, como si ignorase su presencia detrás de la cortina.
Ojalá se muera de deseo. De puro deseo insatisfecho, porque al volver del servicio y después de dejar sobre la cómoda el vaso con agua y mi crema y cepillo de dientes, echo el pasador que protege mi virginidad.
Y la madre debe saberlo todo, o por lo menos intuirlo. No creo que sea ésta la primera vez que su hija espía a un huésped desde allí, en lo alto de la banqueta, al otro lado de la cortina, con la cara pegada a la muñeca rubia. También lo habrá hecho con los anteriores. Tal vez por esto, a mi regreso las sorprendo a menudo discutiendo en la cocina, y callan de inmediato cuando oyen mis pasos en el pasillo. Estoy seguro de no ser el único espiado y que algo similar ocurrirá con el otro huésped que nunca he visto.
Cuando llegué el primer día y cerré trato con ellas, después de haber visto la habitación y el cuarto de baño que me corresponde, situado en el extremo opuesto del pasillo, me dijeron que no era el único, que había otro, un muchacho joven, muy buena persona, también recomendado como yo. Con los días deduje que podría alojarse en cualquiera de las habitaciones cuyas puertas dan al pasillo o al vestíbulo. Al regresar una noche bastante tarde, vi luz en la pequeña ventana que está en lo alto de un dormitorio, casi pegada al techo, y que, absurdamente, da al vestíbulo. Estas no son más que conjeturas, no tengo pruebas concretas. Una vez me escabullí, mientras ellas dormían y, fingiendo dirigirme al cuarto de baño, cambié de itinerario, me subí a la mesilla que hay debajo del ventanuco y, pude echar un vistazo: en la oscuridad absoluta, no distinguí ni el más leve rumor de un cuerpo dormido, ni el ritmo pausado y bajo de una respiración.
Tampoco puedo asegurar si la pelirroja duerme en una de las habitaciones más alejadas. Un par de veces la vi salir temprano de una de ellas, llevando un camisón rosa, un poco transparente, el pelo convertido en un inexpugnable estropajo rojo, y con unas ojeras más acentuadas de lo habitual, tal vez por la falta de sueño causado al continuo deambular y espiarme. Cada vez que coincidimos en el corredor, aprovecha la forzada proximidad de los cuerpos para insinuarse, se yergue para acentuar el volumen de los pechos, me sonríe sin motivos, y entorna los ojos como lo hacían las actrices del cine mudo. Finjo no darme cuenta, absoluta inocencia. Nada me impide conjeturar que sale de la habitación que bien podría ser la del otro huésped, aunque si así fuera, está cometiendo una gran temeridad, el riesgo de ser descubierta por su madre; y no es tonta, como para no para tomar precauciones, ser más cautelosa y evitar discusiones y enfrentamientos.
La vieja duerme siempre con las puertas entornadas. Espío por el ojo de la cerradura y veo el interior de su habitación. En ella hay dos camas: una que está en mi ángulo de visión y que nadie utiliza, la otra queda oculta y debe ser en la que duerme la vieja, porque de allí proviene la tos y los gruñidos.
Una noche, aprovechando que la pelirroja estaba ausente y su madre dormía, me metí en el trastero desde donde me espían: es un pequeño vestidor o armario, saturado de ropa, cajas y olor a naftalina, y su puerta de entrada, cuando permanece abierta la que comunica el pasillo con el vestíbulo, con frecuencia queda semioculta. Junto a la cortina que cubre la abertura y en cuyo vano hay estantes improvisados, vi la banqueta redonda que utilizan para espiarme. Subido en ella, comprobé el ángulo de visión: la casi totalidad de mi cuarto, de modo que cuando estoy en la cama pueden disfrutar contemplando mi cuerpo desnudo.
Unos de los primeros síntomas que confirmaron mis sospechas, fue una mutación del olor de mi axila izquierda, que transpiraba como si fuera ajena; con un olor salado y penetrante, como a cebollas verdes; salvaje a veces, como de animal en celo. Este olor se asemeja al que están adquiriendo mis sábanas entre las que, seguramente durante mi ausencia, ella convulsiona sus muslos intentando aprisionar mis huellas: olores y vestigios retenidos en los pliegues y en las flores del estampado.
También atribuyo a este olor la causa de los sueños y pesadillas que me hacen despertar en medio de la noche, bañado en sudor frío, con la certeza y el miedo de saber que alguien, del otro lado de la puerta, intenta abrirla. Un leve ruido de pestillo girando en la mano nerviosa de un súcubo o un íncubo que, al cabo de vanos intentos, se aleja por el pasillo en penumbras, decepcionado y enardecido, acaso hacia el otro cuarto alquilado esperando una mayor fortuna.
El sueño, o la pesadilla, cada tanto se reitera con leves variantes: la muñeca rubia desciende del armario, trae los ojos muy abiertos, circundados por una aureola oscura de desvelos, lleva el pelo revuelto y enrojecido como una llamarada, y un vastedad casi transparente, que deja ver un sexo palpitante que no es de muñeca. Viene hacia mi cama con los brazos extendidos, con una sonrisa intencionada que acompaña con balbuceos idiotas. Quiero incorporarme y huir, pero no puedo. Le arrojo la novela que estoy leyendo y que se estrella contra el armario. La siento trepar por los pies de la cama e intento empujarla al suelo de una patada, pero mis piernas no responden. Mientras avanza, toda ella es fuego: su cabellera fuego, su cuerpo fuego, su sexo se consume entre llamas; y a medida que se me acerca, también mis brazos se paralizan, todo mi ser deja de obedecerme, como si estuviese muerto, únicamente mi sexo permanece vivo y desafiante, arde también, pero no se consume, se mantiene pendiente de sus menores movimientos, dispuesto a atacar o a defenderme... Ella se me sube a las piernas, arrastrando su cuerpo hueco, clavándome los dedos en la piel, asciende a mi pecho y quiere alcanzar mi boca que emprende un grito de auxilio, pero mi grito se congela en la intención, mi boca se cierra porque ella la está sellando con su fuego, soldando cada una de mis aberturas, paralizándome los músculos con sus dedos como aguijones, hasta dejarme inerme como un muñeco, idéntico a ella, tieso y derrotado, un juguete obsceno y grotesco, henchido de ira y deseo. Ella aprovecha mi rigidez para poseerme frenética, y según va saciando su apetito, la cabellera se le va apagando. Satisfecha, me tiende en la cabecera de la cama como un enorme muñeco de adorno.
Es posible que esté solo, con mis sueños y ellas dos en la casa. No estoy seguro de la existencia del otro huésped ocupando el dormitorio que tiene el ventanuco interior. De ser verdad, tal vez también lo espían y le provocan pesadillas similares a las mías, dejándolo igualmente hecho un trasto con que adornar la cama.
El tal muchacho siempre me pareció una tapadera que utilizan madre e hija para protegerse de su soledad ante la estancia de un desconocido como yo, a pesar de venir recomendado. Acaso un amigo, o un familiar, pasa de vez en cuando a visitarlas, y pretenden hacerme creer que se hospeda aquí. No lo sé, son conjeturas, pero sospecho que no hay nadie más, que vivo solo con ellas en esta enorme casa llena de pasillos, puertas disimuladas, ventanas absurdas, penumbras, olores y sueños malvados.
Sobran razones para no descuidarme, ni olvidar echar el pasador que me protege, para evitar que los sueños y pesadillas se hagan realidad. Y siempre procuro mantenerme independiente y alejado de ellas, sobre todo de la hija cuando me la encuentro en el pasillo algunas mañanas antes de salir a trabajar.
Pero el ritual no acaba. Cada noche me espían desde lo alto del armario, tras la cortina, utilizando la mirada de la muñeca, mientras estoy tumbado leyendo, desnudo para deleitar únicamente sus ojos. Luego oigo pasos alejándose por el pasillo, quizás yendo hacia la mesilla que está bajo la ventana interior y, allí encima, esos ojos observan a otro hombre, que se les ofrece desnudo como yo, también esquivo. Acaso ocurra lo contrario: a una señal convenida, él le abre la puerta y ambos disfrutan de una noche frenética, olorosa a cebollas verdes y con cabelleras encendidas. Cuando sé que han dejado de espiarme, me tranquilizo y me duermo.
Hay noches, muy pocas, en que los sueños no me atormentan. Durante esta tregua, descanso profundamente, amanezco radiante y mis temores se disipan con la luz. Pasan días que procuro no pensar en ellas ni en nadie, que incluso llego a olvidarme de exhibir mi desnudez, aunque creo que siguen allí, espiándome como siempre, mordiéndose los labios de rabia e impotencia. Y me cubro con la sábana, indolente, a pesar del calor.
Acaso esta falta de preocupación, esta tranquilidad aparente de los últimos días, haya sido el motivo de mi imperdonable desidia.
Un levísimo ruido metálico me despierta y sobresalta. Al instante el silencio vuelve a apoderarse de la noche. Hago memoria, mi piel se eriza y se cubre de un sudor fino, cuando descubro mi olvido. Abro los ojos y la oscuridad es total. Súbitamente se produce una herida vertical de luz que dura un instante, lo necesario para que una silueta penetre, se deslice con un rumor y se pegue a la pared junto a mi cama. Percibo su respiración agitada, el ritmo trepidante de su corazón. Estoy inmóvil, paralizado, en silencio, aunque tiemblo y mi corazón resuena con mayor fuerza que éste otro ajeno y próximo. Reconozco de inmediato ese olor: el olor a cebollas verdes, a axila izquierda, a animal en celo; y ahora más penetrante, con la magnitud de una pesadilla, dañando mis fosas nasales con su intensidad. Me siento como un muñeco de adorno, apenas si respiro para no delatar mi presencia de peluche, para que el olor no me descubra a medida que se acerca buscándome. Pero es inútil, se intensifica e inflama, comienza a quemarme con un aliento, arde próximo a mi cara, me abrasa las mejillas y los labios dejándolos hambrientos de otra boca que en la noche podría destrozarme con sus dientes y su lengua. Unas palmas húmedas, temblorosas, me recorren con ansiedad, me estrangulan e impiden resistirme a esta dulce violencia inesperada. Y la presencia se desliza sobre mi pecho, resbala en el sudor, me obliga a experimentar y a descubrir que las pesadillas son reales en las sombras, me induce a abandonarme entre esas manos ásperas y poderosas que me conceden la gracia de no volver a ser un muñeco de adorno. No opongo resistencia, no ahora que conozco su poder para desgarrarme y someterme hasta que la aurora irrumpa en este cuarto alquilado.

© norberto luis romero

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